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La política y el visual thinking

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Ver y conocer. Comprendemos cuando vemos. Ese es el núcleo del pensamiento complejo: la capacidad de imaginar. Esta es una de las razones por las que sorprende el bajo nivel de soluciones y propuestas de pensamiento visual aplicadas a la política.

La agenda de renovación de la política institucionalizada y de los partidos políticos (como sus principales protagonistas) es larga y profunda. Este proceso inaplazable afecta a todas las áreas: desde la concepción de lo político a la gestión de lo público. De la representación democrática a la interpretación de la realidad. De las formas al fondo. A mi juicio, una de las debilidades más graves —y a la vez menos identificadas y planteadas— es la pobreza (y la pereza) de crear pensamiento alternativo a los problemas planteados. Y, en especial, la dificultad de introducir nuevas visiones que permitan nuevas soluciones. La política piensa como ve. Y ve corto, poco y borroso. Corto, cuando la mayoría  de los problemas reclaman visiones a medio y largo plazo. Poco, frente a la complejidad que obliga a visiones de 360º, más holísticas. Borroso, cuando se precisa —más que nunca— claridad, precisión, nitidez.

En la academia, en la emprendeduría y en el mundo más creativo de la economía se utiliza, desde hace tiempo, el visual thinking (el pensamiento visual) para explorar y recorrer alternativas y posibilidades. Para crear, imaginando. Para pensar, con más libertad. Para resolver, con innovación. Dibujar antes de escribir. Como si volviéramos a los caligramas e ideogramas, portadores de ricos conceptos y matices para el pensamiento, dejándonos llevar por la enorme potencia de asociación de las imágenes con los conceptos.

Lo sabía bien Aristóteles, que ya en su libro Metafísica, afirmaba: «Todos los hombres tienen naturalmente el deseo de saber. El placer que nos causan las percepciones de nuestros sentidos son una prueba de esta verdad. Nos agradan por sí mismas, independientemente de su utilidad, sobre todo las de la vista. En efecto, no solo cuando tenemos intención de obrar, sino hasta cuando ningún objeto práctico nos proponemos, preferimos, por decirlo así, el conocimiento visible a todos los demás conocimientos que nos dan los demás sentidos. Y la razón es que la vista, mejor que los otros sentidos, nos da a conocer los objetos, y nos descubre entre ellos gran número de diferencias».

Ver y conocer. Comprendemos cuando vemos. Ese es el núcleo del pensamiento complejo: la capacidad de imaginar. Esta es una de las razones por las que sorprende el bajo nivel de soluciones y propuestas de pensamiento visual aplicadas a la política. Y el desconocimiento profundo de las aplicaciones, procesos, herramientas y posibilidades que se esconden detrás de él. Este déficit en el conocimiento de mapas mentales, cartografías de conceptos, data art, visualizaciones e investigación de datos, infografías es, en parte, un déficit técnico que esconde o camufla algo más profundo: la política formal pareciera incapaz (o se resiste a salir de su zona de confort) para experimentar otras visiones —y sus interpretaciones— de la realidad menos ideológicas (que ya tienen las respuestas para todas las preguntas), en beneficio de unos abordajes más innovadores (donde lo relevante son las preguntas).

Sin mapas mentales no hay orografía de lo social. Sin mapa mental, la política no tiene brújula. Es imprescindible un injerto del pensamiento visual en la cultura política tradicional. Se trata de repensar, más que pensar, simplemente. Necesitamos nuevas soluciones y estas no se hallarán sin nuevas miradas, nuevas perspectivas. Hay que volver, en la política al lay-out, al boceto, al apunte, a la nota inspiradora, no a la letra literal y textual «que no se entiende». Este proceso de reinicio es parte del aprendizaje y renovación que necesitamos.

Primero, el mapa. Después, la visualización. Este es el segundo paso del pensamiento visual. Nuestro cerebro está «cableado visualmente». Para «pensar», ve. Solo nos lleva 150ms procesar un símbolo, más 100ms para darle un significado. La imagen aumenta la capacidad para resolver la comprensión del dato en un concepto, en una idea, en una historia. Aunque sea el dato más complejo sobre el déficit presupuestario, por ejemplo. Así, al visualizarlo, se hace aprehensible y comprensible, aumentando su potencial de interpretación política y vivencial.

Finalmente, la comunicación no concebida como mera difusión, sino como el nuevo ADN de la organización y del activismo comprometido. Del mapa a la visualización y de esta a las redes que se entrecruzan en pantallas múltiples y en multiformatos. Las nuevas expresiones de lo político sí que están explorando el enorme potencial de lo visual, hibridado y metabolizado en lo digital, para el activismo y la movilización. «Hasta hace muy poco las revoluciones levantaban a la población con las palabras. Hoy los movimientos sociales despiertan, también, con imágenes. Incluso con una sola fotografía», resume Mar Abad. El colectivo Outliers se preguntó, por ejemplo, qué tipo de imágenes se hacen virales y acaban representando un movimiento social. Es el poder de la memecracia. La fuerza creativa del ARTivismo digital para el ACTivismo social. Nuevos lenguajes, nueva política.

Dime cómo miras (y cómo dibujas)… y te diré, también, cómo piensas.

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