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La política como lugar sin límites

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El paralelo reside en que exactamente como la cinta, las actitudes políticas son pliegues de una misma superficie, de la superficie única que es la política y de cuyos contornos apenas avizoramos las zonas más inmediatas, por mucho que respecto de ellas nos las demos de frenéticos, o de profetas o de indiferentes transeúntes que desconfiados, como dice Parra, del todo y de las partes.

Puesto que estamos en año de elecciones y, aunque lo quisiéramos, no podemos escapar de tener que prestar atención creciente a hechos, acontecimientos o procesos asociados a ello, consideremos tres actitudes políticas, por llamarlas de algún modo, que están jugando y jugarán un rol en el proceso electoral de fines de año y que, todo hay que decirlo, molestan o perturban profundamente.

Corazón tan blanco

La primera de las actitudes políticas es aquella en que se adopta, digamos, una non position-position, una “posición que consiste en no tener posición”.

El juego aquí reside en pretender situarse equidistante entre dos polos definidos de manera arbitraria –pongamos por caso, la Alianza y la Concertación– para acusar a ambas coaliciones de una igualmente innegable, inmejorable e interesada concordancia en los medios y en los fines, que es la que ha llevado al país adonde está, a saber: en medio del barro de la corruptela que los mancha a todos, todos vendidos además de vencidos, partícipes de la elite, en fin, habitantes ellos de un lugar sin ideales, sin sueños y, sobre todo, sin valentía.

La no posición de estos jóvenes y ya no tan jóvenes, es la promesa de una política de la autenticidad que no hace promesas, porque ella misma es la promesa; una política de voces blancas, de frenéticos que asumen tener el dudoso derecho de soñar por todos.

El rechazo de este punto de vista deriva de la encubierta pretensión de polizones morales por parte de quienes la ostentan. Quien así piensa, se ha puesto al lado del camino y cual espectador desinteresado, y dado a la contemplación, se arroga el derecho de enjuiciar las manos sucias de otros, mientras vigila el sepulcro vacío de su corazón tan blanco como mesiánico.

La calle y el técnico

Está además quien adopta la actitud política de no pretender salvar a nadie ni a nada –una especie de encubierto profeta esta vez– quien cree que de él depende el juicio acerca de la realidad y la verdad en sí mismas. Hay, en verdad, dos versiones de esta actitud: la de la calle y la del Think tank. El uno acepta porque ontologiza o naturaliza o simplemente se resigna ante su situación; el otro impone porque describe, tanto mejor si es acompañado de los “fríos números” y del “dato duro”.

Esta posición consiste en una suerte de política del sentido común o, en su versión tecnócrata, en toda suerte de cientificismo predictor, que se extiende sin solución de continuidad desde los medios de comunicación y el mundo del espectáculo a la vida privada y la convivencia cotidiana. Una actitud que califica todo como “político”, pero que no acepta que se diga que la suya también sea una postura política.

A diferencia de la posición de la no posición antes descrita, esta actitud constituye una posición, sin embargo no tolera que se la tache de política. Que se la tache de nada, en verdad. Su pretensión absolutista resiste a dejarse motejar, a rebajarse a ser tratada como una posición entre otras.

Minimalismo ascético

Esta es la actitud del que considera que, aunque importante, la política es una pasión inútil, ante la cual no cabe sino la indiferencia del que mientras se desplaza en la ciclovía, junto a la calle, observa la febril actividad de la ciudad como si lloviera.

Esta actitud adopta la forma de la completa falta de atención, de la más absoluta prescindencia, del abandono total del control del propio destino a la voluntad de los demás. Después de todo en el estrecho círculo de sus intereses, todo lo que cuenta es el negocio privado, el temor al futuro, el cuidado del propio jardín. De haber otros, su reunión sería la de un movimiento que ama lo mínimo,una suerte de comunismo de buenas maneras y a escala humana.

Quien así actúa se concibe a sí mismo como pura facticidad, como mera finitud,viviendo en la inmanencia de sus intereses y los de su altruismo auto-referido.En virtud del que los demás somos no más que roce u obstáculos para su aspiración de un desplazamiento veloz por la vida, que incremente su placer y disminuya su dolor.

Los inmortales

Por último otra actitud no política, que esta vez pretende ser la única viable, especie rara de monoteísmo, es aquel producto del paso de los años y de haber vivido ciertas cosas que –impostando la voz– “no quisiéramos volver a vivir nunca” e invita a experimentar la vida tal cual es, oscilando entre la superioridad moral y la resignación.

A falta de argumentos, replican que eso era cuando jóvenes, que ellos hacían aquello cuando irresponsables jugaban con la vida, pero que ahora entendieron que había asuntos serios que exigen de uno la serena meditación de la madurez. Y producto de ese entendimiento y esa ventaja cronológica y vital, no están dispuestos ni al diálogo ni al escrutinio. Como si quienes no fueran sus coetáneos fueran los morosos eternos de un DICOM moral y la deuda no hubiera sido ya saldada (¡y con creces!).

Hay que reconocer que a ratos, distraído uno, se puede ver seducido por algo que podría ser caracterizado como sensatez, conocimiento del alma humana o sabiduría. Pero que, en realidad, es material para las memorias, algo que, como el sol de otoño, ilumina, pero no llega a calentar. Como los rayos de ese tibio sol de otoño, las memorias no llegan; la jubilación tampoco, para nuestro pesar.

Estas actitudes hacen pensar en la representación de la cinta, de la banda o del mejor conocido como anillo de Moebius, una figura cuyo misterio reside en tener una sola cara y un solo borde. El anillo tiene o es una superficie fuera de la cual no hay nada más: mito y enigma geométrico a la vez, el anillo es un universo o una totalidad cerrada que se circunda a sí misma. El paralelo reside en que exactamente como la cinta, las actitudes políticas son pliegues de una misma superficie, de la superficie única que es la política y de cuyos contornos apenas avizoramos las zonas más inmediatas, por mucho que respecto de ellas nos las demos de frenéticos, o de profetas o de indiferentes transeúntes que desconfiamos, como dice Parra, del todo y de las partes.

 

 

Columna coescrita por Jorge Alarcón Leiva y Claudio Frites Camilla, Instituto de Investigación y Desarrollo Educacional (IIDE), Universidadde Talca.

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