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La nueva ciudadanía: Somos rastros y reputaciones digitales

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Ciudadanos, empresas, partidos y organizaciones sociales; nadie escapa a los frenéticos cambios tecnológicos que están alterando las relaciones interpersonales, laborales y políticas. Se augura el ocaso de la ciudadanía política tradicional y la desaparición de las organizaciones que no se adapten al ecosistema digital.

La sociedades humanas siempre se han visto inmersas en cambios, y los cambios que vivimos ahora son más profundos que los producidos en los últimos siglos por tres razones principales.

La primera, por la extraordinaria potencia, brutal aceleración y reducción del tiempo de penetración de las nuevas tecnologías. En los próximos 18 meses se duplicará toda la información accesible en Internet, algo inimaginable en términos históricos.

La segunda por la radical transformación de nuestras maneras de comunicarnos, organizarnos y crear valor. Son cambios estratégicos que reconfiguran nuestra sociedad.

Y la tercera, por la globalidad de los mismos. África, por ejemplo, puede conquistar el futuro del siglo XXI sin pasar por la industrialización. En este continente, el primer banco es una compañía de teléfonos móviles y uno de cada tres africanos ya posee un dispositivo de este tipo. Olvídense de los postes y los cables y piensen más en redes y satélites.

Muchas de estas transformaciones que están sucediendo no se perciben. A veces, sólo vemos la punta del iceberg (que muestra en la superficie sólo el 10% de su masa helada). Otras, intuimos la realidad a través de fragmentos, de pistas, de rastros que nos ofrecen información intuitiva sin una visión de conjunto. Y, en la mayoría de los casos, son transformaciones en estado germinal que florecerán con toda su potencia. Sean partes, fragmentos o semillas, si analizamos bien las tendencias podremos comprender la globalidad y la potencia transformadora de los cambios.

Anticiparse y detectar los movimientos de fondo que se producen en nuestra sociedad es clave para la dirección estratégica. Se trata de interpretar las tendencias que vemos en el presente para diseñar itinerarios que nos permitan prepararnos en sustitución de lo caduco. Ganar este tiempo de preparación, adaptación y conocimiento es clave para competir en el futuro.

Hay  diferentes áreas de cambio, desde las relaciones personales, a los modelos de negocio o la participación política; todo ello estrechamente relacionado con la transformación tecnológica. La tecnología será cada vez más amable, intuitiva y cómoda.  El derecho al acceso universal a Internet será una exigencia democrática y política reforzada por los mercados y los ciudadanos. La Internet de las cosas, en el futuro, va a convertir nuestros entornos en terminales nodales activos y con capacidad de contener información inteligente y relacionada. La tecnología se adapta con gran facilidad a nuestra vida cotidiana y cada vez elimina más barreras en su usabilidad. La brecha digital desparecerá y aparecerán otras brechas no estrictamente tecnológicas.

Y todo ello afecta también a la identidad. La identidad personal del futuro será la identidad digital. Olvídense del curriculum vitae y preparémonos para el digital vitae. El RUT, como paradigma de la identidad, ya no sirve en la sociedad-red, por reduccionista. Es una foto fija insuficiente en la sociedad de la información y comunicación. Somos y seremos nuestros rastros, reputaciones y contenidos digitales. Encontraremos, mantendremos o mejoraremos nuestro trabajo gracias a nuestra presencia en la red. Nuestra ciudadanía digital será más relevante que nuestra ciudadanía política o cívica.

Los nativos digitales deberán reinventarse constantemente. Y los inmigrantes digitales aprender de nuevo, cada día, esforzarse en comprender lo emergente. La sociedad-red exige más actitudes que aptitudes (que hay que aprender, pero que cambian constantemente). Lo importante es construir un perfil profesional capaz de cambiar a la misma velocidad que el cambio social. Se acabó el confort y la posición. Lo nuevo tiene que ver con la adaptación y la presencia. Mantener una posición profesional sin presencia pública en la red y en la sociedad no va a ser posible.

La sociedad-red es muy dinámica, hay posibilidades para los nuevos liderazgos aunque no siempre se convertirán en posiciones en el organigrama. Es mejor tener una amplia frontera relacional y ser valorado y respetado que ser obedecido. Será decisiva la capacidad de añadir valor en cada gesto, en cada sms, en cada mail, en cada acción. No será una sociedad para obedientes, ni para autoritarios. Sino para el talento y la iniciativa.

Aquellos que ignoren estos procesos de transformación sufrirán e incluso algunos desparecerán. Por eso es tan importante analizar las tendencias de estos cambios, porque suponen grandes capacidades de transformación personal y organizativa y son muy exigentes con las transformaciones interiores. Ganar tiempo para prepararse, adaptarse y aprender lo nuevo que sustituirá lo obsoleto es estratégico para el futuro, ya que estos cambios llegan en forma de tsunamis digitales: muchos ven la ola pero no comprenden ni su velocidad y ni su tamaño gigantesco y devastador. Comprender la naturaleza radical y transformadora de lo nuevo es estratégico. Dice Nikesh Arora que “un pequeño rápido puede ganar a un grande lento”. Sí, el nuevo poder se aleja de la fuerza, la propiedad o la dimensión y ofrece posibilidades de éxito a la creatividad, la inteligencia y la red: profundos cambios en la asignación de valor al concepto de poder.

También al periodismo. El privilegio de intermediación de los medios y los periodistas se acaba, aunque su función social sigue intacta. En la sociedad-red cada ciudadano es un periodista en potencia. La capacidad de imagen de nuestros dispositivos móviles, la estructuración personal y relacional en redes sociales y la creatividad de las personas ofrecen un potencial extraordinario. Los privilegios serán sustituidos por la reputación digital, la meritocracia social y la creatividad. El filósofo Heráclito decía que nunca te bañas en la misma agua del río. Es una buena metáfora. La información, su consumo y su uso, es un río de aguas bravas, donde todo fluye. Comprender la dinámica móvil y constante de los flujos es clave para quien tiene una industria que todavía piensa en horarios de boletines, ediciones diarias o periodicidades varias. La gente no espera.

Sin embargo, para los periodistas, perder el privilegio de la exclusividad y trabajar en un entorno saturado de flujos informativos no impide desarrollar la función social que medios y periodistas tienen en el fortalecimiento de una sociedad más libre, transparente y democrática. Pero obliga a hacerlo con nuevos medios, nuevas actitudes y un enfoque de cooperación y colaboración permanente con los lectores y usuarios.

Los usuarios de la información en la sociedad red ya no son sólo lectores, oyentes, o espectadores. Escriben, hablan y emiten. Comprender mejor los intereses de los usuarios y adaptarse a sus opciones de lectura o recepción, enriquece la profesión y pone en tensión a los medios. Por paradójico que parezca, la multiplicación de fuentes y la pluralidad de enfoques, así como la concurrencia de muchos emisores no estrictamente periodísticos, obligan a desarrollar un periodismo de mayor calidad.

* Antoni Gutiérrez-Rubí, asesor de comunicación. Extracto de la entrevista en el diario El País, a partir de la publicación del libro “32 tendencias de cambio (2010-2020)”

http://www.gutierrez-rubi.es/2010/09/08/somos-rastros-y-reputaciones-digitales/ 

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Foto Foto: Identidad Digital – César Poyatos / Licencia CC

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