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La dictadura de los números y su falsa profecía

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(A propósito de la manipulación de cifras en informe del Banco Mundial).

El origen de la profecía

La epistemología del siglo XIX se definía por una posición marcadamente realista, pensaba que había algo allá afuera, similar a un “mundo” objetivo, el cual podía ser captado –de manera también objetiva- mediante los recursos de la metodología científica.

En aquella época, una escuela que dio mucha importancia al dato duro, cuantificable y medible para asir lo real, fue la llamada escuela “positivista”. La positividad de un método adecuado (el científico) para sentar las bases de un orden social estable mediante el progreso, fue la receta unívoca para sacar a la sociedad de la época empantanada en una crisis política generada por una serie de transformaciones de largo alcance: la consagración del capitalismo como sistema económico gracias al empuje dado por la revolución industrial, catapultó a su vez a la burguesía como clase dominante, desplazando a la antigua nobleza, quienes gobernaban junto al clero bajo la premisa del “derecho divino”. El desplazamiento de la cúpula de dominación social de un sector por otro, generó roces que se tradujeron en disputas por el cambio de institucionalidad política y en el sistema de gobierno. El episodio más importante que inaugura esta época de crisis en su dimensión política es la llamada “Revolución Francesa” de 1789.

En este contexto, los autores positivistas como Auguste Comte o el Conde de Saint Simon disputaban su concepción de sociedad frente a los pensadores que consideraban como “metafísicos”, en el sentido de que veían lo “real” o dado (o sea, el orden social concebido desde las elites) como apariencia. Entonces, luego de develar mediante la crítica las incapacidades de tal orden (o esbozando la parte “negativa” de su discurso)  se sumergían en divagaciones, buscando la esencia de las cosas (en este caso, un orden social legítimo basado en la división de los poderes del Estado o en la legitimidad de la soberanía basada en la “voluntad popular”). Para los positivistas, esto solo podía concluir en un caos social, debido a la inestabilidad dada por los frágiles cimientos democráticos-igualitarios que subyacían en sus sistemas de pensamiento. Esta crítica apuntaba a los llamados autores “ilustrados” franceses como Voltaire y Rousseau, cuyas ideas inspiraron los ideales revolucionarios en Francia: “Libertad, Igualdad y Fraternidad”.

No está demás decir que estas doctrinas impactaron muy profundo en regiones lejanas como Latinoamérica. El lema “Orden y Progreso” en la bandera de Brasil es la frase que Comte utiliza en su “Curso de Filosofía Positiva”, obra que trata sobre los distintos estadios que debía recorrer la humanidad para alcanzar en definitiva el estadio “científico o positivo”, en el cual,  mediante el progreso dado por la dirigencia social de “los sabios” tecnócratas, se lograría el preciado “Estado de civilización”. Bajo la premisa positivista de la civilización, entendida como un proceso lineal y necesario y en la que, por supuesto, como punta de lanza de aquella civilización se encontraba el hombre europeo occidental; se llevaron a cabo los procesos de colonización del siglo XIX, con la excusa de llevar las “bondades” de la civilización a los bárbaros. En este contexto se entienden mejor las políticas de exterminio indígena en el sur de Chile y Argentina. La única alternativa frente a la negativa de los salvajes a querer civilizarse era la muerte.

Piensa Positivamente.


El Banco Mundial (WB), entidad monetaria que junto a organismos como el Banco de Desarrollo Interamericano (BID) o el Fondo Monetario Internacional (FMI) constituían las “iglesias” de este culto global, ha reconocido el pecado

Las premisas epistemológicas del positivismo impactaron a gran parte de las disciplinas académicas, marcando especialmente a una; me refiero a la economía. En un comienzo, la economía nace como ciencia de lo social estudiando originalmente el origen de las riquezas (así se titula el famoso libro de Adam Smith; “Una investigación sobre la naturaleza y causas de la Riqueza de las Naciones”), pero el pináculo de la “escuela clásica” en economía (Adam Smith, David Ricardo y Karl Marx, como los tres más grandes exponentes) se construye desarrollando una teoría económica basada en el trabajo como fuente creadora de valor (la teoría del valor trabajo), aunque paralelamente corría la teoría sobre los “costos de producción” (presente en Smith y Ricardo, debido a imprecisiones dada la dificultad que conlleva el levantar los cimientos de una reflexión coherente del fenómeno económico desde cero, estos autores desarrollan ciertas contradicciones lógicas en sus formulaciones. Se superponen en una misma obra dos teorías del valor excluyentes entre sí. Esto explica la influencia de autores como Smith en escuelas económicas diversas posteriormente).

Con el triunfo final de la “teoría de los costos de producción” se suma junto al trabajo, el capital como generador de valor. Esta última teoría se impone en la escuela económica “neoclásica”, en la cual priman los esquemas teóricos basados en curvas sobre planos y datos en lenguaje matemático, desplazando como consecuencia, el eje explicativo desde la esfera de la producción hacia la esfera del intercambio. En otras palabras, ya no es importante quién produce el bien (o sea, el trabajador), por ende se desecha la teoría del valor basado en el trabajo. En esta escuela se reduce todo el fenómeno al momento mismo en que los poseedores de bienes llevan a cabo el intercambio. Es este espacio recortado y abstracto el que definen como “mercado”.

El título originario de “economía política”, que designa la investigación de lo económico llevada a cabo por la escuela económica clásica, no refiere tanto a su diferencia con la economía “a secas” (mutilación del nombre propuesto por John Stuart Mill) en el uso de complicadas ecuaciones matemáticas ni curvas sobre planos cartesianos por parte de ésta última, sino más bien en algo más importante; la economía política está marcada por la dimensión deliberativa a la hora de plantearse frente a una dirección económica posible (por algo el apelativo de “política”). Se puede escoger una determinada política económica concebida como adecuada guiado por una convicción práctica-valorativa. En la economía “a secas” (y bajo la pretensión de neutralidad avalorativa dada por los fríos números), es la racionalidad misma dada por los esquemas teóricos construidos la cual debe guiar la economía. Es en la constitución de esta ciencia económica autónoma (escindida ya de las ciencias sociales, de donde nace la “economía política), donde “la realidad” unívoca de un orden social determinado por la abstracción numérica comienza a imponerse frente a las diversas posibilidades de construcción de lo social en base a la toma de decisiones en conjunto.

Consecuencias de la profecía en Chile

Es así como llegamos a esta dictadura de los números actual; frente a la cual países como Chile responden muy obedientemente, trabajando incansablemente para poder cumplir con las cuotas que exige este sistema hiper-racional e inerte, gobernado (en dirección hacia ninguna parte, debido al no lugar abstracto desde el cual se plantea. En el mundo de las “formas puras” no hay un arriba ni un abajo, ni un adelante ni hacia atrás) por los nuevos profetas de la modernidad; los tecnócratas.

La profecía tecnocrática es aquella en la cual se nos pide siempre un sacrificio para poder alcanzar la preciada “modernización”. ¿Y qué significa tal cosa? Alberto Mayol, en su escrito “La tecnocracia; el falso profeta de la modernidad” la define meramente como una tautología; ser moderno significa simplemente estar gobernados por tecnócratas. La modernización que llevaron a cabo los países centrales tenía relación con la revolución en la matriz productiva de su economía, el cambio de un sistema extractivo de materias primas a otro basado en la producción de bienes o servicios con mayor valor agregado (tecnología o industria, por ejemplo), necesarios a su vez para el desarrollo y bienestar de una sociedad. Pero en este país se entiende lo “moderno” en el sentido más vulgar del término; simplemente significa poseer “lo más nuevo” (somos modernos simplemente porque las empresas de retail tienen facilidades para importar al país chucherías tecnológicas desde países…realmente modernos).  Aquella profecía, en su tautología inocua termina constantemente en decepción; nos demanda la restricción sobre cualquier horizonte utópico posible necesario para direccionar nuestra sociedad, nos impone una sumisión asfixiante dentro marco de lo dado (en este caso por el presupuesto de una nación). Pone la carreta por delante de los bueyes; privilegia lo económico castrando a lo político, debe incluso necesariamente ocultar la diversidad (ya de por sí restringida) del pensamiento económico diverso y sus diferentes escuelas, ya que la heterodoxia económica propicia el manejo de variables desde el Estado (entre ellas el gasto público) para controlar los periodos críticos (Axel Kaiser mencionaba en una de sus presentaciones la economía ortodoxa monetarista como “la única economía que existe”, y en Chile eso es bastante cierto; el pensamiento económico neoliberal ha sido hegemónico desde hace mucho tiempo en el país, acaparando transversalmente los espacios de la academia en universidades tanto públicas como privadas. Muy a pesar de Axel, la crisis económica mundial del año 2008 logró impugnar fuertemente los cimientos del pensamiento neoliberal en el mundo. Por aquellos años, volvieron a la palestra los llamados economistas “neokeynesianos”; ganaron en notoriedad las lecturas de Joseph Stiglitz sobre la crisis y la emergencia de la dimensión moral por sobre la (i)racionalidad económica, Thomas Piketty se hizo conocido mundialmente por su libro “El Capital en el siglo XXI” y Paul Krugman recibió el nobel de economía algunos años después).

Una política económica ortodoxa basada en la oferta (centrada en el PIB y las importaciones) debe necesariamente ocultar el hecho de que se puede efectivamente activar una economía desde la demanda (mediante la inversión, el gasto, el consumo o las exportaciones). Básicamente, un sistema económico se puede sostener inyectando dinero en las empresas o en las personas, y como las economías actuales prefieren inyectar dinero a las empresas, el discurso político debe, como contraparte, apelar (incluso mediante coerción) a la austeridad de las personas (una de las suposiciones básicas de la economía moderna, es la distribución de bienes/servicios escasos en base a la existencia de recursos limitados, pero incluso este axioma se ha puesto en cuestionamiento. Por ejemplo, el director de la oficina de la FAO en España, Enrique Lleves, afirma que actualmente en el planeta Tierra, se producen el doble de alimentos de los que necesitan sus siete mil millones de habitantes para vivir, el hambre crónica de casi mil millones de personas en el mundo se debe únicamente al juego incesante de la oferta y la demanda, junto a la modificación de precios. Para subsanar este bochorno, desde la economía se redefinió la “escasez” como concepto “relativo”, en el sentido de que “existe un deseo de adquirir una cantidad de bienes y servicios mayor a la disponible”. Así por lo menos lo define el libro “Economía; principios y aplicaciones” de Mochón y Becker).

Bajo esta perspectiva podemos entender la política de perdonazos millonarios a tiendas del retail ($125 millones de dólares, por concepto de multas e intereses), o los subsidios millonarios/crédito de bajo o nulo interés a las grandes empresas (por ejemplo; los subsidios millonarios brindados en el Gobierno de Bachelet a las empresas forestales lideradas por la familia Matte y Angelini instaladas paradójicamente en la zona más pobre de Chile; la Araucanía) en contraposición con la persecución asfixiante en la que muchos chilenos se ha visto envueltos, debido a la presión por pagos atrasados en créditos o préstamos con elevadas tasas de interés o la sobre-preocupación por las tasas de evasión en el transporte público santiaguino (la cual raya en lo absurdo; el gasto en instalación de molinetes al interior de los buses del Transantiago o la contratación de fiscalizadores privados evidencian la preocupación por sostener la precaria legitimidad de un sistema centrado en la concentración económica de grandes grupos). Aquel disciplinamiento social hacia la ciudadanía es absolutamente necesario para poder sostener la “racionalidad” del modelo, basada precisamente en la holgura y facilidades económicas para una elite.

Del cielo a la Tierra

Pero el rito en el que se sostenía tal modelo finalmente se ha roto, nuestros profetas develaron que sus prácticas eran mundanas y aquel halo místico de los números se tambaleó hasta caer hecho pedazos. El Banco Mundial (WB), entidad monetaria que junto a organismos como el Banco de Desarrollo Interamericano (BID) o el Fondo Monetario Internacional (FMI) constituían las “iglesias” de este culto global, ha reconocido el pecado; Paul Romer, economista en jefe del WB reconoce manipulación en la metodología y criterios de medición para alterar los resultados de Chile con fines de sesgo ideológico o “políticos”. En el banquillo de los acusados se sentó Augusto López Claro, encargado de redactar el informe “Doing Business”, responsable de la caída de Chile en los indicadores macroeconómicos durante el gobierno de Bachelet, economista que está relacionado con figuras clave del piñerismo (cercano al ex ministro de Piñera, Cristián Larroulet).

El escándalo acontecido revela el resquebrajamiento de las políticas de ajuste del llamado “Consenso de Washington” promovidas por las entidades económicas antes mencionadas, junto al cuestionamiento de la dirección tecnocrática y su racionalidad numérica antepuesta a la dirección política de los gobiernos, esta caída de la hegemonía neoliberal fue propicia para el clima de repolitización actual de nuestra sociedad. La noticia está en desarrollo aún, pero lo importante es rescatar esta incapacidad de esta “falsa religión” en lograr la legitimidad mínima para poder engendrar consenso social, debido a que el componente ideológico del ser humano desbordó la pretendida asepsia, resquebrajando la inerte temporalidad de su régimen. Una de las cuestiones que llevaron al olvido del concepto de ideología en las ciencias sociales, no era esa falsa idea entre una pretendida realidad o “conocimiento verdadero” y un “conocimiento falso” de aquella, como la entendían los defensores de la escuela positivista, sino que por el contrario, vieron la característica totalizante de la dimensión ideológica (como visión de mundo que lo envolvía todo). Esta imposibilidad llevó a postular el enfoque particularista (relativismo) de los autores post estructuralistas. El reconocimiento de la dimensión ideológica en el ser humano (reconocerse como ser político; perteneciente a una “Polis” y con capacidad de deliberar, volviéndose participante activo de las decisiones que repercuten en su comunidad/sociedad) ha sido el “fuego prometeico” inicial que ha comenzado a impugnar el dogma neoliberal. Aun así este es solo el comienzo del camino hacia una posible liberación, sabemos que la historia no es el desenvolvimiento de un “espíritu absoluto” mediante la concatenación de hechos necesarios, ni una flecha lineal en donde el progreso nos llevará inexorablemente a la realización del hombre/mujer hacia un “estado de civilización”. Hay muchos futuros posibles y lo que ganamos por un lado, podríamos perderlo por otro (en política muchas veces se avanza un paso y se retroceden dos). Lo importante es que la rueda ya ha comenzado a girar, las transformaciones sociales actuales comienzan ponerse en marcha y el sentido común de las sociedades comienza a cambiar casi sin darse cuenta. Y tú; ¿dejarás que en esta próxima nueva etapa, la cual se avizora, otros profetas guíen tu destino, o serás partícipe autónomo, maduro y consciente de las decisiones que atañen tanto a los tuyos como a ti mismo? Sapere Aude!

TAGS: #BancoMundial #EconomíaMundial Capitalismo

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