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La derrota discursiva en las elecciones presidenciales

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Unos le echan la culpa al Frente Amplio por no definir claramente un apoyo explícito al candidato de la “centro-izquierda”. Otros, dicen que el problema fue el propio Alejandro Guillier, que “no calentaba a nadie”, que “no quería ganar”.

En general, se despotrica contra la falta de educación de los desclasados: “fachos pobres” (siendo que en las comunas periféricas de Santiago, donde se concentran los sectores menos favorecidos, ganó Guillier y la abstención, no la derecha), y en todo caso, ¿Qué derecho tenemos de cuestionar el actuar de quienes han sido relegados de las prioridades del programa oficialista?


La izquierda hace tiempo abandonó el trabajo territorial (y esto más que ser una culpa, es una realidad que obedece a diversos factores), si a esto sumamos que en los últimos años se ha agudizado la concentración y tendencia conservadora de los medios de comunicación, no es de extrañarse el triunfo de quienes representan esa única “voz”

No faltan los que impugnan la responsabilidad a las propuestas más “osadas”, demasiado adelantadas para el momento, “quieren transformar este hermoso país en Chilezuela”, pensarán; claramente son quienes están más perdidos queriendo volver al centro político y la vieja Concertación de la que tanto nos está costando salir, y que, por lo demás, tuvo una fuerte derrota en las parlamentarias (si el resultado de la DC no les dice nada, ¿habría que empezar a hablar en ce-tá-ceo?).

En fin, muchas de las razones que se esgrimen para explicar esta derrota son autocomplacientes, se quedan en la superficie del problema o tienden a lugares comunes. Quizá es demasiado luego para hacer un análisis más acabado, lo que no coarta la posibilidad de arriesgarnos y dar un juicio sobre qué fue lo que falló con el fin de suscitar la necesaria discusión que se nos viene.

Lo cierto es que la derecha logró cautivar y hacer que sus votantes fueran en masa a respaldar a Sebastián Piñera, cuestión que no logró la Nueva Mayoría. A nivel mundial, la derecha ha demostrado ser experta en adecuar el discurso -y como tienen los principales medios de comunicación- el resultado no puede ser otro: así, se han instalado en las presidencias de muchos países, como nuestra maltratada vecina Argentina, o Estados Unidos, donde se manipuló el discurso según el perfil personal de cada votante (propaganda dirigida), gracias al uso político del “Big data” (los datos de internet), detalle que probablemente forme parte de una nueva fase de dominación con instrumentos que, hasta el momento, han demostrado una terrorífica efectividad. Y al igual que Trump, Piñera se transformó en una “ameba discursiva” (dijo exactamente lo que querían oír donde se encontrara, aunque más tarde, con otro público, dijera todo lo contrario).

En la otra vereda, la centro-izquierda no fue capaz de aumentar el porcentaje de votantes, condición necesaria para ganar la elección. Uno de los motivos podría explicarse por la preponderancia de una agenda valórica -discusión ideológica- y el tema de la educación, dejando de lado, por ejemplo, los derechos laborales o las pensiones. Y para qué estamos con cosas, los estudiantes no votan; desde que Piñera dijo que estaba de acuerdo con la educación gratuita, el tema dejó de ser un aliciente decisivo para captar votos. Lo mismo el aborto, el matrimonio igualitario, la identidad de género. No digo que no sean temas relevantes, pero no solucionan los problemas inmediatos y materiales que tiene la población (al menos no como se plantean). Es más, la derecha puede adaptarse y “tomar” estas banderas sin necesidad de tocar sustancialmente su proyecto social, económico, político. Es decir, sobre condiciones laborales, pensiones y salud, se ofreció más de lo mismo, pensando que los votantes iban a ir casi por costumbre a respaldar al candidato que no fuera Piñera. El #todoscontrapiñera tampoco fue una buena estrategia, dicho sea de paso.

Y si bien, la sociedad chilena no se ha derechizado -no fue Alejandro Guillier quien tuvo que tomar propuestas de Sebastián Piñera, sino al revés- el oficialismo tampoco se comprometió con un programa transformador que convocara, por ejemplo, a toda la población que ansía el término de las AFP (de haberse comprometido con esto, de seguro otro gallo cantaría). No es esta una derrota de lo que dice la izquierda, de las demandas e ideas que se vienen planteando hace ya varios años desde la calle. Esta es la derrota del discurso que se impuso en la coalición, de cómo se dicen y ordenan prioridades. Esta es la derrota de aquel “centro político” (o derecha realmente) que no quiere profundizar las reformas y que sigue en la retórica de prometer cambios pequeñitos con bombos y platillos, con esa ambigüedad acostumbrada a la que el votante mayoritario ya no es propenso.

 

El problema de la comunicación y el territorio.

La izquierda debe dar una profunda discusión sobre cuáles son las prioridades y demandas que estamos defendiendo, y sobre cómo vamos a salir a comunicar y disputar el sentido común de chilenas y chilenos en los próximos años ¿Cómo lograr mayores niveles de consciencia en esa población despolitizada que sufre directamente las contradicciones del modelo? Esto tiene que ver con el derecho a la información, la comunicación y el conocimiento. Tener acceso a la “verdad” (palabra tan maltratada últimamente), o al menos a nuestra verdad -diferente a la que se impone desde los canales oficiales- es extremadamente difícil si no contamos con medios de comunicación. Debemos preguntarnos entonces ¿cómo vamos a darnos -como pueblo- la información que requerimos para no ser engañados por “falsos profetas” y actuar de acuerdo a los intereses de la mayoría, a la que pertenecemos, con inteligencia y estrategia política?

Esta derrota se da, principalmente, porque la derecha logró hacer sentido a una gran masa de personas que ven en las palabras de un delincuente la solución a problemas materiales, y eso está por sobre todo lo demás (incluso la reputación del candidato). Ya lo decía Violeta Parra: “No hay regimiéntico que los deténguica/ si tienen hámbrica los populáricos”. Primero se llena la hoya, después se habla de política. Esto en términos metafóricos y reales. Solo bastaba con levantarse a votar para “salvar a Chile” y contar con trabajo, seguridad, vivienda digna y abastecimiento; todas esas promesas que sabemos quedarán en el aire, como el viejo engaño de un “país en vías de desarrollo”, pero que la “izquierda” no hizo ni contradijo eficazmente.

Sin embargo, no solamente se trata del mensaje, sino también del canal. La izquierda hace tiempo abandonó el trabajo territorial (y esto más que ser una culpa, es una realidad que obedece a diversos factores), si a esto sumamos que en los últimos años se ha agudizado la concentración y tendencia conservadora de los medios de comunicación, no es de extrañarse el triunfo de quienes representan esa única “voz” que acostumbramos “escuchar” cuando esperamos micro, vemos la televisión, navegamos en Facebook, etc.

Podríamos decir que la gente es tonta, que no sabe diferenciar entre lo que le conviene y lo que no, que cuando se trata de Venezuela hablan de dictadura, pero la represión brutal de Macri la pasan por alto, ¿Y con qué autoridad haríamos estos alegatos, si la izquierda no tiene como objetivo fundamental la lucha por la información, que se materializa en la democratización de los medios de comunicación (entre otros entes educadores), o por lo menos en la creación de un medio alternativo poderoso que pueda dar cuenta de la realidad nacional e internacional desde una mirada contra-hegemónica? Si no hay nada que le haga el peso al bombardeo mediático que relega, sataniza o ridiculiza cualquier expresión política contraria o que cuestione siquiera el neoliberalismo ¿Qué esperábamos?

Mientras no se tome consciencia de lo importante que son las comunicaciones y la lucha de ideas, más allá del todavía reducido espacio de las redes sociales, es absurdo pensar si quiera en la defensa de los socialismos del siglo XXI o en una reflexión sobre el neo-fascismo -y los nuevos regímenes de corte autoritario y represivo de Latinoamérica-. Mucho menos creer que de aquí a cuatro años más vamos a recuperar la dignidad como pueblo. Y por mientras, no se puede esperar que exista un movimiento exigiendo el derecho a que se nos eduque e informe adecuadamente. Los partidos de izquierda tienen la responsabilidad de preocuparse y buscar una salida urgente a la situación actual, donde la derecha decide por los contenidos culturales e ideológicos que consume la población mayoritaria.

TAGS: #Elecciones20017 #NuevaMayoría #SebastiánPiñera

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