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La comunidad homofóbica

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En nuestra opinión, la muerte de Daniel Zamudio se nos apareció como una revelación de la real intolerancia de nuestro pensamiento moderno, y cuya potencia, no sólo quedó manifiesta en términos heteronormativos, sino que fundamentalmente humanos.

Toda bala, todo fuego, todo golpe y todo rayo que maldigan la carne son en mi carne. Toda muerte del hombre a manhombre es infamia y vergüenza, caída y sin razón…» (Sobre el pedido de pena de muerte para un asesino a sueldo) [1]

La apelación iterativa a la Ley de Antidiscriminación en Chile, aludida sistemáticamente por medios de comunicación oral y escrita, conocida bajo la denominación de “Ley Zamudio”, nos advierte de una regulación jurídico-política por parte del Estado en lo que respecta a su población. En este sentido, la imposición factual de la ley opera precisamente debido a que la actual comunidad nacional es por antonomasia homofóbica. A este respecto, es pertinente considerar lo señalado por el investigador estadounidense David Halperin, pues, pese a que los discursos homofóbicos son siempre incoherentes, dicha característica, en lugar de incapacitar su fuerza los hace más poderosos,  “(…) De hecho, ellos operan estratégicamente por medio de contradicciones lógicas, las cuales producen una serie de callejones sin salida cuya función es-de manera incoherente pero efectiva y sistemática- perjudicar las vidas de lesbianas y gays”[2].

 La visibilidad pública que han obtenido una serie de agravios homofóbicos e interpelaciones humillantes en contra de personas del mismo sexo, ha permitido advertir en los dos últimos años, una mediatización política de la subjetividad de aquellos grupos disidentes de la matriz heterosexual. Dicho fenómeno, expresó –a propósito del caso Zamudio- un carácter mediático que produjo temporalmente impacto y conmoción en la esfera pública. La conmoción producida en ese entonces, se dejó apreciar sutilmente como una herida narcisista, que nos mostró el carácter primitivo, irracional y homofóbico que nos constituye políticamente.

En nuestra opinión, la muerte de Daniel Zamudio se nos apareció como una revelación de la real intolerancia de nuestro pensamiento moderno, y cuya potencia, no sólo quedó manifiesta en términos heteronormativos, sino que fundamentalmente humanos. A este respecto, la filósofa Judith Butler, señala que lo que siempre está detrás de la interpelación humillante y del agravio a los homosexuales, es el cuestionamiento a su legitimidad humana, debido a que la categoría de sexo es “una de las normas mediante las cuales ese “uno” puede llegar a ser viable, esa norma que califica un cuerpo para toda la vida dentro de la esfera de la inteligibilidad cultural”[3].

Pues bien, si la categoría de sexo esbozada por Butler es una de las normas mediante las cuales es posible llegar a ser viable, es decir, legítimo como sujeto, el asesinato del joven Zamudio, –así como tantos otros olvidados, sin nombre y representación jurídica-, es por antonomasia, el resultado de la aniquilación de aquello que no se consideró viable, en definitiva, inviable como persona.

 Pensadas así las cosas, es posible señalar que en cientos de golpizas y muertes de jóvenes homosexuales, no sólo ha habido por décadas, una inexistencia de derechos positivos, sino que también repulsión de aquello que inherentemente se entiende por derechos fundamentales o naturales (iusnaturalismo). Si bien, en el caso representativo de Daniel Zamudio, no resulta posible atribuir a una única causalidad el carácter irreconocible de humanidad que en aquella escena se exterminó, éste es razonable de explicar en gran medida, al ethos homofóbico que poseen determinados grupos de la comunidad nacional, fundamentalmente porque consideran inviable una sexualidad por fuera de la heterosexual.

Es preocupante apreciar, que la homofobia en la que aún habitamos cotidianamente se expresa no sólo en cuanto a la precaria cultura jurídica de reconocimiento en materia de derechos sexuales, pues de ello, qué duda cabe, sino que también, la homofobia es posible apreciarla de forma explícita, en la invisibilización mediática de gays, lesbianas y transexuales en las campañas gubernamentales del VIH, en las que la homofobia es expresión de un problema de educación pública.

En este sentido, la actual comunidad homofóbica, tristemente se caracteriza por una notable cualidad, a saber, que el repudio y la muerte de cientos de vidas distintas de la heterosexual, ni siquiera adquieren una sanción de tipo jurídica, precisamente porque esas vidas no se consideran legítimas (biolegitimidad). Es por esta razón, que parafraseando al filósofo italiano Giorgio Agamben, cientos de homosexuales han adquirido la “forma del homo sacer”, debido a que aquí cualquiera ha podido exponer cruelmente sus vidas, mostrándolas como meras vidas desnudas, al mismo tiempo que su ejercicio deviene ilegalidad, una ilegalidad en la que de acuerdo a todos los rituales jurídicos establecidos por el derecho, ha quedado finalmente en la más monstruosa impunidad.

[1] Aznar, Pedro. Dos pasajes a la noche. Poemas, Longseller, página 42, Argentina, 2009.

[2]Halperin, David. San Foucault, para una hagiografía gay. Página 54, Ediciones Literales, cuenco de plata, teoría y ensayo, traducción de Mariano Serrichio, primera edición, Buenos Aires, 2007.

[3] Butler, Judith. Cuerpos que importan: Sobre los límites materiales y discursivos del “sexo”, página 19, Paidós, primera edición, Buenos Aires, 2002.

TAGS: Homofobia Ley Zamudio

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