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Golborne, el excepcional hijo de la meritocracia

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Laurence Golborne es una excepción que confirma que la regla no es precisamente lo que con él ha ocurrido. ¿Qué significa eso? ¿Que por generalidad los hijos de los obreros son menos inteligentes, están menos preparados para enfrentar los desafíos de la vida, que los de padres con mayores recursos?

Este  fin de semana, la Coalición por el Cambio, luego de los enroques ministeriales de principios de noviembre, comenzó el camino hacia la definición de su candidato presidencial. Andrés Allamand, por Renovación Nacional y portador de la tradición política de la derecha, versus Laurence Golborne, apoyado por la UDI e hijo del desapego ideológico de una clase media aspiracional. Se da así el puntapié inicial a una contienda que permitirá al conglomerado oficialista definir a su representante con miras a las presidenciales de 2013.

Como siempre ocurre en estas lides, hoy la derecha se balancea entre elegir a alguien que le augure un mejor desempeño electoral y alguien que sea epítome de su visión de sociedad. Es decir, entre un buen candidato y un buen presidente. El ideal uno con ambos atributos, pero no siempre se da el caso.

Es en este contexto que en los últimos días en la UDI han relevado una de las que consideran es la principal característica del héroe de la mina San José: su empatía con la gente. Para ello han recurrido a un concepto que hace mucho sentido en cierto Chile winner de hoy: la meritocracia. “Golborne es la figura que mejor representa al Chile de hoy, es de los que le ganaron a la vida con esfuerzo“, “representa a ese chileno de Maipú, del Instituto Nacional, representa la meritocracia, el éxito personal“, ha señalado Pablo Longueira.

Y así lo han repetido otros líderes de su partido. Lamentablemente para Golborne, los números de Chile no dan para hablar de meritocracia. Porque si él ha alcanzado el éxito en su vida (y si nos restringimos al sentido que se le da, exclusivamente de tipo material) tal situación no es una generalidad en nuestro país. Para entenderlo, recordaré un artículo que publicara hace un año en El Mostrador, “El polígono chileno de la inequidad”.

Dice el texto: En Chile la educación, principal motor de transformación de la sociedad, no cumple su rol, siendo principalmente reproductora de la desigualdad. Lo apunta el Decano de la Facultad de Educación de la Universidad Alberto Hurtado, Juan Eduardo García Huidobro. Explica que “Chile tiene el triste récord de ser el país con la mayor segregación social en sus establecimientos educacionales, entre los 54 países que rindieron la prueba internacional PISA el 2006. Nuestro país exhibe una segregación de 52 puntos contra solo 9 de Finlandia, el país con el menor índice. Otros países latinoamericanos como Colombia  y México anotan 40, Brasil y Argentina 39 y USA 26, la mitad que Chile”. García Huidobro identifica dos responsables: el sistema de selección y el financiamiento compartido en la educación primaria y secundaria.

El mecanismo de ingreso que usan algunos establecimientos educacionales convierte el derecho universal a una buena educación en un premio sólo para algunos, que es la máxima que persiguen los denominados liceos de “excelencia”, instituidos por el gobierno para un selecto grupo de estudiantes con mejores calificaciones. Paradójicamente, quienes podrían acceder a tal privilegio serían esencialmente niños y jóvenes de familias con mayores ingresos. Según el estudio  “Umbrales sociales 2006: Propuesta para la futura política social”, sólo 1 de cada 11 niños del quintil más pobre obtiene un puntaje de “excelencia” en la prueba Simce de cuarto básico en contraste con la demoledora cifra de los que provienen del quintil más pudiente: 1 de cada 2.5 alcanza tal logro. Y claro, los pobres se educan esencialmente en establecimientos públicos municipales, los pudientes en particulares pagados, con escasos mecanismos de integración entre ambos mundos.

Algo similar ocurre con el concepto del financiamiento compartido, donde una parte de los recursos económicos los invierte el Estado y otra las propias familias. Bajo este sistema, la selección a la que se someten los niños y jóvenes para estar con “los de igual conocimiento” –explicitada en el párrafo anterior– se trastoca por la posibilidad de pagar por educarse con “los de igual poder adquisitivo”. Como se ha demostrado, ambas variables están íntimamente ligadas, con lo cual el financiamiento compartido refuerza aún más un sistema desigual y segregacionista.

Las masivas movilizaciones estudiantiles de los últimos seis meses exigiendo educación de calidad y gratuita para todos han hecho a Chile despertar de tres décadas de un sueño. El de la meritocracia, ese ideal mediante el cual en una sociedad de mercado sólo los más capaces, los mejores, los “excelentes” en palabras del Presidente, ocuparían los cargos de decisión en el Estado.  Algo que se supone ya estaría ocurriendo en el sector privado.

Pero tal anuncio es incumplible. Por lo menos en el Chile actual. El ascenso social por méritos propios anunciado hace tantos años no encaja en un país desigual como el nuestro ni mientras sigamos con el sistema actual de segregación social, económica y educativa.  En este orden el polígono inicial es sólo un síntoma.

Recurro al párrafo de un artículo publicado hace ya 2 años: “A medida que avanzan los pueblos en real igualdad de oportunidades se van produciendo cambios que permiten que los espacios de poder históricamente ocupados por los sectores dominantes sean conquistados por quienes hasta ese momento han vivido a la periferia de la toma de decisiones esenciales de una nación. Un ejemplo recurrente –y majadero– para dar cuenta del camino que aún debe recorrer Chile en su avance hacia ese tipo de sociedad es Alemania: en el país europeo un tercio de la élite intelectual, económica y política proviene del estrato alto, un tercio del medio y un tercio del bajo, en tanto que en Chile el 65 por ciento lo autogenera la propia élite, un 31 por ciento proviene de la clase media y un escaso tres por ciento de los estratos de menor nivel socioeconómico”.

Estas cifras forman parte de las conclusiones del V Informe del PNUD en Chile: “El poder: ¿para qué y para quién?”, de 2004.

Hasta aquí lo publicado en El Mostrador.

Como se ve, Laurence Golborne es una excepción que confirma que la regla no es precisamente lo que con él ha ocurrido. ¿Qué significa eso? ¿Que por generalidad los hijos de los obreros son menos inteligentes, están menos preparados para enfrentar los desafíos de la vida, que los de padres con mayores recursos?

Por cierto que no. Ese es el Chile en el que cree la UDI, partido celador e impulsor de este modelo injusto y desigual. Es el país al cual el ex ministro de Obras Públicas se siente cercano. Ahora resta saber si Allamand comulga  o no con esta mirada, pregunta que será uno de los temas de fondo que debiera salir al ruedo en esta naciente campaña presidencial.

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elsa castro zuñiga

29 de Marzo

interesante articulo

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