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Eutanasia y la tiranía de la vida

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A raíz del caso de Paula Díaz, víctima de una enfermedad que implica intensos dolores pero que no está diagnosticada (y por ende no tiene tratamiento), el tema de la eutanasia ocupa la agenda pública. Paula pide al gobierno la posibilidad de morir, frente al escenario de una existencia invadida por el dolor y la angustia.

La respuesta del gobierno frente a esta situación se asume casi como dogma: Este gobierno es un gobierno “pro vida”, es decir, mientras exista la posibilidad de mantener o propiciar la existencia biológica de un ser humano, las autoridades impedirán cualquier posibilidad de propiciar la muerte de un enfermo paralizado por el dolor. La postura del gobierno es legítima, incluso para algunos loable. Sin embargo surgen dos interrogantes que ponen de relieve los matices detrás de este debate: En primer lugar ¿Qué entiende  el gobierno por vida? y en segundo ¿Son los que piensan distinto a los “pro vida” “pro muerte”?


Quien promueve la posibilidad de una muerte digna cree que la vida consiste no solo en respirar, también en la posibilidad de buscar la felicidad, de realizar proyectos individuales, en resumen, cree que vivir es también gerundio, estar viviendo

La vida que defiende el gobierno es la vida orgánica, es la constatación de que la biología del ser humano está en funcionamiento. En estas posturas se mezclan el conservadurismo religioso, que establece como norma que la vida es entregada por Dios y por tanto no es posible que un individuo decida en que momento morir, y por otro lado la ciencia, que despliega todo su conocimiento para mantener la vida en funcionamiento aún si esto significa estar conectado a máquinas (que por lo demás se traducen en esfuerzos económicos que la mayoría de los chilenos no pueden costear).  En síntesis, la vida que los “pro vida” defienden se reduce a un corazón que late.

Por otro lado, existen aquellos que promueven la eutanasia. No se les puede tildar de “pro muerte”, de hecho generalmente defensores de esta causa también han luchado por abolir la pena de muerte. Quienes reconocemos el misterio del origen de la vida, no dudamos en que las decisiones sobre la existencia del ser humano son resorte de quien las padece y las disfruta; a saber, el individuo. Lo anterior implica que quien quiera mantener su existencia aún a base de máquinas o de intenso dolor pueda hacerlo, pero también que quien desee terminar con una vida de sufrimiento pueda recurrir a la asistencia que requiera para lograr su cometido. Quien promueve la posibilidad de una muerte digna cree que la vida consiste no solo en respirar, también en la posibilidad de buscar la felicidad, de realizar proyectos individuales, en resumen, cree que vivir es también gerundio, estar viviendo. Lo anterior no significa indiferencia frente al que sufre ni un estímulo al suicidio (nadie dudaría en intentar persuadir a un suicida de no tomar una decisión así de drástica), significa más bien reconocer que la vida de cada quien está en sus manos no en las manos de la ley y que si bien familiares, amigos y bienhechores (incluidos doctores y organismos de gobierno) pueden ayudar a convencer a un ser humano en una situación límite, esta decisión es íntimamente suya.

A partir de lo anterior no se quiere cerrar el debate, por el contrario, fomentarlo. Los matices respecto de los temas valóricos son variados ya que interpelan la esencia misma de nuestra visión del mundo y de nuestros valores. Sin embargo, se quiere poner de manifiesto que la dicotomía entre los “pro vida” y los “anti vida” responde a un maniqueísmo que tiende a distorsionar la construcción de la opinión pública.

La premisa de la vida por sobre todas las cosas fomenta la visión en la sociedad de que quienes pensamos distinto al gobierno somos indiferentes a la vida y el bienestar de los individuos. Cuando proliferan encuestas en las redes sociales preguntando si usted está en favor de la vida o de la eutanasia, se arrincona al encuestado a eliminar cualquier diálogo interno en torno a los matices de estos casos dramáticos y, peor aún, la opinión pública se desliga de la realidad, sus grises y su complejidad, olvidando que estos temas no viven en el mundo de las ideas sino que viven en personas que, legítimamente, no quieren seguir soportando dolor y sufrimiento. Es esta la tiranía de la vida, o estás con la existencia orgánica a toda costa o te transformas en un promotor de la disolución de la sociedad y de la indiferencia frente a la vida humana.

TAGS: Eutanasia

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Comentarios

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Rafael

07 de Julio

Una sociedad democrática en el siglo XXI no concibe la pena de muerte, ni la asistencia al suicidio. Sin embargo existen paradojas, muchas de esas sociedades aceptan el aborto y la eutanasia. Los “buenistas” sacan de su chistera un largo repertorio de “conejos/argumentos” para defender su tesis. Pero , al final, se resumen en un porcentaje elevadísimo de casos , a razones de índole económica o de “sufrimiento” del acompañante, sea familiar, amigo, o trabajador social /sanitario.
El enfermo , en el 99,8 % de los casos, solo desea aliviar su sufrimiento. Y nosotros le ofrecemos una única solución: dejar de existir. Tantos esfuerzos cientificos para tantas cosas banales y para esta, trascendental: NADA.

07 de Julio

Creo q los avances de la ciencia para aliviar el sufrimiento son muchos, sin embargo el margen de personas q no tiene salida al sufrimiento existe y no creo justo obligar a esa persona a vivir en agonía si no puede ni quiere soportarlo.

09 de Julio

Sorprendente : “la tiranía de la vida”, siempre pensé que era un milagro.

10 de Julio

Supongo q estarías dispuesto a decirle a quien vive sufriendo y quiere morir en paz que siga sufriendo porque la vida es un milagro

10 de Julio

¿Paz para quien?, morir es aniquilar el ser, la nada, no hay paz en la no existencia. Quizás el titulo debería ser “la tiranía de la vida cuando esta se hace insoportable” ¿?. Pienso que sería más coherente con lo que se trata en el artículo.

10 de Julio

Puede ser q el título q propones sea más acertado, aunque la idea es poner de manifiesto q la decisión sobre la vida y la muerte es induvidual y el Estado no debiese en casos extremos como el de Paula, decidir por la persona.

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