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Estamos cabreados

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Estoy cabreado.  Si para algunos la palabra suena fuerte, la podemos cambiar por irritado, molesto,  hastiado o saturado. Pero la idea es la misma. Harto de metáforas y sutilezas. Quiero ser claro y directo.  Al pan, pan y al vino, vino.
 
Premisas:
 
El diálogo directo con el gobierno, mesa de negociaciones y con ella, algún grado de esperanza en la intención de buscar soluciones de fondo, ha muerto. Para todos está suficientemente claro que no hay intención alguna en hacer cambios de fondo. Lo que hay es algunas modificaciones menores, letra chica y promesas tan vanas como grandilocuentes.
 
Las movilizaciones, tal como las conocimos en estos cinco meses, han llegado a un punto muerto. Se mantienen, pero están cada día más infiltradas. La ciudadanía común, que reconoce simpatías con el movimiento de manera mayoritaria, se está cansando de la destrucción, los tacos, las barricadas y los saqueos. Es un hecho objetivo y comprensible. Algunos dirán que es la estrategia del gobierno, pero no quiero entrar en esa discusión. Voluntaria o no, el efecto es el mismo. Eso lleva a los estudiantes a la necesidad de cambiar la suya.
 
El conflicto se traslada a su ámbito natural y previsible: el terreno de la política. Algo que no debe sorprender a nadie. Queremos cambiar las leyes. Las leyes, estimados conciudadanos, se hacen en el Congreso y en el Ejecutivo. No en la calle, como en tiempos de la Yamahiría de Lybia. Y quienes las hacen son los políticos. ¿Qué otra posibilidad cabe, por favor? ¿Qué la hagan los militares, como durante la dictadura?
 
Hay fuertes críticas hacia los políticos. La clase política se ha distanciado de la población, sea de gobierno o de oposición. Lo sabemos, lo confirman las encuestas, es un hecho indiscutible. Pero la respuesta no puede quedar en el mezquino hecho de criticar a los políticos. Parte de mi enfurecimiento es por el desempeño de algunos de ellos. Los episodios como el de los Ipad2 me dan vergüenza. No puede la ciudadanía desempeñar el papel de coro a las absurdas acusaciones de alguna prensa. Cambiar el sistema de informática en la Cámara de Diputados no puede confundirse con la corrupción y las malas prácticas. Dejemos de tirar al voleo, a la bandada y apuntemos con más precisión.
 
– Hay políticos y políticos. Buenos y malos, flojos y trabajadores, atinados y desatinados, comprometidos y descomprometidos. Pero también existe un hecho claro: Quien los elige es la ciudadanía. A ella corresponde decir esto sí y esto otro no. Nosotros debemos decidir quién va al Parlamento y quién, para la casa. Incluso le podemos regalar un iPad como desagravio en este caso.
 
De lo anterior se desprenden las siguientes conclusiones:
 
Hay que conquistar el poder para hacer los cambios. Se deben ocupar dos casas de la República: La Moneda y el Parlamento. No se trata, por cierto, del asalto al Palacio de Invierno, ni de la Toma de la Bastilla o del Cuartel Moncada. Se trata de hacerlo de manera democrática, es decir, a través del arma más poderosa de su arsenal: las elecciones, el voto.
 
No podemos darnos el lujo de ser tan ingenuos como para creer en la inscripción automática. Ya lo anuncian las autoridades: No están los medios para determinar el lugar de residencia de cada uno, aún recurriendo a la bastarda base de datos de La Polar. Verdad o no, da lo mismo, la confusión reinante puede durar hasta las elecciones municipales y puede producir alteraciones serias en su desarrollo. ¿Para qué exponernos a destruir el resto de la poquita fe que queda en la política?
 
¿Por qué, en cambio, no tomar la iniciativa? Los estudiantes tendrían la capacidad de hacerlo. De manera festiva, con tambores y bailes, cantos y alegría. En masa, de manera pacífica y ordenada, con entusiasmo. A conquistar lo nuestro. Ponerse la vara alta, un número decisivo de inscripciones nuevas, burocráticas, en papel. Para lucir la inscripción y esgrimirla como un arma imbatible. Demostrar que nos da lo mismo que el voto sea obligatorio o voluntario. Nosotros votaremos orgullosamente, nos levantaremos temprano, haremos cualquier sacrificio para inundar las urnas de votos, para lograr una expresión popular mayoritaria y clara.
 
– No es necesario esperar las elecciones. Con un par de millones de inscripciones nuevas, se puede enfrentar a los políticos de otra manera. La soberanía estará en manos de quienes queremos los cambios y por ello elegiremos a quienes demuestren en los hechos su compromiso. Nada de letra chica ni promesas: Hechos. Yo, ciudadano, te elijo a ti como parlamentario para que hagas los cambios necesarios en materia  constitucional y tributaria, política y educacional. O llegamos a un acuerdo ahora, o te sacamos del Parlamento.  
 
Muchachos y muchachas, Camila, Giorgio, todos los dirigentes que nos han dado una lección en este tiempo, tomen ahora la decisión correcta. No se trata de bajar los brazos. Por el contrario, se trata de agregar un acto que hace falta. De hacer una movida ganadora a la que las fuerzas conservadoras no hallarán respuesta válida.
 
Todo lo anterior de manera alguna significa abandonar las movilizaciones.  Es más bien una medida de evitar la provocación de los capuchistas. Va a ser difícil que se infiltren en una campaña de este tipo. Ni la señora Intendenta podrá prohibir un peregrinaje masivo a los lugares de inscripción.
 
¡Nos deseo el mejor de los éxitos!
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