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Estado neoliberal: indiferencia hacia lo público y al bienestar común

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Para el neoliberalismo, el plano de la convivencia pasa no por la política, sino por el mercado, donde la interacción y el intercambio se producen entre personas singulares que negocian su propia estabilidad, por lo tanto, los espacios públicos de encuentro y discusión ciudadana quedan completamente erradicados.

Es más que conocido que durante y pos dictadura militar se ha instaurado en Chile un modelo económico, social, político y cultural neoliberal que ha logrado invadir casi todos los ámbitos de la vida cotidiana. Sistema que en términos generales tanto los gobiernos en constante transición de la Concertación y la Alianza no han cambiado. El neoliberalismo supone una concepción de la cosa pública, de la política y de la sociedad que van en contra del bienestar ciudadano común, uno de los tantos factores por los cuales el hacer política, cosa que nos involucra a todos/as por igual, se ha visto muy menguado durante los últimos 25 años.

Como decía, el neoliberalismo supone la negación de que haya algo que pueda ser denominado “interés general”. Y eso puede leerse como un fenómeno común y global que se extiende desde la expansión del capitalismo clásico de la Revolución Industrial desarrollado desde la mitad del siglo XVIII hasta comienzos del XIX y que perdura hasta nuestras sociedades contemporáneas. Margaret Thatcher, la “Dama de Hierro”, cuando asume como Primera Ministra en el Reino Unido a fines de lo 70 y Ronald Reagan como Presidente en los Estados Unidos poco después, ya daban inicio a lo que serían las primeras pinceladas de este inhumano sistema. Thatcher alegó en su momento que no existe la sociedad como tal: solo existen sujetos con intereses individuales y la justicia social sería una suerte de espejismo irreal para hacer creer que la sociedad en su conjunto es merecedora de la atención y preocupación política.

Pues bien, precisamente si hay algo que caracteriza al liberalismo es que los seres humanos se rigen y actúan de forma egoísta y solo por intereses individuales, dejando de lado el bien común o las cosas que favorecerían a un mayor grupo de personas por igual. En ese sentido y para ordenar a la sociedad, este sistema opera en base a la negociación más que a lo que políticamente podría ser objeto de bienestar social. Negociación en términos que se asume que las personas al velar por su propia integridad e intereses establecen reglas, nos ponemos de acuerdo para ver lo que es aceptable o inaceptable para cada persona, excluyendo la posibilidad de ver esa relación como beneficiosa o perjudicial para la comunidad, para lo colectivo común, solo para el individuo. Así, el plano de la convivencia pasa no por la política, sino por el mercado, donde la interacción y el intercambio se producen entre personas singulares que negocian su propia estabilidad, por lo tanto, los espacios públicos de encuentro y discusión ciudadana quedan completamente erradicados.

Como lo desarrolla y plantea el libro “El otro modelo”, elaborado por académicos de distintas disciplinas, el único fin lícito que el Estado puede perseguir en un modelo neoliberal es asegurar a todos/as un estándar mínimo, y lo que cada uno/a pueda obtener privadamente sobre ese estándar es su problema, en el sentido que carece de relevancia política. De esta manera, siguiendo la línea argumentativa de lo que se plantea en este libro, lo que es políticamente importante es garantizar un nivel mínimo (de salud, educación, seguridad social, etc) y lo que ocurra después es políticamente indiferente: mientras las cosas se mantengan dentro de sus límites legales, todo vale. Si el sistema educacional garantiza una educación de calidad mínima para quién no pueda pagar, la desigualdad en la educación recibida por cada uno/a, reflejo del hecho de que unos/as pueden pagar más que otros/as sobre ese mínimo, es políticamente irrelevante e indiferente para el establishment dentro de este sistema.

Por ende, nuestro interés común se reduce siempre a la fijación de un estándar mínimo, sobre el cual lo que ocurra más adelante es cuestión de cada persona, un tema privado. Y claramente no merece la atención de políticas públicas destinadas a sopesar esos asuntos, pues se es libre de actuar como se quiera. He ahí, pienso, una de las grandes falencias del neoliberalismo: suponer que no existe algo llamado bienestar común ni lo público. Casi como algo ontológico, no existen ni se conciben en este modelo ciudadanos/as que sean considerados/as parte importante de la participación política ni se generan instancias para ello, sino solo meros consumidores individualistas que se despliegan dentro del espacio del mercado.

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Foto: Wikimedia Commons

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20 de Enero

Cuando se demuestre fehacientemente que los individuos están dispuestos a hipotecar un bien/derecho/etc. propio, con el fin de favorecer al resto, pero asumiendo sin dolor que ellos pierden en esa acción, se puede hablar con propiedad del “bien comun” como elemento social. Pero lo constatable es que, quienes tienen menos, abogan por los “bienes comunes” como forma de aumentar su patrimonio personal; y quienes tienen que hipotecarse para aumentar ese “bien común”, rechazan tener que hacerlo.
Cuando se aboga por la educación gratuita, lo que se hace es ver una directa inyección de recursos en el bolsillo PROPIO; pero si a esa persona se le dice luego que debe pagar por algún bien social, es clarísimo que va a pedir que lo pague Moya (A.K.A El Estado).
Mientras menos pago y mas recibo, mejor. Y esa es una realidad desde el inicio de las sociedades.

20 de Enero

No estoy de acuerdo, para nada. Quizás tu apreciación es correcta para las sociedades liberales modernas, que se fundan en el principio del individualismo posesivo, ya sea desarrollado por su estructura económica (desde una teoría sociológica estructuralista), ya sea porque las instituciones desplegadas por los poderosa burguesía que fundó la sociedad liberal determina esos comportamientos (desde una teoría sociológica institucionalista). Como sea, en la Antigüedad, tal como se ha documentado, habían ciertos mecanismos para vincular lo propio (idion) con lo común (koïnon). La libertad comprendida como la necesidad de participar activamente de lo público, evitando así ser dominado por otros, obligaba a los ciudadanos a defender sus intereses en comunidad, es decir, obligando a escuchar a los otros, y también intentando convencerlos. La política participativa funcionaba como filtro, el cual tamizaba muchas posiciones “propias” y las convertía en una gran posición común. Por otra parte, luego se comprendió la actividad política como una defensa de una causa propia, pero que no por ello era individual. Esto es, actuar como clase, o como parte. De esta manera, una colectividad defiende de manera colectiva sus intereses en oposición a otra colectividad que opera como adversario en la consecución del poder.

20 de Enero

Estimado, tu definición de “antiguedad” se refiere a la Grecia antigua….donde surge nuestra poesía sobre la Democracia, pero que en realidad era una Oligocracia, pues solo era un grupo definido de personas quienes votaban, deliberaban, y en particular, cuidaban de sus “bienes comunes”; esclavos, extranjeros, y mujeres, no eran parte de ese grupo; a lo mas un 10% de la población decidía sobre todo. Por lo tanto, tener un grupo Oligopólico defendiendo sus intereses, es lo mas parecido a lo que se ha visto siempre, antes y ahora.
Y, como comento, el hecho de que todos buscan SU interés, usando como herramientas los “bienes comunes” es una máxima de cualquier sociedad capitalista, y no atribuible a un neoliberalismo, que es, al parecer, el gran causante de todos los males de la tierra, incluso de la lepra y del tifus. Y el capitalismo ha sido la base económica de TODAS las sociedades, exceptuando pequeños casos en los que un déspota controla todo lo que la gente puede hacer (pero, curiosamente, ese déspota (llamese Rey, jefe o partido), funciona para si como un capitalista). Pero el sentido de acumular para uso futuro personal, que es la base lógica del capitalismo, es inherente al ser humano, incluso para otras especies.

jose-luis-silva

21 de Enero

Estoy con Arturo, es mas, para mi la prueba es el éxito del modelo neoliberal, su prevalencia y consolidación en el tiempo a pesar de todo el reclamo y aversión que genera. Si perdura es porque es el modelo acertado, lo es porque anticipa bien el comportamiento económico de las personas, se anticipa bien a las desiciones económicas de las personas, no se puede culpar de una tormenta al modelo meteorológico que la anticipa ni al meteorólogo que lo usa, por ejemplo: el modelo trata a al mercado del trabajo igual que el mercado de las papas, no porque es un modelo “deshumanizado” sino porque los que ofrecen y demandan trabajo se comportan exactamente de esa forma. El modelo es el mejor reflejo de como actuamos realmente, no como supuestamente queremos actuar o como deberíamos actuar.

Saludos

21 de Enero

Disiento nuevamente. Para empezar, en la Antigüedad distinguían muy bien entre el gobierno de los ricos (oligoï), léase oligarquía, y el gobierno del pueblo o los pobres (como diría Aristóteles), es decir la democracia. La democracia sostiene un régimen radical donde la entrada de cualquiera, de los sin parte marca un hito de la política popular. Evidentemente, y guardando la distancia de lo que ese momento significa, la política permitía la entrada de los hombres adultos que no tenían grandes posesiones. Y aún así le permitían la entrada y el uso de la palabra en la asamblea de manera vinculante. La esclavitud, cuestión naturalizada en esa época, era vista como una cuestión lógica que recién vino a ser pensada de manera distinta con la ampliación de los derechos humanos. En relación a los derechos de las mujeres, pensemos que recién avanzado el siglo pasado se amplió la posibilidad de reconocer a las mujeres como personas que podían participar parcialmente de las cuestiones políticas. No creo que con ese antecedente podamos culpar a los griegos de la Antigüedad. Que a pesar de lo lejano que se encuentran de nuestros días supieron implantar una forma de vivir la política mucho más radical que la que nosotros practicamos en nuestros días. Todas, o la gran mayoría, de las fuentes, tanto de historia como de teoría política, plantean que el hombre griego clásico concebía la vida de una manera pública y colectiva, concibiendo la libertad y la economía de una manera muy distinta a como la concebimos hoy en día. Economía (oikonomikè) para los antiguos siginificaba únicamente la administración de lo necesario para vivir en el ámbito privado (oïkos). No existía algo así como la economía pública. El espacio público era el espacio de la libertad, en donde los ciudadanos en condición de igualdad discutían sobre el mundo que querían construir. Esa posibilidad paradójica de gobernar y ser gobernado simultáneamente era lo que garantizaba el autodominio, condición sine qua non de la libertad. Del mismo modo, la desigualdad radical era consideraba lesiva. Lo plantearon Platón y Aristóteles, puesto que llevaba a la escisión de la polis. Cuestión inadmisible para poder llevar a cabo la ordenada vida en comunidad.

21 de Enero

La estructura social griega se sostenía en la esclavitud. El trabajo era indigno para los ciudadanos, ellos fomentaban el esparcimiento, de donde salían las grandes ideas. Pero la pega la tenían que hacer los esclavos. Por lo tanto, las alegorías a la democracia ateniense no pueden desligarse de su carácter oligopolico y discriminador. Para argumentar la virtud de la democracia de esos tiempos, y proyectarla sobre la realidad actual, hay que ver el paisaje completo, y no sólo lo que se quiere ver.
Saludos

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