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El talón de Aquiles del gobierno de Bachelet y su coalición

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Más allá de la gestión del gobierno de la presidenta Bachelet, es necesario decir que fueron años difíciles, con un mal ciclo económico y en los cuales cristalizó una crisis de confianza ciudadana, al igual que en otras democracias en el mundo, provocadas por el conocimiento público de hechos de corrupción y abusos en instituciones públicas y privadas que generó un creciente desprestigio societal. En el caso de Chile, uno de esos escándalos estalló en el círculo cercano de la Presidencia -caso Caval- dañando su imagen.

Al finalizar el gobierno, es difícil considerar que haya terminado del todo bien cuando se entrega la banda por segunda vez a Piñera, pues una de las tareas políticas de todo gobierno es lograr la sucesión. La responsabilidad de la derrota no solo es de los partidos y la candidatura presidencial que los representó sino también del gobierno de Bachelet, particularmente en lo referido a su deficitaria gestión política, como lo señaló José Miguel Insulza: “no ha sido un buen gobierno en materia de conducción política”, factor que adoleció de la eficacia requerida, debido a la relación distante y sin sintonía que tuvo la Presidenta con los partidos de la Nueva Mayoría.


El pragmatismo político estuvo ausente en la relación entre sus miembros, lo que motivó a algunos de ellos a olvidar de que en la diversidad hay un valor que es esencial para construir mayorías, y es un valor virtuoso que no se supo ejercitar

Esa pésima gestión política dificultó contrarrestar los poderosos intereses creados afectados por la agenda transformadora del gobierno e impidió sortear de buena manera los conflictos internos y el deterioro de la coalición oficialista como tampoco establecer una hoja de ruta para proyectar el gobierno con otra candidatura del mismo signo político.

No puede ser autocomplaciente el balance de un gobierno que comenzó su gestión con una coalición mayoritaria -que había nacido en torno a la figura de Bachelet- y finaliza completamente dividida y fragmentada. Ella se negó sistemáticamente a liderar su coalición, a buscar acuerdos internos, dialogar y -en definitiva- sumar apoyos a su gestión: la mandataria prefirió refugiarse en su círculo íntimo antes que construir algo así como una mayoría efectiva.

Se equivocó el gobierno de Bachelet al pensar que las reformas estructurales planteadas podían viabilizarse con solo tener mayoría en el parlamento. La política es también cultura, pedagogía, paciencia. No sirve de nada tener cualidades de liderazgo si luego se falla en lo más básico, que es proyectar una visión de sociedad a la mayoría de la población y luego la hagan suya (cuando el relato está claro y bien explicitado). En resumen, un proceso de cambios en cualquier sociedad no puede estar basado en el relumbrón del líder o lideresa, sino desde un equipo cohesionado programáticamente y que dé ejemplo de funcionalidad como una comunidad política.

El gobierno no alcanzó a entender que esas reformas iban a cohesionar a todos los estamentos del status quo. Desde un extremo al otro del arco ideológico. Tampoco tuvo la inteligencia de dotar de una estrategia su proyecto. Ni la pericia necesaria para obtener consenso y ensanchar los apoyos sociales a los proyectos paradigmáticos presentados como tampoco la habilidad de establecer una complicidad política con su propia coalición para construir una agenda común.

Las reformas no solo eran necesarias –avaladas incluso por la OCDE y el FMI- lo que falló hay que buscarlo más bien en el cómo se llevaron a cabo, en el espíritu con que se impulsaron, en la metodología utilizada para el cambio. Las reformas no solo se justifican por su bondad teórica, sino también por la posibilidad de sostenerlas en el tiempo y porque se realicen a través de alianzas que constituyan un amplio apoyo popular, y sin cuyo respaldo la gobernanza democrática de las reformas se hace difícil.

Al no tener una coalición cohesionada que respaldase al gobierno y proactiva en el debate público para apoyar las iniciativas del Ejecutivo, tanto en el parlamento como ante la ciudadanía, no había que ser muy perspicaz para suponer que el epilogo de las reformas tuvieran “matices” en el parlamento. La NM nadó entre sus abultadas contradicciones y no salió a flote, subsumiendo consigo hasta las mejores intenciones de cambio.

Tienen razón los que sostienen que el menor crecimiento durante el gobierno de Bachelet no se debía únicamente a la baja del ciclo de las commodities, puesto cuando se hacen reformas estructurales -que son imprescindibles para crecer en el mediano plazo- eso genera incertidumbre y genera alguna disrupción en el proceso económico y, por ende, tuvieron un efecto de atenuación o desaceleración del crecimiento en el corto plazo, pero ha quedado demostrado que en el mediano plazo la economía recuperará su potencial de crecimiento potencial (en el último trimestre del 2017 la economía creció 3%, y durante este año se proyecta que crecerá 3%), puesto que el ciclo se revirtió, lo que llevará a Chile estar dentro de los primeros de la tabla de mayor recuperación a nivel latinoamericano, con promedios de 3,5% a 4% en los próximos años.

Una evaluación ecuánime del gobierno de Bachelet, exige reconocer -más allá de las dificultades que enfrentó- logros importantes, verbigracia: el fin del sistema binominal; la elección de gobernadores regionales -ampliando la representación y la descentralización política- las normas de prohibición del financiamiento empresarial de campañas; el aborto en tres causales; el Acuerdo de Unión Civil; fin gradual de los copagos escolares en la educación subvencionada y la gratuidad para el 60% en educación superior; mejoramiento de pensiones; infraestructura y especialistas para la salud pública; se ampliaron las libertades personales; diversificación de la estructura productiva; espectacular avance en ERNC; la creación de la Comisión Nacional de Productividad y el cuidado del medio ambiente, con los compromisos en París para reducción del CO2 y la creación de enormes parques marinos y ampliación de los terrestres. 

Queda en el ámbito de la especulación política que, si la Nueva Mayoría, en vez de destinar tanto tiempo a desestabilizarse mutuamente, hubiera destinado esa energía a gestionar bien sus diferencias, el balance habría sido distinto. Es difícil de explicar cómo una coalición política coqueteó tanto tiempo con el fracaso. A partir del affaire Caval, el gobierno y la NM, marcharon de equívoco en equívoco y no hubo una mirada analítica para pergeñar una estrategia efectiva y tener una hoja de ruta que impidiera cometer los graves errores que se estaban haciendo cotidianos, creando un clima desquiciado intra coalición que diluyó el apoyo a las reformas y favoreció el rechazo inducido por la derecha contra el conglomerado oficialista y el gobierno de Bachelet.

El pragmatismo político estuvo ausente en la relación entre sus miembros, lo que motivó a algunos de ellos a olvidar de que en la diversidad hay un valor que es esencial para construir mayorías, y es un valor virtuoso que no se supo ejercitar; las diferencias tendieron a verse como un conflicto más que un elemento fundamental para el debate y la definición de políticas públicas e ignoraron que la comunicación dialógica requiere el reconocimiento del otro y de su rol.

TAGS: #MichelleBachelet #NuevaMayoría

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