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El progresismo es mayoría política y electoral

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Tres son los factores relevantes de esta elección: el primero es que el candidato de la derecha, Sebastián Piñera, gana la primera vuelta solo con un 36,60% muy lejano del 45% que ellos mismos se autoasignaban y con una diferencia solo de 14 puntos con el candidato de la Fuerza de la Mayoría de Alejandro Guillier y no con los 20 y hasta 25 puntos que pronosticaron.

El segundo, es que Alejandro Guillier pasa a segunda vuelta aunque con una votación menor de la esperada, como de la que necesitaba para establecer un liderazgo indiscutible en la izquierda y con un conglomerado dividido y que ha sufrido una debacle parlamentaria, especialmente el PPD que pierde la mitad de su bancada de diputados. Sin embargo, lo central, es que Guillier confirma que es la alternativa a la candidatura conservadora en la segunda vuelta.

El tercero, y sin duda el dato más relevante de esta elección, es el inesperado resultado de Beatriz Sánchez y del Frente Amplio que obtiene un 20%, 21 diputados y un senador, convirtiéndose en una fuerza decisiva sea para el resultado de la segunda vuelta presidencial, como para dar mayoría política y gobernabilidad a una alternativa de cambios encabezada por un eventual gobierno de Alejandro Guillier. 


La primera vuelta de las elecciones presidenciales desmintieron rotundamente a las encuestas que con un claro sesgo ideológico y serios límites metodológicas instalaron, durante meses, la victoria ineluctable del candidato de la derecha Sebastián Piñera dándole porcentajes incluso entre el 45 y el 48% que se demostraron completamente alejados de la realidad. Como lo subraya hoy la prensa española las encuestas en Chile fueron utilizadas en términos electorales facciosos para favorecer a la derecha y han caído en un total desprestigio

Es decir, el Frente Amplio se instala como un protagonista de la política chilena, rompe la hegemonía de los dos bloques de derecha y de centroizquierda existente desde el año 90 y su triunfo es un castigo para los partidos de la Nueva Mayoría que no han sabido renovarse, que han contemporizado con parlamentarios y dirigentes que han estado comprometidos con boletas ideológicamente falsas o financiamientos indebidos y que, logrando, después de 25 años, instalar una ley electoral proporcional corregida, por razones de ambiciones individuales y de oportunismo político de un grupo de sus dirigentes, se dividen, van en dos listas parlamentarias y , por ese solo hecho, pierden entre 10 y 12 diputados y al menos tres senadores.

De paso, los grandes derrotados de esta presidencial es la “política propia” de la DC cuya candidata presidencial obtiene el peor resultado de la historia de la falange y Enriquez-Ominami y su proyecto personalista que obtiene la mitad de los votos de hace cuatro años y un quinto de los obtenidos hace ocho y se sitúa en un penoso sexto lugar, fracasando completamente la política elaborada por su asesor comunicacional brasileño Amauri Chamorro de colocar a Guillier como el objetivo a destruir para crecer electoralmente. MEO fue castigado por su agresividad y porque la ciudadanía percibió que su campaña era una gran actuación comunicacional pero con escasa sustancia de ideas.

El contexto de la segunda vuelta es que el progresismo en su conjunto suma potencialmente un 55% y que la alternativa de Piñera, es decir la suma de su derecha con la derecha dura, nacionalista e integrista de Kast, solo reúne un 44% y, por ende, sus posibilidades de crecimiento tienden a agotarse habiendo en primera vuelta movilizado electoralmente el máximo de lo que la derecha representa históricamente en el país.

Sin embargo, el balotaje es siempre otra elección y en política la aritmética no sirve ya que los fenómenos sociales no son exactos, no admiten sumatorias arbitrarias y dependen de factores subjetivos en un electorado más libre, que decide por si mismo si ir o no a votar y por quién hacerlo.

El riesgo de Piñera es no poder expandir su electorado y para lograr el 8% de Kast deberá derechizar su discurso en un sentido integrista y más favorable a la memoria de la dictadura, lo cual claramente puede significar la pérdida de un electorado centrista que lo acompañó en la primera vuelta. Piñera está atrapado y con pocas chances de agrandar su opción a nuevos electores. Es más, la gran esperanza del piñerísmo es que, como ya ha ocurrido en el pasado, voten en segunda vuelta, menos de los seis millones y medio de la primera lo cual iría en detrimento de las posibilidades de Guillier de sumar a todo el electorado progresista.

A la vez, el riesgo de Guillier es justamente la abstención de sectores que votaron por el Frente Amplio pero que no se verían representados en su opción en segunda vuelta. Es también la complejidad de integrar en un solo programa y en los énfasis políticos de su eventual gobierno al Frente Amplio y a la DC, todos los cuales son indispensables para ganar a la derecha y para poder gobernar sólidamente el país.

Guillier debe construir una mayoría compleja y dispersa pero que existe social y políticamente y para ello deberá hacer una verdadera revolución copernicana en la conducción de su campaña, en el aspecto programático que no puede ser una sumatoria de expectativas de quienes lo suscriban sino una verdadera visión del país que se quiere construir y que debe ser liderado por Guillier pero también por las fuerzas políticas que conformaron la Nueva Mayoría y que hoy no existe, como por los nuevos actores políticos que irrumpen fuertemente en el escenario y que no pueden ser desconocidos.

Es decir, Guillier debe llegar a un acuerdo estratégico con el Frente Amplio que comprenda un compromiso de un profundo cambio en la forma de hacer política, en la calidad de ella, en la ética pública, de manera de encantar con su opción a un electorado joven que se expresó en esta primera vuelta y que no quiere básicamente ser atrapado por la vieja política y por sus malas prácticas. Es en el plano de la transparencia, de la participación ciudadana y de lo social en los cambios que se emprendan, el terreno en el cual llegar a este compromiso con el Frente Amplio y este, dado el propio contenido de la campaña de Carolina Goic, debiera resultar atractivo para la DC e incluso para el electorado de MEO.

No hay que colocar la carreta ante los bueyes. Aquí hay que partir de la política y no del organicismo, tan preciado por los partidos tradicionales, de querer construir un bloque político para dar gobierno a Chile. Basta un acuerdo para gobernar el cual puede adquirir diversas fórmulas y Europa está plagada de experiencias en que fuerzas progresistas de izquierda y socialcristianas han gobernado sin formar parte de un solo bloque y manteniendo su iniciativa y autonomía. Lo principal es acordar las medidas programáticas que en cuatro años se llevaran adelante en diversos planos, la forma y los ritmos como ellas se implementan y los grados de conexión que ellas tienen, en su generación y trámite, con la ciudadanía y sus organizaciones.

El objetivo de plasmar en un proyecto la mayoría avanzada que derrote a Piñera y a la derecha el 17 de Diciembre es un enorme y complejo desafío, pero es el único que puede dar gobernabilidad y progreso a nuestro país. Si ello ocurre, si se dejan de lado la soberbia y el sectarismo, si el Frente Amplio demuestra que es una coalición que está para grandes cosas, como es gobernar ya desde Marzo próximo el país, entonces el progresismo será mayoría y vencerá en segunda vuelta para construir un país más participativo, más equitativo, que se encamine con todos al desarrollo.

TAGS: #EleccionesChile2017 #FrenteAmplio

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