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El nuevo liderazgo bacheletista: el cambio tranquilo

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Una nueva Carta Magna, legitima el sistema; el fin del sistema electoral binominal por uno representativo, otorga más credibilidad tanto a los representantes de la ciudadanía como a las instituciones democráticas, y un nuevo paradigma en la política económica que prescinda del ultra neoliberalismo salvaje (perdón por la redundancia), reproductor de la profunda y demoledora asimetría en la repartición de la riqueza…arroja, sin duda, beneficios a todos los agentes sociales.  

 

El imaginario colectivo que anima y nutre las demandas sociales de calado que propone el movimiento social de los últimos tres años -que  ha terminado diseñando la agenda de la elección presidencial- es más rico y generoso que la realidad política que ofrece la democracia heredada de la dictadura, consagrada -paradojas de la política chilena- en la antidemocrática Constitución  de 1980, aprobada en plena dictadura y en plena vigencia.

En este contexto se desarrolla el nuevo liderazgo bacheletista: propone una nueva institucionalidad política, articulada dentro del orden institucional actual, que permita y otorgue a Chile la democratización plena; e invita, en gran medida, a una ruptura tranquila y ordenada con el statu quo que heredamos de la dictadura.

En efecto, la arquitectura institucional pinochetista ha creado una crisis de representación grave al impedir, después de 23 años de postdictadura, las reformas de calado que ahora el movimiento social exige y que el país necesita para democratizarse plenamente e implementar la equidad social y económica. Entre estas reformas está el fin del antidemocrático sistema binominal de elecciones, pieza clave en la prolongación de la institucionalidad pinochetista, ahora en crisis, por producir siempre un empate electoral (el que obtiene 30% recibe el 50%), lo que a su vez  reproduce ad infinitum el modelo económico ultra neoliberal que instauró el gobierno de  facto, marcado por la desigualdad social y plasmado en una asimetría devastadora en la repartición de la riqueza.

Si a esto último se  agrega el elevadísimo quórum que exige la Carta Magna de la dictadura para cambiarla (el 75%), imposible de materializar por el empate que siempre arroja el sistema binominal de elecciones, la consecuencia de este amarre institucional que heredamos de la dictadura, es la creación de un inmovilismo político endémico que está arrasando, en un verdadero tsunami político, la credibilidad y legitimidad de todas las instituciones democráticas y, lo peor: ha terminado secuestrando la democratización plena de Chile.

El liderazgo bacheletista tendrá que practicar una ingeniería política de alta precisión para lograr la gobernabilidad de un cambio tan formidable, sólo semejante al que se vivió en la transición política de la dictadura a la democracia entre 1988-89. Cuenta para ello, y en esto no hay ningún género de dudas y será su mejor soporte, con la enorme capacidad de diálogo y empatía con la ciudadanía que cristaliza en un poderoso y auténtico vínculo emocional (y racional) de dimensiones soberbias.

Sin embargo, en un cambio de esta envergadura, nada menos que el fin de la herencia institucional de la dictadura y de su paradigma socioeconómico ultra neoliberal, donde se debe alcanzar un nuevo contrato político y social basado en un debate político abierto y transparente, deben participar todos los agentes sociales: empresarios, trabajadores, partidos políticos y, ahora más que nunca, representantes del movimiento social. Pero, en dos palabras: se debe incluir a la derecha en este Segundo Gran Cambio (con mayúscula por lo histórico).

La derecha chilena, dueña absoluta del sistema económico y comunicacional en Chile, debe tener una vida digna después del fin de su ortodoxia pinochetista. Y, me atrevo a postular, que es ella la que más saldría ganando si se pone fin a los enclaves dictatoriales que heredamos, aún en plena vigencia: la paz social que para la clase económica es de primerísima importancia, tanto o más como lo es para todo país, quedaría salvaguardada. Además, el cambio de la institucionalidad pinochetista por uno plenamente democrático que sea capaz de recoger las demandas del movimiento social, como una reforma estructural en educación y del sistema tributario, es esencial para continuar con el crecimiento económico, área donde la derecha tiene un rol intransferible y, por eso, determinante.

Una nueva Carta Magna, enteramente democrática, legitima el sistema; el fin del sistema electoral binominal por uno representativo, otorga más credibilidad tanto a los representantes de la ciudadanía como a las instituciones democráticas, y un nuevo paradigma en la política económica que prescinda del ultra neoliberalismo salvaje (perdón por la redundancia), reproductor de la profunda y demoledora asimetría en la repartición de la riqueza, y su reemplazo por la implementación de un capitalismo con un rostro más humano -teniendo como modelo el Estado Social Europeo, no el norteamericano- es una propuesta razonable y viable en este momento histórico de transición hacia un país desarrollado (pobre), y arroja, sin duda, beneficios a todos los agentes sociales.

Si no reconocemos que la institucionalidad antidemocrática pinochetista se resquebraja y que sus cimientos ya fracturados son incapaces de resistir la enorme presión de un movimiento social imponente y sólido de enorme y resolutiva envergadura que clama por un cambio estructural; si no aceptamos que el nuevo liderazgo bacheletista se alzaría con la confianza de la ciudadanía, convirtiéndose en el único  garante de un cambio tranquilo y regulado para impedir un auténtico Big Bang político y social que produciría la prolongación de una institucionalidad que ya es incapaz de canalizar los cambios que la ciudadanía y el país demanda, la calle será la única fórmula política que subsistirá para forzar el fin definitivo de la herencia pinochetista para instaurar  y consolidar la plena democracia y la equidad social y económica en Chile. E implicaría el fin de la paz social y, sin ésta, el desarrollo económico sufriría un enorme y ¿mortal? estancamiento.


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Comentarios

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FERNANDO.

10 de Junio

todo bien, hasta que llegue a esta estrofa,El liderazgo bacheletista tendrá que practicar una ingeniería política de alta precisión para lograr la gobernabilidad de un cambio tan formidable, sólo semejante al que se vivió en la transición política de la dictadura a la democracia entre 1988-89. Cuenta para ello, y en esto no hay ningún género de dudas y será su mejor soporte, con la enorme capacidad de diálogo y empatía con la ciudadanía que cristaliza en un poderoso y auténtico vínculo emocional (y racional) de dimensiones soberbias.
EL LIDERAZGO BACHELETISTA NO EXISTE ,,,,,,,NO ESTA PRESENTE EN LAS CALLES ,NO ESTA PRESENTE EN LAS REDES SOCIALES,,,,,,,,YA NO LE CREEMOS.Y VAMOS POR UN lIDERAZGO DE VERDAD,,,,LA CONCERTALIANZA NO DA PARA MÁS.

FERNANDO.

10 de Junio

dedo para abajo a la nota no al comentario.

Sebastián

10 de Junio

El mismo estado social que está quebrado en toda europa??? Por favor…..

11 de Junio

Este es el mismo tipo de “análisis” y “balances históricos” que se han elaborado una y otra vez en las cúpulas concertacionistas, sus partidos políticos y centros de pensamiento y, que en estos días, están más de moda que nunca porque la coyuntura electoral así lo requiere. Se recurre una y otra vez a los mismos lugares comunes: la institucionalidad heredada de la dictadura, los altos quórums que impidieron los cambios necesarios durante sus gobiernos, que el veto de la derecha chilena, la sociedad mercantilizada y no sé cuántas cosas más.

Este tipo de “análisis” ex post tiene el capricho de rescatar del pasado únicamente lo que sirve a sus intereses actuales. Es decir, no se explica el por qué la concertación no sólo no hizo nada para modificar esta basura que tenemos ahora sino que también profundizó el modelo económico, social y político (y cultural) parido en dictadura. No se entiende por qué habría de modificar, este “nuevo liderazgo bacheletista”, un modelo gracias al cual ha profitado todos estos años. Por lo demás, fue precisamente bajo el gobierno de Bachelet (y de Ricardo Lagos) donde se obtuvo mayoría parlamentaria como para haber realizado grandes cambios a la institucionalidad pinochetista.

Por último, y lo más absurdo de toda esta columna, es que no se dan razones para sostener que el “liderazgo bacheletista” cuenta con el apoyo y supuesto vinculo con la ciudadanía que el autor sostiene. Si las manifestaciones sociales han influido en la elaboración de las candidaturas y programas presidenciales es por una razón más que obvia: la perpetuación en el poder por parte del mismo duopolio que ha gobernado este país.

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