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El modelo de competencia o la transgénesis de la identidad nacional

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A propósito del resultado de las presidenciales, se han venido escuchando con fuerza las voces de quienes sostienen que el proyecto de la izquierda está derrotado. ¿Perder unas elecciones será la evidencia de esa derrota? Tal vez sí, tal vez no. Y, aunque así fuera, siempre está la posibilidad de  levantarse y reconstruirse ¿o no?

Pero, quizás sea necesario contextualizar un poco esa “derrota”; aún hoy vivimos los coletazos de una larga dictadura. Actualmente su mano oscura se deja sentir fuerte en  lo económico, en el aparataje legal vigente y peor aún; también y sobre todo, en el miedo incrustado en los intersticios de nuestra cultura. Porque, aunque han pasado más de cuarenta años del Golpe, sus tentáculos se siguen extendiendo hasta llegar a nuestro presente, en medio de los discursos que reclaman por una mirada hacia el futuro, llamándonos a poner fin a las viejas odiosidades. Parece fácil cuando se dice ¿cierto?


Cuando Chile vota por la derecha, no solo pierde la educación gratuita, pierde mucho más. Deja ir la posibilidad de construir una sociedad que se cultive en auténticos valores universales, esos que tienen que ver con la solidaridad

Cuesta comprender el proceso que hoy vivimos; porque detrás de la falsa opulencia que nos rodea; detrás de las pautas de belleza y las moles de consumo que se siguen erigiendo por doquier, hay una historia que se afana por emerger, estoica, para reaparecer una y otra vez, con su corolario de muerte, como esa vieja fotografía que nos encontramos de vez en cuando en cualquier cajón.

Es que hay un pequeño detalle que molesta peor que piedra en el zapato: este modelo económico, el mismo que hoy representa para muchos el nuevo sueño americano, se fundó sobre los cimientes de la desaparición, la muerte y la tortura.

Disfrutar de la vida en cuotas que hoy nos ofrecen, de algún modo es resignarse a sepultar los nombres de todos esos hombres, mujeres y niños que desaparecieron; enterrar su historia y olvidar todo lo que dieron por un proyecto de sociedad más justa e igualitaria. No resultó, es cierto; como muchos señalan, el proyecto de la izquierda fracasó. Pero fracasó porque fue acribillado, degollado, asfixiado, fue hecho desaparecer….

Y en medio de la frustración cíclica que a veces se agolpa en el pecho; en mitad de ese continuo devenir de preguntas sin respuestas; uno tiende a quedarse en silencio para observar contemplativamente las publicaciones en Facebook, los tuit de los famosos, las cadenas de Whatsapp.

Como ya decía, es difícil entender este proceso que hoy vivimos, pero este “triunfo de la derecha”, esta nueva “derrota de la izquierda”,  se funda en una identidad naciente que se ha ido gestando conforme avanza este modelo económico.

El neoliberalismo se basa en la libre, y erróneamente llamada, sana competencia; que de libertad tiene poco, pero de competitivo lo tiene todo. Esa competencia se ha ido embutiendo en el ADN de nuestra sociedad, de un modo perverso, como un pequeño chip que nos acompaña donde quiera que vamos.

La necesidad de resguardarnos detrás de una imagen exitista nos ha llevado a transar en dignidad, a entregar a manos abiertas la auténtica esencia de la libertad… la que nos conduce a pensar, crecer, amar, desde la diversidad, desde lo genuino, permitiéndonos ser quienes realmente somos.

La nueva identidad que pugna por consolidarse habla de individualismo, justificado en la meritocracia; habla de hedonismo, pagado con salud y vida.  Todo aquello que amenace ese camino hacia el éxito, esa idea de triunfalismo, genera pavor, terror.

Por eso, el miedo a la delincuencia, a lo extranjero, a lo foráneo, el miedo al vecino, se ha vuelto tan brutal, hasta ir acorralándonos, recluyéndonos en espacios solitarios, flanqueados, protegidos por el estrepitoso sonido de las alarmas, alimentando así uno de los negocios que más ha crecido en los últimos años: el negocio de la seguridad.

Votar por la derecha no solo implica afianzar este orden de cosas, sino que retrata de qué manera, nuestra sociedad se ha ido convenciendo de que esta es la única forma posible de convivencia, cómo hemos dejado la cancha libre a instituciones que legitiman el abuso, el usufructo de los recursos naturales, la renovada y disfrazada explotación de los seres humanos. Todo encubierto con bonos, con esas pequeñas ganancias que apelan al espíritu aspiracionista, arribista, clasista, tan propio de este nuevo modelo chilensis.

Todas esas garantías crediticias que nos brinda-impone este sistema, parecen invisibilizar la tremenda brecha que nos separa y que se hace tan explícita cuando envejecemos, teniendo que aprender a hacer malabares con las exiguas pensiones heredadas por la dictadura; esa brecha que se hace tan patente cuando uno de nosotros se enferma y debe pagar descomunales sumas de dinero en las rimbombantes clínicas de la capital, ya que el sistema público no da abasto. Pagar, pagar, pagar… sinónimo de endeudarse, endeudarse, endeudarse, hasta que simplemente ya no se pueda más.

¿Es que acaso nos hemos ido acostumbrando a ver morir a quienes no han podido extender un cheque?, ¿aguantamos eso a cambio del último viaje al carnaval de Río o al mundial de fútbol?

Mientras…, la señora de la esquina sigue diciendo que los pobres son pobres, porque son flojos. La misma señora que ha votado por los nuevos líderes de la derecha, porque ha creído en su misión evangelizadora, esa misma derecha que se jacta de venir al rescate para redimirnos del mal, argumentando que son los portadores exclusivos de los valores y principios más nobles del ser humano; bajo el emblema de la familia, Dios y la patria, en tanto continúan haciendo crecer su fortuna a costa de las carencias del resto del país.

Ni la acumulación de riquezas, ni el abuso ni la explotación,  parecen coherentes con sus supuestos valores.

¿Es creíble el discurso de alguien que crece con indiferencia ante la desigualdad? No, definitivamente no.

Por todo eso, cuando Chile vota por la derecha, no solo pierde la educación gratuita, pierde mucho más. Deja ir la posibilidad de construir una sociedad que se cultive en auténticos valores universales, esos que tienen que ver con la solidaridad, donde no solo importa TU familia, sino también TU comunidad, la sociedad, que crece desde una esencia colaborativa, sacando a la luz lo mejor del ser humano.

En fin, pese a todo, tal vez, solo tal vez, si nos quedamos un momento en silencio, si en mitad del bullicio de esta vorágine, hacemos una pausa, podamos escuchar en susurros las voces de quienes murieron luchando por construir una sociedad más justa, una sociedad donde los derechos básicos fueran garantía para todos y todas.

Sus pasos siguen marchando por alguna vieja alameda, para recordarnos que son posibles otras formas de convivencia. Pero para alcanzarlas, para construirlas, primero debemos vencer los miedos impuestos, reparar nuestra memoria, y defender con convicción nuestra dignidad.

¿Será eso posible? Si no lo es, entonces es cierto; la izquierda está derrotada.

 

TAGS: #IzquierdaChilena #ModeloEconómico Consumismo

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28 de enero

Estimada Elena, el mundo cambió, ya no estamos en la guerra fria en que izquierdas y derechas se mataban sin misericordia ni humanidad, ambos obedeciendo a sus amos mundiales, lo que pasó en Chile es una sombra de lo que pasó en Camboya, en síntesis atraso y muerte. Intente Ud. mirar hacia adelante, trate de entender a quienes no piensan como Ud., para algunos el estado simplemente no es la alternativa para todo, debe haber espacio para que Ud. y yo hagamos algo sin ser parte del estado. Respecto a la educación, deje que convivan ambos sistemas, les ayuda a mejorarse mutuamente.

28 de enero

¿Mirar hacia adelante? Sí, pero sin perder la memoria. ¿Tratar de entender a los que no piensan como yo? Ese es un ejercicio empático interesante y sí lo hago. Pero tengo claro que dejar todo en manos del Mercado, significa construir una sociedad cada vez más enferma y deshumanizada. Por eso no se trata solo de izquierdas o derechas; de trata de visiones de mundo.
Y sobre la educación? Dejar que convivan dos sistemas tal como están las cosas, es lo mismo que decir dejar que compitan (y bajo leyes demasiado injustas, en condiciones tremendamente desiguales). La educación no puede ni debe funcionar bajo las leyes del Mercado. Tendremos que dejar de naturalizar esta forma de convivencia.

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