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El idealismo ético, como lastre político

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Reactivamente a lo que aconteció esta noche, y en base a lo que he leído en los medios y redes sociales, he decidido forjar, algo improvisadamente, pero con base en estudios anterior, esta columna sobre los prejuicios idealistas en nuestra sociedad. Vale decir, respecto a los hechos, que este escrito busca responder y describir a dos grupos de nuestra sociedad, uno más minoritario que el otro: la juventud contestataria, y el ciudadano común que muchas veces se deja llevar por los prejuicios, o sentimientos innatos, por sobre argumentos racionales.

Luego del debate Anatel, pudimos apreciar perfectamente dos grupos en constante ebullición a través de las redes sociales. Por su parte, los más culturizados, jóvenes en su mayoría afines al Frente Amplio, decidieron dar rienda suelta a críticas ceñidas a la poca capacidad individual de Guillier, mientras otro simplemente se restaba de apoyar a uno en específico, justificando su abstencionismo.


Este domingo nos jugamos algo importante, no estamos hablando de una elección universitaria, de centro de estudiantes, o de un tongo cuasi salfatiano.

Al respecto, me gustaría aclarar los siguientes puntos, necesarios en toda lectura política, o de escenario coyuntural, atingente a las necesidad estructurales, colectivas y programáticas; esto es, una correcta lectura política, fuera de la verborrea fundamentalista, o la apatía generalizada, relativa a un análisis de la praxis (como diría Maquiavelo).

Lo primero es recalcar lo fundamental, frente al idealismo ético: Un candidato a presidente no necesita tener superioridad moral. No necesita aparentar ser un prócer patriótico. No necesita, tampoco, mostrar su vida previa como una panacea. Aunque duela a su subconsciente, no necesitamos un mesías. Si eso está en la palestra es porque, evidentemente, no hemos dejado de ser jamás una sociedad eminentemente caudillista (donde hasta los proyectos “nuevos” encarnan a fondo este principio). En parte, que así se dé, es culpa nuestra, porque no hemos abandonado la lógica teologal (muchos siguen buscando a Jesús en los debates). Porque, ante todo, nuestra cultura política sigue siendo sumamente pobre. Responsabilidad, en gran parte también, de los sectores juveniles que históricamente no han sabido expresarse más allá de idealismos o mundos fantásticos, desde los 60′ hasta la fecha.

El rol de un presidente, y lo que necesitamos de él es que haga la pega, que encarne una propuesta programática y la cumpla; o que se muestre como un ente sustantivo, representante de algo más grande que sí mismo. El resto es aliño, engaño, poesía, moral, ética, idealismo o purismo; todo, absolutamente todo, menos política. Son elementos que condimentan, y muchas veces confunden, la verdadera sustancia de lo que está en juego. Al abocarnos a la poesía, sucumbimos a lo que alguna vez fueron los sofistas; al abocarnos a la moral y la ética, volvemos al engaño confesional. Culturizar a la gente de acuerdo a intereses materiales nunca ha sido fácil, en torno a la realpolitik, pero es una meta de toda real formación ciudadana.
En efecto, si Piñera representa algo nefasto para nuestra democracia no es por “idoneidad moral”, sino por conflictos de interés y corrupción, lo que es ilegal, e incluso inconstitucional, pero no “malo”, “inmoral” o “poco ético”. No podemos dejar categorías como esa, a merced de los valores o cosmovisiones individuales de cada persona.
En fin, les hago a mis lectores un llamado a no caer en el autoengaño,  sensacionalismo y la moral. Este domingo nos jugamos algo importante, no estamos hablando de una elección universitaria, de centro de estudiantes, o de un tongo cuasi salfatiano. El espacio de esta columna no da para hablar de todas las confrontaciones programáticas, pero al menos instala un ápice fundamental a la hora de informarse o decidirse a la hora de votar el próximo domingo: proyectos colectivos, sustanciales y con beneficios para la gente.
TAGS: #DebateANATEL #Elecciones2017 #SegundaVuelta2017

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Juan Perez

12 de diciembre

Cuando autoridades mienten, con el fín de favorecer a sus amigos (existiendo pruebas de ello), pero no hay persecución de responsabilidades (por diversos motivos) y está claro que el ciudadano medio no tiene protección de esos abusos, que queda sino recurrir a la ética y asegurarse que nadie lo olvide (un problema serio en Chile, el alzheimer recurrente entre elección y elección, entre promesas y promesas). Que queda cuando quienes promueven un Ombundsman, no tienen vocación para aconsejar a los ciudadanos contra el abuso, y su única vocación es acumular poder personal.
Si bien es cierto que hay que tener presente las acciones instrumentales a favor del mal menor o en contra del mal mayor, donde estaríamos si no fuera por aquellos “ilusos” idealistas que empezaron a decir NO. Espero que muchos, que se decidan decir si, tengan claro que es un si-pero no, que rápidamente se convierta en un gran NO, si este mundo no cambia para mejor. Y eso es moral, aunque a algunos no les guste.

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