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El debate generacional y la demanda por la asamblea constituyente

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Quien anhela un cambio para el que se requiere de muchos, no debe renunciar a convocar. Y eso significa integrar nuevos actores que se apropien de la demanda, que la hagan suya. Deben, en el fondo, dar espacio para que los recién llegados también tomen el testimonio. Comprender que el desprendimiento también puede aportar al cumplimiento del objetivo final.

Si existe un tema complejo en toda causa transformadora, lenta y largamente impulsada como posta social intergeneracional, es la tensión entre quienes han llevado el testimonio durante años y quienes se suman en el camino. Cuando los iniciadores del ideal fundacional se mezclan con el aire fresco de los nuevos protagonistas, se hace necesario encontrar los mecanismos óptimos para una convivencia que permita la articulación constructiva y evite la disrupción inmovilizante.

Es lo que ocurre hoy en la Unión Demócrata Independiente (UDI) producto de la elección de su nueva conducción, donde el flamante presidente, Ernesto Silva, conformó la única lista inscrita, según señalan, obviando a todos los históricos militantes del partido, conocidos como “coroneles”. Y así lo hemos escuchado también en la ex Concertación, hoy Nueva Mayoría, que se bate entre la experiencia de los antiguos y su relevo por los que hace poco desembarcaron en la política de primera línea.

Toda organización, sea partido político, movimiento social o simple coalición o alianza, debe buscar procedimientos para resolver tal disyuntiva. Más aún cuando para cumplir sus objetivos los “padres fundadores” necesitan convencer, seducir, integrar a sus filas a muchos, a todos quienes en la actualidad y en el futuro, en forma dispersa y no articulada, pueden estar de acuerdo con los objetivos declarados.

Esto también ocurre – y no podría ser de otra forma- con los múltiples movimientos que demandan una nueva Constitución vía asamblea constituyente, que es el mecanismo –pensamos muchos- más democrático para construir el principal pacto social y político de un país. 

Están quienes han aportado históricamente a cuajar en la ciudadanía la idea de necesidad de un proceso constituyente real. Gracias a ellos hoy estamos donde estamos y cada día hace más sentido una aspiración que crece y se naturaliza. Sin ellos, probablemente no estaría escribiendo este artículo, y en ellos incluyo tanto a quienes durante las últimas dos décadas han llevado la bandera poniendo el corazón en la mesa, como a aquellos políticos, intelectuales y ciudadanos de a pie que lo han planteado desde los propios orígenes de la discusión sobre cómo definir nuestro principal marco normativo de la forma más democrática posible; desde la Revolución Francesa en adelante, por nombrar el hito internacional más notorio. Y en el caso de Chile incluso a los que lo plantearon en las discusiones de la comisión Ortúzar, que elaboró a fines de los 70 la antidemocrática constitución de Pinochet.

Quien anhela un cambio para el que se requiere de muchos, no debe renunciar a convocar. Y eso significa integrar nuevos actores que se apropien de la demanda, que la hagan suya. Deben, en el fondo, dar espacio para que los recién llegados también tomen el testimonio. Comprender que el desprendimiento también puede aportar al cumplimiento del objetivo final.

Se generan así condiciones para que emerjan quienes “airearán” con contenidos y prácticas nuevas el camino a seguir. Se renuevan las fuerzas de la posta social de la causa, se amplifican sus efectos. Pero estos recién llegados tienen su propia responsabilidad. Así como a los iniciadores se les exige dejar que otros sientan también suyo el propósito original, los que arriban hoy deben transitar con la humildad de quien no está descubriendo el fuego ni la rueda, y con la claridad para reconocer que es gracias a otros anteriores que en ellos cuajó la convicción. Y así, en conjunto, trabajar y sumar.

Se hace urgente, como en épocas antañas, remecer la suficiencia generacional. La del iniciado que no libera lo que alguna vez sólo él impulsó y que hoy se incorpora convencido que el mundo con él nació. Ya lo plasmaron los franceses en el artículo 28 de su Constitución de 1793, hace más de 200 años: “A ninguna generación le está permitido imponer sus propias leyes a las generaciones futuras”. Somos hijos de la construcción colectiva, de los de ayer, de los de hoy, para los que vendrán.

El movimiento por la asamblea constituyente vive desde hace mucho su propio proceso. Un paso vital para lograr el objetivo final es aplicar siempre los principios en los que se levanta tan emblemática aspiración.

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Comentarios

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jose-luis-silva

13 de mayo

¿ y quienes votan por la asamblea entonces ? ¿ los que no están de acuerdo con la constitución ? Yo no estoy de acuerdo porque no especifica que los militares sean garantes de la institucionalidad y ud. no está de acuerdo porque tampoco especifica que los militares no tengan nada que ver. Entonces los dos votamos por la asamblea porque ninguno está de acuerdo. ¿ no es absurdo ? Si no estamos de acuerdo en algo no significa que lo estemos en otra cosa.

El único propósito de conseguir que se apruebe una asamblea es dar por aprobada una constitución sin que nadie la lea. No cabe otro propósito para algo tan absurdo. Ustedes son buenos para denunciar nubes que tapan la claridad del dia pero proponen a cambio la noche oscura.

Podrán hablar mucho pero esta propuesta tan turbia deja en evidencia que pese a todo lo que se critique y con razón, la actual constitución se redactó, publicó y aprobó de cara a la ciudadania.

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