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El carácter político de lo “a-político”

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 Si quisiéramos definir la política como aquello que es relativo al “Gobierno” o al Estado, caeríamos en el problema propio de la tradición contractualista, que entiende la constitución del Estado desde un “pacto social” entre los ciudadanos, que ceden parte de su libertad, por toda la pléyade de garantías que entregaría el Estado; el Rey. La idea del pacto social es justamente eso: una idea abstracta, que no es posible localizar, con rigor, en algún punto determinado del espacio y el tiempo. Es una metáfora, una abstracción que permite a Rousseau explicar cómo nace el Estado, y cómo se genera el tránsito de las voluntades individuales a la voluntad general. La política estaría ligada a un poder que nace de los ciudadanos y que le entregan al Estado. Para Marx, la política sería el campo de batalla donde se enfrentan la burguesía y el proletariado; contradicción de la cual nace el Estado. En ambos casos, el poder –que sería la cuestión constitutiva de la política- se encuentra localizado, en el primer caso, en el “pacto social”, y en el segundo, en la “lucha de clases”. Ambos darían lugar al Estado.

Si partimos de esa base, cualquier análisis del poder estaría determinado por una localización específica, que genera el nacimiento del Estado, con todo el garbo y majestuosidad que de ese concepto se deriva: el poder del Rey respecto del territorio, de la población, de la economía, e incluso, su posición en la historia. Lo mismo para el marxismo: la teoría revolucionaria, la lucha de clases, el problema general del trabajo y las determinaciones históricas del hombre.  En ninguno de estos casos, el poder pudo ser visto como una relación que cruza las relaciones humanas, y el saber que acumularon solo permitió generar la distorsión de la cual aun la cultura es parte: que la política y lo “a-político” son antípodas. De la genealógica mirada de Michel Foucault se puede extraer precisamente algo diferente: que la política contiene lo “a-político”, o lo permite en su propia disolución. Pues claro, si “todo acto humano es un acto político” como diría Marcuse, puesto que todas las relaciones humanas son relaciones de poder –de dominación- el discurso de lo “a-político” solo es posible en relación, o bien, dentro de la política como tal.

La mirada foucaultiana nos permite analizar el fenómeno político desde otra perspectiva. Aquí, el poder no se posee, se ejerce; no está localizado, es global y, finalmente, no es represivo sino productivo. El poder es una relación, que circula, que se mueve, que se expresa. El “a-político” constituye solo una expresión de desprecio por nuestra propia ciudadanía, y es el efecto más visible de los ingentes esfuerzos del sistema económico capitalista: diluir el Estado, para desdibujar la imagen del ciudadano. Aquí, el llamado “bio-poder”, que es la serie de mecanismos o procedimientos relativos al control completo de la población, el despliegue de toda la red de poder sobre el “conjunto de los cuerpos”, se activa en toda su dimensión. El “a-político” es el efecto deseado de la bío-política, en tanto se trata de un sujeto que, en su inocente bobería, no es capaz de conocer ni siquiera su propia condición. Cree que es enteramente libre, y que nada o nadie lo puede afectar.

 

Bertolt Brecht dice al respecto: “El peor analfabeto es el analfabeto político. No oye, no habla, no participa de los acontecimientos políticos. No sabe que el costo de la vida, el precio del poroto, del pan, de la harina, del vestido, del zapato y de los remedios, dependen de decisiones políticas. El analfabeto político es tan burro que se enorgullece y ensancha el pecho diciendo que odia la política. No sabe que de su ignorancia política nace la prostituta, el menor abandonado, y el peor de todos los bandidos que es el político corrupto, mequetrefe y lacayo de las empresas nacionales y multinacionales”

Probablemente, estas categorías de análisis nos puedan permitir observar el fenómeno político en una dimensión más auténtica, y entender que el “a-político” es un fenómeno que solo existe como efecto de una mirada tradicional del poder, y es un resultado deseable de toda la tecnología de la bio-política. Como se dice coloquialmente “no hay peor ciego que el que no quiere ver”.

 

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