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Diversidad, homogenización y asesinato

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El asesinato del joven Daniel Zamudio es la expresión más dolorosa del asesinato cotidiano que hace la sociedad chilena con criterios de discriminación que invaden todas las esferas de la vida de los ciudadanos. Con una humillación cotidiana que ahora llega a expresarse en la forma más terrible que estamos conociendo; como culminación del asesinato permanente. Es la expresión del intento de aplastar la legítima diversidad para homogenizar totalitariamente determinados valores.

El aplastamiento de la diversidad se da desde diversas perspectivas. Algunas de ellas religiosas y otras como expresiones políticas con inspiración religiosa. Cuestiones que desde las diversas formas de creer se trasladan al mundo de la sociedad civil fundamentando leyes, sistemas políticos, proyectos educacionales que generan, sin lugar a dudas, la sociedad discriminatoria que tenemos.

Esta discriminación no es nueva: es el resultado histórico de un proceso que define el bien y el mal desde el ámbito de la fe y que se recoge en el ámbito de lo político como factor ordenador, y de la política como praxis. Pero también como cultura de expresión cotidiana.

En este esquema se explican las inmensas dificultades que tuvo Monseñor Silva Henríquez, en la defensa extraordinaria de los Derechos Humanos y del rol que cumplió esa iglesia en la defensa de los diversos. Los derechos violados del pueblo y de los políticos, más allá de sus ideologías o compromisos partidarios. Esta magnifica expresión de lo cristiano en esa situación histórica se ha debilitado en nuestro país con el correr de los años.

Quiero aludir al Concilio Vaticano II, con su aporte a la idea de que el Pueblo de Dios está formado por todos los seres humanos: creyentes, no creyentes o creyentes en diversas confesiones. Es decir, una aceptación de que la diversidad es real, connatural al género humano. Por lo tanto, sin desconocer la legitimidad de las diversas confesiones, lo que nos hace a todos iguales es el concepto de dignidad humana y no la adhesión a una forma de creer. De aquí el respeto a esta diversidad que se fundamenta en la dignidad que hemos reconocido.

No están lejos de la historia los hechos por los cuales se persiguió, se desacreditó, se marginó a los seres humanos por razones de fe o de creencia. También esto se ha dado por las ideologías que en muchos casos han sido otros sistemas de creencia, que también han concurrido a estigmatizar, humillar o eliminar a millones de seres humanos. Falsas percepciones de la realidad han negado en su momento realidades obvias y por medio de la fe han pretendido cambiar esa realidad. Felizmente ya el sol no gira alrededor de la tierra. Y miles de otras circunstancias han cambiado.

El asesinato de Daniel Zamudio hace parte de la perversidad de algunas creencias en una de sus peores expresiones. Actitud que también se manifiesta violentamente al paralizar un proyecto de Ley sobre la Discriminación con la intención de homogenizar la sociedad a partir de determinadas interpretaciones de los valores o de la fe.

La relación entre el Rey David y Jonathan hubiera sido estigmatizada por ésta discriminación de la sociedad chilena (véase Nácar-Colunga) y hubiera sido complicado hasta para el mismo Jesús si hoy tuviera que explicar su genealogía.

Sin duda, hay mucha complejidad en estos temas y siempre será imposible poner a los seres humanos de acuerdo sobre concepciones que se fundamentan en formas de fe. Esto no le quita legitimidad a una forma de creer o a una expresión de esa fe. Lo que deslegitima es creer que la fe de los demás es necesariamente perversa; o que la no fe es más perversa aún. Por lo tanto, el esfuerzo se da en el sentido del reconocimiento de la dignidad del otro, en la innegable diversidad del ser humano.

Toda pretensión de negar esta diversidad es negar la libertad y la dignidad humana y sobre todo una forma de violentar la libertad de conciencia a partir del irrespeto del otro. Hay razonables sospechas para pretender creer que Dios, que no es el Dios de los Musulmanes, el Dios de los Judíos o el Dios de los Católicos, es algo más generoso: es el Dios de todos los seres humanos, de toda la maravillosa diversidad y aún el Dios de los no creyentes. Al final nadie puede creer en Dios si no cree en el ser humano y nadie puede respetar alguna idea de Dios sin respetar la dignidad que genera todos los derechos, que hoy día se consideran irrenunciables para esa dignidad.

El asesinato de Daniel, es el asesinato de la hegemonía, que en los diversos niveles de nuestra sociedad, se propicia a través de todas las formas de exclusión que conocemos;  y también a través de todos los silencios, que en este momento se sienten en el país y que no están diciendo lo que debieran decir en esta hora de gran confusión y frustración. Duele por el joven asesinado, duele por el país y duele por la dignidad del ser humano. Duele por el silencio de los que no han hablado.

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Foto: Clarin.cl

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29 de marzo

El “intento de aplastar la legítima diversidad para homogenizar totalitariamente determinados valores” ha sido una práctica –en el mundo- no sólo exclusiva de credos o cultos religiosos sino también de dogmas políticos, no sólo de inspiración religiosa explícita, sino de inspiración antirreligiosa o anticlerical. Cualquiera sea el caso, han pasado a llevar la dignidad y el respeto que cada ser humano, como ser único, merece.

Y en ese sentido, la sociedad chilena, o más bien sus componentes, sus ciudadanos, se caracterizan por su intolerancia –a veces disfrazada de tolerancia- con respecto a todo lo que difiere de las propias ideas, de la propia cultura, del propio fenotipo, del propio barrio, de la propia religión, del propio partido, de la propia ideología, etc.

No hay que olvidar en ese sentido, que los gays, por ejemplo, históricamente han sido criticados y cuestionados por gente de diversos sectores políticos, no sólo de aquellos ligados a un credo, sino de aquellos que se presumen progresistas o igualitaristas. Para que hablar de otros lugares donde han sido perseguidos.

El asesinato de Daniel Zamudio es el triunfo de una Hegemonía muy clara, que moros y cristianos, creyentes y ateos, aunque se digan inclusivos, tolerantes, pluralistas y democráticos, lamentablemente siguen sustentando:

Esa es la hegemonía de la agresión y la coacción como modos legítimos y válidos para imponerle a otros, ideas, ideales, utopías, modos de vida, valores, credos e ideologías. El peor silencio, es aquel que avala la violencia contra otros, sólo porque quien la ejerce sigue mis preceptos. Todo Chile ha estado mudo en algún momento.

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