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Del chamullo a la razón

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No puedo no culpar a las administraciones que han gobernado Chile durante los últimos 40 años por la huella negativa que han dejado en nuestra gente. Si hoy una gran masa de chilenas y chilenos no quiere participar es por culpa de nuestra clase política por gerontocrática, por su poca capacidad de autocrítica y renovación, por su ceguera infinitamente renovable, por su ceguera ante el descontento social.

Existe una creencia generalizada y ciega de que pasan y pasan gobiernos y las cosas no cambian, asumiendo que la vida funciona así y no sobrepasa esos límites. De la misma manera, está esa noción de que la persona que habla mucho de política comienza a vivir de los sueños y se aleja del funcionamiento real del mundo. En esa delgada línea comienzan los consejos a los jóvenes de que se alejen de la política partidista, o de que tengan mucho cuidado porque “los peces grandes se comen a los pequeños”. No faltan aquellas recomendaciones de aprovechar mientras se pueda, porque “en la política está la papa”. Algunas de ellas, muy ciertas.

Sin embargo, inmediatamente surgen algunas reflexiones de las que uno, como persona política, no se puede abstraer. Esa delgada línea entre la discusión política y el chamullo comienza a surgir, separando las confianzas entre quienes toman las decisiones y la gran mayoría de ciudadanas y ciudadanos. A eso viene esta columna, a intentar responder por qué “chamullo” tanto.

¿Qué por qué se me ocurre hablar tanto de política? Porque cada persona intenta alcanzar sus sueños construyendo, en la medida que alcanza lo imposible, cosas concretas. No falta el niño que quiere ser futbolista o astronauta, o la persona que quiere dejar de trabajar para descansar después de muchos años. Pues bien, la meta de este columnista es cambiar lo existente aunque sea en lo más mínimo. La utopía, quizás, es convencer de que llegará el día en que vendrán gobiernos que trabajarán de verdad por la gente, y harán cambios que se verán.

¿Que por qué pensar tanto en política, si las cosas no van a cambiar nunca? Es cierto que el funcionamiento del mundo está atado entre poquísimas manos. No obstante, existen dos grandes opciones: O me quedo viendo cómo mi país se queda en el mismo estado de cosas de siempre o hago algo, aunque sea lo más mínimo, para cambiarlo. No es necesaria la fuerza; puede ser esbozando una sonrisa al atender a alguien o imaginando una nueva forma de hacer las cosas. Son pequeños gestos los que, sumados, contribuyen a cambiar la existencia.

¿Que uno solo no puede hacer nada? Es verdad. Una persona sola no tiene mucho campo de acción para llevar a cabo lo que piensa. Sin embargo, si es capaz de convencer a sus semejantes de buscar nuevos caminos para transformar de manera trascendental lo que observa a su alrededor, puede hacer mucho. La diferencia está en hacer carne las ideologías y aterrizar las utopías.

No puedo no culpar a las administraciones que han gobernado Chile durante los últimos 40 años por la huella negativa que han dejado en nuestra gente. Si hoy una gran masa de chilenas y chilenos no quiere participar es por culpa de nuestra clase política por gerontocrática, por su poca capacidad de autocrítica y renovación, por su ceguera infinitamente renovable, por su ceguera ante el descontento social. Civiles y militares por igual han dejado en el país la idea de que todo hay que dejarlo en manos de “los políticos”, y que ya nada se puede hacer.

La gran diferencia entre los muchos que se han visto y quienes realmente pensamos en el interés superior de nuestros semejantes antes que en nosotros es que ese “chamullo” tiene sustento, incluso más de alguna explicación sustentada de lo que nos tiene en este presente. Pasa también por ser consecuente con lo que se piensa, se dice y se hace, y por mostrarse sincero para con quienes confían en el trabajo de quien quiere ejercer la noble y difícil labor de representar a una comunidad ante las instancias de decisión.

La gente tiene un poder que pocas veces ha dimensionado en nuestra historia republicana, y se ha dejado llevar por proyectos elitistas y cupulares que al final terminan excluyéndola de las grandes transformaciones. La meta personal de quien expone estas letras es cambiar eso, luchar por procesos microdemocráticos que nos lleven a transformar Chile para siempre, de devolver la capacidad de creer y soñar a quienes hoy muestran desconfianza. No desde el mesianismo, sino desde la comunidad.

Sí, por eso hablo siempre de la misma lesera, por eso no me quiero callar nunca, por eso chamullo tanto: Porque quiero pasar del chamullo, a la razón y, espero que dentro de poco, a la acción.

——

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