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De la guerra de las imágenes al diálogo con el pueblo mapuche

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La memoria histórica nos muestra, a contrapelo de esos imaginarios, la persistencia del mapuche dialogante, el que, a partir de la cultura política democrática de las asambleas de comunidad y los trawun, floreció también en el sistema de parlamentos que se realizaron con el invasor español durante el periodo colonial.

En su libro “La Guerra de las Imágenes: De Cristobal Colón a ‘Blade Runner’(1492-2019)”, Serge Gruzinski planteaba que, por diversos motivos, espirituales(evangelización), de comunicación (facilidad de comprensión) y técnicos, la imagen desempeñó un papel decisivo en la conquista y colonización europea de América. Chile en esto no es la excepción sino un persistente ejemplo de la regla, y éste es uno de los rasgos que caracteriza hasta el día de hoy las relaciones trabadas a partir de la violenta conquista del territorio mapuche y la mantención de los indígenas fuera de los márgenes de la ciudadanía. Esto es evidente en el uso de los imaginarios de lo mapuche que se realiza gracias a los medios mainstream de la prensa y la televisión.

La mantención de relaciones de fuerza y asimetría hasta la actualidad a favor de quienes se benefician o esperan lucrar de diversas explotaciones en tierras que pertenecían o pertenecen a comunidades indígenas, ha sido asegurada frente a las reclamaciones de ciudadanos mapuches, recurriendo a diversos imaginarios que proyectan a los mapuches como violentos, agresivos, a lo cual se agregó durante los gobiernos de la Concertación la figura del mapuche terrorista.

Desde fines de los años 90, los grandes medios de comunicación chilenos han ido construyendo el discurso del “Terrorismo Mapuche”. Recordemos, por ejemplo, el ya clásico reportaje “Mininco en Llamas” publicado por El Mercurio en febrero de 2000. Este discurso se ha caracterizado por el sesgo de las comunicaciones de la prensa tradicional, las atribuciones mono causales de fenómenos complejos y el predominio de estigmatizaciones donde se reproduce la asimetría entre chilenos o propietarios y mapuches o violentos. A ello hay que agregar la carencia de enfoques interpretativos que desarrollen las dimensiones y causas profundas de lo que llaman el “conflicto mapuche” así como el uso casi exclusivo de fuentes de información oficiales o que apoyan las opiniones de las autoridades.

Las menciones a la violencia han sido asombrosamente constantes en la prensa nacional, que ya en 1859 llamaba a los mapuches “una asociación de bárbaros” (El Mercurio, 24-5-1859). Para no ir tan atrás, el año pasado, TVN, transmitió en su programa Informe Especial, un reportaje titulado “Zona Roja”, donde se instala tal concepto (territorio comprendido entre Ercilla, Collipulli y Angol) para acusar a ciertas comunidades mapuches de ese sector de intentar hacer limpieza étnica de los que nos apoyaban, y sugiriendo que son protegidos por los jueces que los dejan en libertad.

El estudio de la Universidad Diego Portales “La Omisión de la Diferencia”, sobre las percepciones de las élites chilenas acerca de las demandas mapuches, cita a un entrevistado que indicaba “El mapuche no tiene muchos elementos que lo salven. Ni personales, ni de inteligencia, ni de aptitudes especiales. Es cosa de verlo que tenemos de los mapuches. La música: es un desastre. No hace ninguna contribución a nada. Es súper latera, monotemática, monótona, sin brillo de ninguna especie. Eso se puede extrapolar a otras características, en cuanto a su grado cultural, su grado de inserción en la sociedad. Mi opinión personal respecto al mapuche es mala. Yo encuentro que son arrogantes, violentos, poco simpáticos con el resto de la población. Creen demasiado en lo de la independencia, evocan a sus antepasados… (Élite económica 15, hombre, RM) (2013: p41)”.

Estos diversos imaginarios sobre el mapuche violento, que han llegado al paroxismo con el acontecimiento del atentado de Vilcún, quieren construir a los sujetos mapuches como factores de riesgos que sólo pueden ser inoculados por políticas de orden que atajen los actos de protesta del movimiento mapuche. Esto sucede porque la exclusión de los ciudadanos indígenas como posibles terroristas cumple dos objetivos: Alejar del cuerpo ciudadano a quienes hacen demandas incómodas, por ingobernables y rebeldes, sometiéndolos a un intensivo sistema de hiperexclusión mediante políticas de seguridad; y luego, instalar la idea de que la tarea de la política no consiste en discutir y negociar demandas ciudadanas sino que en imponer orden en medio del crimen y el terrorismo, o sea gobernar mediante el temor que este provoca.

La memoria histórica nos muestra, a contrapelo de esos imaginarios, la persistencia del mapuche dialogante, el que, a partir de la cultura política democrática de las asambleas de comunidad y los trawun, floreció también en el sistema de parlamentos que se realizaron con el invasor español durante el periodo colonial. La tradición del diálogo permaneció respecto de la república chilena, con la que se celebraron los tratados en Tapihue en 1825 y el parlamento de Coz-Coz de 1907, en el cual se discutieron los despojos y usurpaciones que estaban sufriendo los mapuches. Más cerca de nosotros está el acuerdo de Nueva Imperial de 1989 con el entonces candidato Patricio Aylwin, y ahora la cumbre que acaba de terminar en el cerro Ñielol de Temuco.

El diálogo, en sus diversas formas, desde las mesas de trabajo, hasta los encuentros especiales como el del cerro Ñielol, ha sido la manera en que los mapuches han buscado cambiar las condiciones muy injustas en que la colonización y discriminación los han obligado a vivir.

Si el fundamento de la democracia son los acuerdos quedan existencia a la comunidad política, entonces las élites deberían aprender que una política seria, de largo aliento y que solucione realmente problemas, no puede ser una política de orden, sino solo una política que de buena fe busque el dialogo y el acuerdo. Y ésta es la única política que, dada la inclinación histórica y actual predominante en los mapuches hacia el diálogo, puede aspirar a tener éxito.

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Foto: The Clinic

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20 de enero

El dialogo sólo es posible cuando los interlocutores se consideran pares. El carácter isleño de nuestro país hace que no aceptemos nuestro mestizaje y se vea con sospecha y subestimación a los «otros» que sentimos diferentes. Creo que el dialogo se dará en el momento en que Chile acepte ser una nación multicultural en lo profundo, no sólo en declaraciones formales, y entable una conversación entre iguales. En eso hay mucho que aprender de la tradición de dialogo del pueblo mapuche.

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