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De geografía física, política y desarrollo

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Pareciera una materia pendiente, ya que sin perjuicio de la acción que emprendió el actual gobierno post terremoto del norte, los temas que se asocian con dinámicas de geografía física no siempre son lo suficientemente incorporados en la acción y decisión política. La tragedia en Valparaíso refresca la memoria sobre esta materia pendiente.

Los acontecimientos de la geografía provocan fenómenos como los maremotos y que involucran la pérdida de vidas humanas e infraestructura, lo que obliga a preguntarse cómo, desde lo político, estos son entendidos ya sea en la coyuntura o bien como política de Estado y/o política pública. Ahora, vale agregar el megaincendio de Valparaíso.

Pareciera una materia pendiente, ya que sin perjuicio de la acción que emprendió el actual gobierno post terremoto del norte, los temas que se asocian con dinámicas de geografía física no siempre son lo suficientemente incorporados en la acción y decisión política. La tragedia en Valparaíso refresca la memoria sobre esta materia pendiente. Si se escucha con atención a los expertos que aparecen en televisión, ya sea en los noticieros centrales o en los matinales, en más de una oportunidad la descripción pedagógica que hacen del hecho geográfico físico, viene acompañada de una recomendación, que es tomar todas las medidas que eviten catástrofes naturales. Entre esas medidas se pueden indicar, en términos genéricos, la educación ambiental, la planificación territorial, acciones de evacuación, entre otras.

Se constata que poco se avanza en hacer efectivos los planes, programas y proyectos que tienen impacto en estas dimensiones. Más de alguien podrá indicar que dicha situación se explica en las dinámicas propias del mercado al que no le interesa preverlas, ya que una vez ocurridas se detonan procesos económico-comerciales que permiten a comerciantes satisfacer las necesidades de reconstrucción.

Si bien no convence esta prevención, sí es interesante chequear algunas situaciones que son irrefutables. Chile tiene amplia trayectoria en terremotos y maremotos producto de su emplazamiento sobre una zona de subducción tectónica. En ese marco se registra el terremoto más devastador de la historia sísmica mundial, como es el de la década de los 60’ en Valdivia, así como otros cuantos hacia atrás, los recientes y los que vendrán. Si observamos Valparaíso, a propósito de la coyuntura que se vive, existe una documentada experiencia de siniestros incendiarios, los que se generan de forma natural o intencionada, pero que indefectiblemente se asocian con condiciones de geografía física en su desarrollo y posteriores efectos.

En términos de política de Estado y/o pública respecto del estudio de terremotos, se observa precariedad, hecho que conlleva un limitado conocimiento de la realidad geográfico-física, circunstancia que impide una mejor toma de decisiones políticas. También respecto de los incendios que recurrentemente se presentan en la ciudad puerto, pero también en otros lugares; olvidado se tiene, por ejemplo, el megaincendio de las Torres del Paine, años atrás.

Más allá de lo sucedido en la postrimería del primer gobierno de la Presidenta Bachellet o en el inicio del gobierno del ex Presidente Piñera, a propósito del terremoto 27/F y el actual momento, ¿cómo es posible que los sismógrafos son tan escasos, los teléfonos satelitales mínimos y se constate que no están instaladas las alarmas de maremoto en Arica o bien que exista una institucionalidad que no da respuesta ante situaciones como ésta? Por otra parte y a propósito de la coyuntura, ¿cómo es posible que existan carencias en la entrega de recursos que evitan incendios, sobre todo en lugares que desde una perspectiva de geografía física, no permiten la instalación de población?

Lo anterior en más de una oportunidad se vincula y tiene reflejo en los instrumentos de planificación del territorio, que vienen a determinar usos de suelo para el logro de las acciones productivas y sociales en su compleja diversidad. En esa dimensión, existen determinaciones de usos de suelo que no siempre son todo lo sensible respecto de las dinámicas propias de la geografía física, generando inundaciones cuando se emplazan asentamientos humanos sobre terrazas fluviales, que de cuando en cuando son ocupadas por las escorrentías de ríos y quebradas que se activan profusamente cuando las precipitaciones aumentan más de lo normal.

Por otra parte, a propósito de la coyuntura sísmica, el ordenamiento territorial del litoral fue poco sensible ante esta dinámica geográfica física. Ya se vivió en el sur con el 27/F y también en el actual terremoto. El ordenamiento del territorio no sólo es un deber del Estado en sus diferentes expresiones de la administración pública, sino que también de las comunidades, las que ofrecen oportunidades para fijar de mejor manera el mismo. Por tanto, hay que incrementar los espacios de participación comunitaria y mejorar los existentes. Por otra parte, ¿cómo es el ordenamiento del territorio a propósito de este incendio? No son pocos los que ponen en tela de juicio la gestión urbana de Valparaíso, entre ellos urbanistas, personas de otras profesiones y también la clase política. Pareciera ser que no hay muchas explicaciones plausibles, más allá de las evidentes.

Por otra parte, no es un misterio que el ordenamiento del territorio es el resultado de los diferentes intereses que se encuentran en juego, sea por las empresas inmobiliarias, productivas (energéticas, sanitarias, retail) entre otras, más la acción de una ciudadanía que va demostrando crecientes voluntades de ser incorporada en esa definición. Dicha relación se logra en significativas asimetrías de poder: las comunidades siempre son las más débiles.

Analizar esta circunstancia ineludiblemente se debe asociar a la idea de desarrollo de una comunidad a cualquier escala. En esa línea cabe constatar cómo el hecho de NO preocuparse por la geografía física permite NO lograr desarrollo (entre otros aspectos por supuesto) cuando se intervienen los recursos hídricos representados por ríos y glaciares, por ejemplo, cuando a explotación minera se refiere, o bien, cuando se emplaza población en suelos que no corresponden, como es el caso de Valparaíso. Hay que ver cómo operarán los procesos de remoción en masa cuando precipite intensamente, hecho que se puede traducir en aludes u otros.

En el caso del norte Chile la utilización del recurso agua en las actividades mineras permite altos grados de desertificación, impidiendo desarrollos agrícolas propios del área, inclusive de la vida humana. No poner en valor la dinámica hidrológica se evidenciaría en la mercantilización del recurso por allá en los años 80, cuando se privatizó con el propósito de activar la economía nacional en distintos sectores asociados con el recurso. El valor acá fue el precio sobre una mercancía que permitía la transacción de este ‘bien natural – económico’. Sin perjuicio de los ajustes realizados al Código de Aguas en el gobierno del ex Presidente Ricardo Lagos, la tendencia es la misma.

Abordar la geografía física pasiva en la toma de decisiones políticas, viabilizó los modelos de desarrollo actual y pasado. Se relativizan terremotos, maremotos, incendios y la dinámica del recurso agua, con el afán de satisfacer necesidades de empresarios y de ciudadanos que necesitan electricidad, instalarse en sus hogares y desenvolverse en la vida en general. Ante la evidencia de las dificultades constatadas ¿será necesario cambiar el modelo?, ¿se podrá cambiar?, ¿se podrá modificar?. Estas son preguntas al parecer pertinentes. Las respuestas ¿serán pertinentes?

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Foto: Wikimedia Commons

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