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Cuando seis es mejor que cuatro

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Dado que el segundo gobierno de Sebastián Piñera no alcanzó a llegar a la mitad del período, pues como es sabido se desbarrancó el 18 de octubre de 2019 –cinco meses antes de su segundo aniversario–, tal vez sea hora de replantearse la alternativa de volver a los seis años de duración del mandato, como lo fue hasta la presidencia de Ricardo Lagos Escobar.


Hoy Chile necesita personas con capacidades intelectuales y morales de mayor densidad y compromiso social, dispuestas a liderar un proyecto país

A estas alturas en Chile ya se ha demostrado la ineficacia de un período presidencial de solo cuatro años, más encima, sin reelección; fórmula electoral que solo ha llevado a tener gobiernos de dos años que no alcanzan a instalarse cuando deben hacer las maletas, ya que en su tercer y cuarto año los residentes de La Moneda comienzan a trabajar en su legado, y en la obligación de pasarle la posta a un miembro de su misma coalición.

Estados Unidos posee una fórmula que le ha dado estabilidad a su democracia: cuatro años con reelección inmediata, sin posibilidad de un tercer mandato. Luego, los ex mandatarios recorren el mundo dando charlas, o asesorando gobiernos en distintos lados del planeta. Pero nunca más estos regresan a la Casa Blanca, salvo alguna invitación. La fórmula de ocho años ha demostrado ser un tiempo más que suficiente como para cumplir con un programa de gobierno, y en caso de dejar algo pendiente, existe la posibilidad de que un sucesor de la misma línea acabe la tarea inconclusa.

En Chile se ha explorado una receta distinta y muy original: cuatro años sin reelección inmediata, pero con la posibilidad cierta de volver a La Moneda al quinto año de dejar el cargo, sin perjuicio de continuar regresando hasta que el Alzheimer lo permita.

Alternativa poco democrática que el país ya experimentó con los sucesivos y alternados gobiernos de Michelle Bachelet y Sebastián Piñera (el juego del BAPI, BAPI). Propuesta que no obstante vino a resolver un problema endémico de la democracia posdictadura: no ser capaz de renovarse. Peor aún, un problema generado por el propio sistema político a partir de 1990, a manos de una supuesta necesidad de salvaguardar la democracia en manos sabias y experimentadas, cuestión que, por desgracia para sus promotores, se fue desmoronando con tal lentitud y desidia, que ningún partido pudo evitar la necrosis en que se convirtió esa podredumbre.

Los segundos gobiernos de Bachelet y Piñera surgieron –se supone– por la falta de nuevos liderazgos al interior de sus respectivos sectores, el epítome de esa torpe realidad fue la candidatura presidencial en 2017 del senador independiente Alejandro Guillier, cuando la Nueva Mayoría se enredó en una elección primaria sin sentido, tras la cual acabó aceptando a regañadientes la opción electoral del ex presidente del Colegio de Periodistas. La elección se perdió a manos del fuego amigo.

Así de visceral fue ese momento en el entonces oficialismo y que lo llevó a la vereda del frente, donde hoy se encuentra, luego del triunfo del otro candidato independiente apoyado por Chile Vamos; conglomerado que también le negó la posibilidad a la nueva savia. Eso al menos en lo declarativo, porque tras un análisis más profundo, esa explicación se viene abajo cuando emerge la real voluntad de buscar y encontrar. Así al menos ha ocurrido en el ámbito parlamentario desde 2010, donde rostros nuevos de distintas pulsiones han llegado a la Cámara y a otras instancias sociales, con buenos y malos resultados.

El problema sigue estando en el Ejecutivo. Sin embargo, la renovación de la política no es un hecho que se haya dado de manera exclusiva en la esfera presidencial, también la sociedad civil ha alzado la voz y ha puesto sus nombres sobre la mesa. No obstante, hasta hoy (junio de 2020) no es posible avizorar un nombre fresco para instalar en La Moneda que provenga de alguno de estos grupos.

El punto es que, a menos de dos años para la próxima elección presidencial, como ya se ha dicho, gobiernos de cuatro años en los hechos no pueden hacer más que tratar de gobernar los dos primeros y luego preparar una decorosa salida, dejando en lo posible la mesa puesta a un sucesor de su misma tendencia.

Michelle Bachelet ya despejó la interrogante con la que salió de Chile en marzo de 2018, dejando a sus devotos con el alma en un hilo: “Sobre mi cadáver, sobre mi cadáver”, repitió a mediados del mes pasado cuando le preguntaron si regresaría por tercera vez a La Moneda. Su respuesta no solo fue desprendida y republicana: “La democracia exige nuevas caras, que no quiere decir que sean caras jóvenes necesariamente, pero nuevas caras”. Tampoco dejó espacio a la duda. “Y la razón es política –explicó– hoy día hay expresiones de la ciudadanía que son horizontales, que no son verticales, dirigidas por pares, no hay una cabeza que dirija”. Y enseguida sepultó el deseo de tantos de sus partidarios dispuestos a ir en romería a Ginebra a rogarle que regrese. “No puede ser porque no haya nadie más, la misma señora que estuvo dos veces vuelva por tercera vez. Creo que eso no le hace bien a la democracia”.

Y en eso, la Alta Comisionada para los Derechos Humanos de la ONU no solo fue clara, sino que lanzó un desafió que le haría muy bien a salud de la alicaída democracia criolla. Qué inmenso daño le haría a la democracia chilena que un Guido Girardi –impedido de repostular al Senado– fijará su mirada en el Palacio de Toesca.

Hoy Chile necesita personas con capacidades intelectuales y morales de mayor densidad y compromiso social, dispuestas a liderar un proyecto país; una idea de nación que hasta ya entrado el siglo XXI aún no es posible percibir; es decir, transcurridos los primeros veinte años del nuevo siglo cabe preguntarse si el país podrá tomarse los próximos ochenta años para resolver la pobreza y el hacinamiento, la injusticia social y la precaria educación, males tan característicos de la primera mitad del siglo anterior, y que a la luz de la pandemia, han vuelto a aflorar con toda su crudeza.

Hoy Chile necesita líderes de la talla de una Jacinda Ardern (Nueva Zelanda), de un Pedro Sánchez (España), de un Justin Trudeau (Canadá), de un Emmanuel Macron (Francia); todos ellos forjados al amparo de sendas democracias, no exentas de tropiezos y sinsabores, como la española. ¿Acaso en Chile no existen potenciales líderes a la espera de su oportunidad? Claro que los hay. Desde ya habría que observar a figuras de enorme potencial, como Marcela Hernando (médico, diputada radical), Carola Canelo (abogada, docente U. de Chile), Andrea Repetto (economista, docente UAI), Óscar Landerretche (economista, ex Codelco), Marcelo Mena (ingeniero civil bioquímico, ex ministro de Medio Ambiente), entre otros.

Mito o realidad, lo cierto es que se cuenta una anécdota que habría ocurrido en un céntrico hotel capitalino la noche del domingo 16 de enero de 2000, fecha del triunfo en segunda vuelta del Presidente Ricardo Lagos. En la ocasión –cuentan– el mandatario electo habría aplicado el primer cedazo a sus eventuales colaboradores, solicitandoles sus respectivos correos electrónicos, petición que puso en apuros a muchos de los que tras la victoria ya se veían en algún cargo, al que sin embargo no pudieron acceder por no disponer de una casilla electrónica –como se llamaba a los primeros correos a fines de los noventa–, valla que los más “modernos” superaron sin mayor dificultad. Ergo, ¡preparaos para el futuro!

¿Cuántos de los que hoy aspiran a dirigir el país podrían exhibir capacidades superiores, más allá de saber cómo hacerse un correo electrónico? Tal vez mucho se quedarían en las tres líneas de un simple CV que dé cuenta de un cuarto medio laboral, suficiente para fungir como alcalde o consejero regional; quizás otros pocos podrían alardear de alguna maestría conseguida vía online, y qué pena, los que cuenten con las competencias y debidas calidades, tal vez se resten de lo público y prefieran conservar su prestigio a buen recaudo en el ámbito privado.

El mundo que viene ya no tiene su correlato con el que sobrevivirá a la pandemia y a los sucesivos estallidos sociales, será un mundo más demandante en términos de sus derechos civiles, y más consciente de su responsabilidad social y medioambiental para el que requerirá liderazgos de alta valoración. Pero también será necesario que la institucionalidad se adapte a esos nuevos tiempos, ofreciendo desde ya la posibilidad de un mayor despliegue de programas de gobierno que puedan correr a una velocidad tal que les impide tropezar con la necesidad de levantar el mantel antes de cenar. Es necesario repensar el período presidencial de cuatro años. No sirve.

TAGS: #Democracia #Presidencia

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