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Cuando el hambre desaparece

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El título de esta columna pareciera un gran comienzo. No es así; al contrario. La desaparición de la información sobre la crisis alimentaria en el Cuerno de África de las agencias de prensa, de los periódicos, de la conversación cotidiana, antes de que haya pasado una semana desde que la Asamblea General de Naciones Unidas haya declarado oficialmente la Hambruna en 3 regiones de Somalia, es casi un presagio del mal. El último signo antes de que la muerte tenga libre acceso a los cuerpos que caminan por las irregulares rutas de localidades como Sako hasta los campamentos keniatas y de Etiopía, en las que la sequía, la guerra, la violencia contra las mujeres y el hambre cobra víctimas todos los días.

El camino es difícil, más aún cuando lo haces con 4 hijos en promedio por mujer a cuestas y la desesperanza por tu país, de haber perdido a un esposo que lucha en un frente imaginario o que fue muerto en serio por la guerrilla. Y es que la protagonista de este camino del hambre es mujer, joven, pobre, con hijos a su cargo, todos ellos enfermos de enfermedades derivadas del hambre, pero no de esa hambre que se sacia con rapidez, sino de esa condición crónica de privación de nutrientes. Ese problema sin rostro que sufren más de 215 millones de personas aún en el mundo. Personas con nombres y apellidos, con historias de vida, con esperanzas y sueños que poco a poco, a medida que desaparecen sus fotografías, historias y urgencias de la agenda de prensa mundial, también comienzan a diluirse en nuestros recuerdos e indignación hasta la invisibilidad.

La condición de invisibilidad que tienen el hambre y la pobreza en África o cualquier otro lugar del mundo es la principal razón de la mantención de estos males. La indolencia, es decir, la ignorancia voluntaria es el factor de mayor presencia en la toma de decisiones, en la acción contra los malestares del milenio. Para casi todos los grandes problemas de la humanidad tenemos respuestas, se trata de “problemas de última milla”, o sea: sabemos cuáles son esos problemas, quienes los sufren, por qué lo sufren, poseemos la tecnología, el conocimiento y los recursos humanos para resolverlos. Pero su invisibilidad en la toma de decisiones o la prevalencia de intereses económicos que traen las guerras intestinas, o las potencian, mantienen esa desaparición continua de los medios y de la preocupación de los que hoy podrían ser miles o millones de #indignados por el hambre, por la malaria, por las guerras internas, por la falta de condiciones sanitarias. O indignación por los sistemas de salud, los tributos o la educación.

Hoy, el campamento keniata de Dadaab, considerado el mayor del mundo y que se encuentra activo Desde 1991, acoge 1.300 nuevos refugiados cada día, alberga una población de más de 425 mil refugiados somalíes y etíopes. En esta “tiendópolis”, cada mujer madre que llega al campamento (90% de las mujeres mayores 15 años) a lo menos ha perdido un hijo y la tasa sigue creciendo (43 mil mujeres han perdido 4 de sus 5 hijos menores de 15 años). Es un campamento donde no ves hombres. La mayoría abrumadora está compuesta por mujeres y niños (los olvidados del África) que, a un ritmo aterrador, mueren en los brazos de mujeres también enfermas cuya leche, cuyas fuerzas y cuya esperanza muere con sus hijos. (4 de cada 10 niños menores de 5 años que llegan al campamento muere a la semana).

De acuerdo con las cifras de ACNUR, más del 80 por ciento de los somalíes que escapan del hambre y la guerra son mujeres y niños. Algunos de los padres de los niños murieron en el eterno conflicto de Somalia, otros secuestrados por el grupo radical Al Shabab, para luchar por su causa y, los menos, son minusválidos o se desconoce su paradero. Esta ausencia de hombres hace más vulnerables a las mujeres, pues, las violaciones y la violencia sexual entre los refugiados contra las mujeres y niñas durante la larga travesía hacia Dadaab se ha cuadruplicado, con 358 casos denunciados en el primer semestre de 2011, por 75 del mismo período de 2010. Aún así, son las mujeres las que sacan adelante a sus familias, recogiendo los restos de ella de entre los enfermos, los muertos o los desaparecidos.

Misma desaparición que tienen las noticias sobre la guerra, la hambruna que sufren 12 millones mujeres, niños y hombres en Somalía y el campamento keniata de Dadaab. Hoy, de los 200 medios escritos y/o electrónicos más importantes auscultados pertenecientes a países miembros de la OCDE (incluido Chile) sólo en 12 de ellos existe un informe diario de la situación en el cuerno de África; en la mayoría (87%) sólo existieron noticias hasta el día posterior a la declaración de hambruna por parte de ONU. En el 100% de estos medios, el día anterior a la aparición de estas palabras no existía ninguna referencia al problema que asiste a miles de humanas y humanos como nosotros, como su mujer, su hijo o hija  y que sólo esperan de nosotros que no les olvidemos, que no les dejemos desaparecer.

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27 de Julio

Interesante la columna, sin duda que la invisibilidad de la pobreza es la mejor aliada del stablishment. Lo que no se ve no existe.
Apenas timidamente asomó una campaña de UNICEF Chile por los niños del Cuerno de África. No se como les ha ido.
Le escribí hace unos días a muchos amigos para adherir a esa campaña, algunos contestaron.
No soy de los que cree que una campaña de ese tipo resulevel el problema, es necesario hacer mucho, mucho más que eso, sin embargo si llenamos un plato por unos cuantos días, tal vez hayamos salvado una vida.
Pero no nos debe bastar. A mi no me basta!!
Felicitaciones por la nota

Santiago Mansilla

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