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Clientelismo político, el mal que debemos erradicar

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De todo lo malo que nos sucede debemos sacar una lección. Un consejo de vida que más de una vez habrán recibido, y que hoy, a la luz de lo sucedido en Maipú, comuna con la mayor cantidad de electores del país, nos debe motivar a seguir el consejo al pie de la letra. Sin embargo,  para no centrarnos solo en esta comuna, pues el tema se repite en otros lugares de nuestro país, omitiremos nombres y circunstancias específicas y nos concentraremos en el fondo del tema.


Es un círculo vicioso que debemos terminar, la clave estará en generar nuevas reglas, tanto constitucionales, como estatutarias. Un buen inicio es la reinscripción de militantes

Partamos entonces con la pregunta ¿Qué es clientelismo? Recurriremos al afamado Wikipedia y nos encontramos con la siguiente definición: “es un intercambio extraoficial de favores, en el cual los titulares de cargos políticos regulan la concesión de prestaciones, obtenidas a través de su función pública o de contactos relacionados con ella, a cambio de apoyo electoral.”

Suena inofensivo, pero en realidad es nefasto y muy peligroso para la salud de nuestra democracia. Un caudillo o “patrón”, conforma su clientela dentro de un partido político que en promedio tiene unos cien militantes activos (siendo generosos, pues la realidad indica que incluso hay partidos que funcionan con una veintena de ellos), los inscribe en su mayoría y otros los recauda de los que pudieran existir dentro del propio partido, en busca del mejor postor. Me detengo acá y hago una clara diferencia entre militante de un partido político, que ingreso por convicción, que tiene formación política, del que ingresó reclutado por el caudillo o para poder facilitar su contratación en algún cargo del estado o para asegurar su permanencia en éste.

Una vez que se tiene la cantidad de votantes suficientes, negocia su apoyo con algún político local a cambio de algún puesto en el aparato estatal, en este caso municipalidad. Esto pues un caudillo no puede tener clientela importante si no tiene nada que ofrecer. Desde un puesto donde tome decisiones, sí podrá tener un mayor poder para negociar y así ampliar su número de clientes y consolidar su “liderazgo” como a estos personajes les gusta llamar a su operación.

Cuando se consolida su clientela y ya supera en número a cualquier corriente de opinión interna del partido político local, pasa a la segunda fase en donde toma control de este partido y se posiciona como el “candidato natural”, debido a su alto número de “seguidores”. Ya a estas alturas no se puede hacer mucho, la democracia implica que gana el que tiene mayor cantidad de votos, sin cuestionar la calidad de esos votos.

Con el partido controlado y con los líderes locales intentando negociar un espacio con este caudillo para a lo menos asegurar que se realizaran los objetivos políticos que el partido persigue, y por otro lado, presionados con la responsabilidad autoimpuesta de no perder las elecciones. Acá un punto en el cual los que participamos en política somos responsables, pues nos hemos visto en más de una ocasión votando por un caudillo, a sabiendas de lo poco representativo de nuestros ideales, con la excusa de que nuestros adversarios no ganen o que nuestro partido no pierda (como prefieran verlo).

Cuando nos damos cuenta que el caudillo ya está en la cúspide del poder local,  es tarde para intentar revertir la situación. Cuenta a lo menos con una clientela que triplica el número de militantes, asegurando sus futuras re postulaciones y un control total de las decisiones partidistas locales. Si a esto le súmanos que entre caudillos se potencian (siempre y cuando no estén peleando por el mismo territorio) tenemos una suerte de cartel, en donde el caudillo con más peso político se asocia a otros de menor peso pero que potencian su “cartera” para ofrecer favores y conseguir nuevos apoyos o aumentar sus clientes. Los caudillos de más abajo a cambio logran, junto con el control local, influir e incluso determinar las decisiones de la cúpula de su partido que pudieran afectar a su territorio.

Lo primero que salta a la luz, es un secuestro de la democracia, pues no existe un real debate de ideas, no triunfa el mejor proyecto, se perpetúa un patrón y su interés individual basado en que a un grupo de personas (los clientes) simplemente les conviene. Resultado de esto: mala gestión municipal sin poder ser cuestionada, eternas reelecciones, estancamiento de ideas, nula renovación de actores,  empobrecimiento de la imagen de la política, terminando por  alejar a la ciudadanía (este es el mejor negocio para el caudillo, pues la llegada de nuevos participantes lo considera una posible amenaza).

Ahora, ¿cómo silenciar esto y evitar una creciente oposición o el despertar ciudadano que pudiera sacarlo de su poder? Con el partido local a sus pies, el poder local tomado, viene el control social.

Ya vimos el control sobre el partido local, este ahora se extiende a los demás partidos, incluso opositores, ofreciendo puestos de trabajo, ¿qué le podrá decir un presidente de un partido si es contratado como asesor?, sería ir en contra de su jefatura directa, menos aún si el sueldo no lo puede conseguir en un puesto en el mundo privado. Otro punto son las juntas de vecinos, con el mismo método anterior, intentará controlar las uniones comunales, no siempre lo podrá lograr, pero siempre estará a la mano la torta para los centro de adultos mayores, las pelotas de fútbol para los clubes, o una cena de agradecimiento para los dirigentes. Insisto, esto es más difícil, pero consiguiendo la incondicionalidad de unos cuantos, le será suficiente.

El concejo comunal, dependiendo de los pactos políticos, estarán ordenados según esa lógica, sin embargo, el caudillo para asegurar apoyo, utilizará la misma metodología mencionada: tratar de convertir en empleados a sus fiscalizadores.

Por último, el control de los medios de comunicación local, con la excusa de publicitar las actividades municipales, por ejemplo,  los contratará con cláusulas especiales que impidan el cuestionamiento de su accionar. Para ser justo, esto no le asegura la censura, pues siempre estarán los apasionados del periodismo que arriesgarán este contrato por el cumplir con informar.

Finalmente, tenemos a un personaje, un caudillo, con el control total, sin frenos para por ejemplo caer en acciones de corrupción, faltar a la ética y perpetuarse en el poder…

Esto es solo una rápida mirada que les acabo de presentar del problema, sin embargo, espero ustedes puedan profundizar y evaluar todos los riesgos que esto implica. Es un círculo vicioso que debemos terminar, la clave estará en generar nuevas reglas, tanto constitucionales, como estatutarias. Un buen inicio es la reinscripción de militantes, pero esto debe ser de la mano con evitar, por ejemplo, que un militante pueda votar en las elecciones internas partidarias sin antes haber pasado por dos años de adoctrinamiento (ningún cliente aguantaría esto) , terminar o limitar las reelecciones (el caudillo basa su poder en la perpetuidad de este) , impedir que militancia y proveedor se entre mesclen, separar función pública de vida partidaria,  mayor poder de fiscalización de los ciudadanos, mayor control de los partidos políticos de sus representantes  y los puntos que la comisión Engel, tan resistida por algunos políticos por estos días, propone después de un profundo estudio.

Sé que nos falta mucho para derrocar esta nueva dictadura, pero el solo hecho de que toquemos y discutamos este tema, es un gran paso para hacerlo.

TAGS: #Corrupción Política

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