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Chilenos en Berlín y el Repudio Global a HidroAysén

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No sé si fue el hastío, la vergüenza, la rabia o la impotencia. O, sencillamente, la pena. O todas esas emociones juntas, imbricándose en una vivencia generalizada de malestar que excede la mera dimensión psicológica, para alcanzar los terrenos de la movilización social. Porque uno no se queda impávido siendo testigo de cómo, a más de doce mil kilómetros de distancia, la codicia desenfrenada del capital, mediante la complicidad del gobierno empresarial chileno, ha iniciado un proceso en múltiples frentes, no sólo de depredación medioambiental, sino que de desmantelamiento de la voluntad popular y de sus anhelos de una democracia profunda, celosa de su biodiversidad y de su multiculturalidad. Esa irritación colectiva canalizada a través de las redes sociales virtuales, se expresó tanto en Chile, como en Berlín y en otras importantes ciudades del orbe, en la  forma de protesta social contra el megaproyecto Hidroaysén. 

El negocio de Hidroaysén no inicia este proceso depredador, sino que se constituye como un capítulo doloroso más de la tragedia sociopolítica chilena. Aunque todos sabemos que los cuatro gobiernos concertacionistas chilenos hicieron del modelo neoliberal su lógica operacional, también es cierto que en este proceso de des-democratización, el actual gobierno ha pulsado el acelerador a fondo. Se trata de un colonialismo corporativista extremadamente sofisticado. Ya a fines de 1972, en un discurso visionario de extraordinaria vigencia para los actuales procesos sociales, políticos y económicos que vive Latinoamérica, el Presidente chileno Salvador Allende Gossens advertía, ante la asamblea general de las Naciones Unidas, sobre la falta de control de las multinacionales y de los efectos nefastos del poder opresor de las grandes corporaciones internacionales por sobre los Estados, su institucionalidad y la voluntad soberana de los pueblos.  

Por eso no es trivial cuando se sugiere prestar mucha atención a todos aquellos argumentos que intentan desacreditar los sucesos de protesta social acaecidos en Chile y en el mundo, en el contexto de rechazo al megaproyecto de Hidroaysén. Aún más, se vuelve hoy en día políticamente urgente detectar y desentrañar la colusión de intereses corporativos -y que alcanzan a la clase política- los cuales se esfuerzan en asignar a la protesta social un carácter exclusivamente doméstico, efímero y aséptico, sin relevancia para el devenir político, social y económico de Chile y del mundo. No es para nada irrelevante advertir que así como se intenta restar importancia a la voluntad popular, aquella expresada mediante el ejercicio efectivo de su derecho legítimo a la protesta social, también se ha esmerado la clase política y el capital en criminalizarla, como ha ocurrido durante las últimas dos décadas de democracias formales en Chile. 

Los sucesos de protesta presenciados en el mundo tienen un profundo valor simbólico, con consecuencias políticas relevantes. El viernes 20 de mayo de 2011, alrededor de doscientos chilenos acompañados de la solidaridad de ciudadanos alemanes y de otros países, se reunieron frente al número 42 de la elegante y céntrica Mohrenstrasse, donde está ubicada la Embajada de Chile en la cosmopolita capital alemana.  Este hecho político no sólo se erigió como expresión de rechazo al negocio de Hidroaysén, sino que también operó como punto de concurrencia de expresiones de repudio ante otras situaciones antidemocráticas que se viven en Chile, como la vergonzosa aplicación de la Ley Antiterrorista, la persecución política y el encarcelamiento dirigido a comuneros mapuche; la criminalización de la protesta social de estudiantes, trabajadores y pueblos indígenas; el desmantelamiento de la educación pública, la desigualdad y la exclusión en múltiples ámbitos del desarrollo; además de un sinnúmero de situaciones que echan por tierra cualquier argumento autocomplaciente alusivo a una supuesta solidez de la democracia chilena.

Mientras la marcha avanzaba hacia la histórica Puerta de Brandenburgo, era posible observar como muchos de los chilenos y chilenas reunidos en ese acto de protesta social no se habían visto nunca antes de ese 20 de Mayo. Congregados en un contexto de gran diversidad e incluso movilizados por reivindicaciones políticas diferentes, pudieron construir un mensaje de solidaridad para la naciente movilización social chilena. Y aunque las exclamaciones de “Viva Chile” hayan podido connotar un trasnochado nacionalismo, también expresaban la añoranza por el terruño, además del deseo íntimo y compartido de que aquella tierra tan lejana de la cual se es originario, sea finalmente bondadosa para las generaciones que vienen.

La protesta social realizada en Berlin y en otras ciudades del mundo, fue un hecho político de gran valor simbólico para los chilenos y chilenas que viven en el extranjero. Constituyó también una valiosa oportunidad para descubrir con gratitud la fraternidad internacional. Y aunque las chilenas y chilenos que residen fuera del país se encuentren en la vergonzosa situación –amparada por la clase política chilena- de no poder votar y elegir sus representantes desde el extranjero, sí reconocen que están lejos de la inmovilidad sociopolítica que al modelo de desarrollo neoliberal chileno le interesa construir. 

Lo que fue un acto de dignidad es ya un proceso político en marcha.
 

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