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Chile, la corrupción de la república

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Sería bueno recordar lo que decía Montesquieu. “La democracia tiene que evitar dos excesos: el espíritu de desigualdad, que la hará desembocar en la aristocracia, o en el Gobierno de uno solo, y el espíritu de igualdad extremada, que la llevará al despotismo de uno solo, al igual que el despotismo de uno termina por la sumisión”.

En estas últimas semanas, varios episodios ligados a las élites nos recuerdan que la democracia hace rato parece haber derivado en otra cosa (quizás siempre ha estado extraviada), más cercana a una ligazón entre la partitocracia con su nepotismo endémico marcado por la ley de hierro de la oligarquía; y la plutocracia.

Montesquieu decía “Una democracia degenera cuando los gobernantes tratan de corromper al pueblo, comprando sus votos con los fondos públicos, para ocultar de este modo su propia corrupción…”. Días atrás, Andrés Velasco, ex ministro de Hacienda de Michelle Bachelet, decía haber sufrido fuertes presiones de parte del ex presidente del Senado, Guido Girardi, para que contratara a ciertas personas –indicadas por él- en ciertos cargos de importancia de esa cartera.

Lo anterior no sólo ha generado gran revuelo, sino que ha derivado en el reconocimiento por parte de varias ex altas autoridades de la Concertación -como Ricardo Lagos y el ex ministro Pedro García– de prácticas que rayan en el clientelismo, el privilegio y el favoritismo más burdo. Y que continúan aún con otro Gobierno  que, entre otras cosas, había prometido poner fin al nepotismo.

En ello, denotan la clara incoherencia de quienes –desde el poder mismo- dicen promover la igualdad, pero no dudan ejercer con prepotencia el privilegio para sí y sus cercanos, y de usar ese poder en favor propio hasta convertirse en una nueva élite donde ellos son los amos y privilegiados.

Tomando en cuenta el actuar de una parte de la élite del poder que usa el poder a favor propio, tampoco debería sernos extraño el impertérrito reconocimiento por parte de Herman Chadwick, en relación al lucro en un sistema de educación superior casi perversoen crisis, y que además, hace usufructo del dinero fiscal: “si no les gusta el sistema, que lo cambien, pero este siempre ha funcionado así”.

En ambos casos, existe la inmutable confesión de la burla sistémica de la ley en cuanto a la educación superior y en cuanto al acceso a altos cargos en la Administración del Estado. En ambos casos existe un uso descarado del poder y de la estructura institucional por parte de las élites político-corporativas, a favor de sus intereses.

Las presiones de Girardi a Velasco y los dichos de Chadwick, denotan el círculo virtuoso de una estructura claramente plutocrática y oligárquica de nuestro régimen político y económico, que va directamente contra el principio de politeia, la igualdad ante la ley y la idea de poliarquía.

Bajo esa lógica, tampoco es extraña la clara diferencia de trato por parte del Estado, a través del SII, entre una corporación como Johnson´s y las pequeñas y medianas empresas.

Como decía Thomas Paine, “Como la facultad de imponer contribuciones se hallan en manos de quienes pueden eludir una parte tan grande de ellas, por eso se han impuesto sin freno”.

Lo que rige en Chile, y que en las últimas semanas se nos ha mostrado con una claridad poco habitual en los medios, es que la alta concentración corporativa, basada en el claro favor del poder político estatal también concentrado (hegemonía representativa), no tiene nada que ver con un mercado libre, ni con lo que podríamos llamar república o democracia, sino más bien con un crony capitalismo o un mercantilismo moderno.

Sería bueno recordar lo que decía Montesquieu. “La democracia tiene que evitar dos excesos: el espíritu de desigualdad, que la hará desembocar en la aristocracia, o en el Gobierno de uno solo, y el espíritu de igualdad extremada, que la llevará al despotismo de uno solo, al igual que el despotismo de uno termina por la sumisión”.

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Foto: Prensa.cl

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