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Chile: Desigualdad, la palabra de moda.

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Desigualdad, entonces, no es solo el reconocimiento de la brecha económica, es el “orillamiento” cultural, el doblegamiento intelectual, la imposición de normas morales represoras que han permeado la conciencia nacional, el pensamiento egoísta y conservador de quienes dicen querer otro país, pero en su fuero interno no aceptan un nuevo contenido, o se sienten superiores, ideas todas escondidas hábilmente en la socialización del neoliberalismo.

Las palabras tienen un contenido ideológico, ellas son el receptáculo final de toda una practica social, es ideológico, porque esta esencia, presente en el lenguaje, viene cargada de practicas sociales homogeneizadas, es por ejemplo muy distinto «sentir frío» en los campamentos post terremoto luego de 3 años sin reconstrucción, que «sentir frío» por tanto porrazo esquiando en La Parva.

Pero ¿qué sucede cuando aparentemente ya todo lo malo de un objeto, hecho, o situación de un país, se ha expresado? ¿Qué sucede cuando aparentemente todo lo malo de un hecho se ha vivido?

Hablar hoy de «desigualdad» ha sido convertido en un cliché. Muchos lo mencionan, se ha transformado en un concepto discursivo más, es parte de un sentir crítico, progresista, si, pero sin embargo su uso se mantiene asociado y mediatizado, según la mirada ideológico/política de quien la utilice, solo hay aspectos económico sociales de nuestro devenir social: Sueldos, Jubilación, Salud, Educación, Consumo.

Pero ¿es solo eso lo que verdaderamente esta tan mal en la sociedad chilena? Resulta obvio que estas manifestaciones perversas de un determinado sistema social, neoliberal en este caso, dan cuenta de una separación, una grieta, o para decirlo con otro viejo concepto cliché cargado de contenido ideológico, una solapada lucha de clases. Aunque para ser consistente con el lenguaje, es más honesto decir una oculta, trabajosamente camuflada lucha de clases.

Pero ¿como se evidencia el problema más profundo, cuales son sus instrumentos? Los hechos concretos saltan a la vista, denotan con claridad el talante autoritario del sector social que hoy gobierna nuestros destinos. Ellos, que durante mucho tiempo actuaron a la sombra del poder, parte del verdadero poder, han mostrado que sus ideas no cambian, nos han mostrado su pasmosa falta de compasión y empatía social, su conservadurismo tradicionalista, su amor por el orden y el falaz esfuerzo personal,  aunque pasen los siglos, literalmente, ellos sienten y saben que son los dueños; y lo que es peor, con su capacidad de hegemonía cultural compartida con las élites políticas, y los medios de comunicación bajo su total control, han atraído con su canto de sirena a las grandes masas de nuestro país. Sus ideas están arraigadas en sus palabras, y se han hecho nuestras palabras e ideas.

Entonces, desde las élites, en una mirada superficial del problema, se intenta convencernos que los desacuerdos aparecidos son solo diferencias semánticas:

«Derechos» a algunos les parece una «sinverguenzura»; «abusos», una «exageración»; «exigencias», un «berrinche» de niños malcriados. En una actitud vergonzante, sus lacayos, nos hablan de “lo perfectible”.

Es en la expresión de este aparente problema semántico, en donde podemos evidenciar la fractura social y cultural mas profunda. Pero que esta evidencia se “materialice”, banalizando nuestros más “radicales” conceptos, no nos da la clave del lugar que como individuos elegimos ocupar en esta división objetiva del campo social.

Resultará simple definirse en contra de la filosofía policíaca de una Teré Marinovic, o la añeja, porque es añeja, visión económico moralista de Axel Kaiser, estar en desacuerdo con un Navia o un Peña. Solo hasta ahí por lo obvio, la definición marcha bien. Aunque en verdad solo nos mantenemos en la capilaridad de la grieta.

La efervescencia social y política, asociada al descontento que comienza a crecer en la conciencia popular, descontento que comienza a infiltrarse en el sentido común, ha gatillado no una profundización de esa brecha, sino que simplemente la ha presentado en la realidad, nos obliga a hurgar mas profundamente en ella, en esta sociedad fracturada en que vivimos, pues nos damos cuenta que pareciese que decimos lo mismo ¡¡pero no es lo mismo!! comprendemos con estupor, como por ejemplo, entre quienes queremos «cambios» no hablamos en el mismo idioma.

A saber, el movimiento estudiantil: El gran catalizador del actual descontento social, ha manifestado un interesante fenómeno asociado a su practica real. Esa gran muchachada ha insistido, precisamente, en cambiar el contenido de palabras claves en el mantenimiento del orden impuesto a costa de muchas vidas hace ya 3 décadas: La famosa Democracia y la participación.

Comenzaron llamando a no participar de procesos electorales, arguyendo que allí, en lo que conforma ese proyecto, no se da una verdadera y objetiva democracia, para luego completar la idea aludiendo a su propio concepto, indicando que para ellos “democracia es la posibilidad que la propia comunidad pueda controlar directamente sus procesos educativos”, es decir participación directa.

Desde los más conspicuos progresistas, hasta el propio PC, los tildaron de locos y anarquistas. Una enorme cantidad de epítetos provino obviamente de los poderosos.

Extraño verdad? Muchos están de acuerdo en que las elecciones y el parlamento viven en una especie de secuestro por los grupos de poder; otros consideran la idea de que en democracia debe permitirse la libre expresión y la posibilidad de la manifestación social. Pero si se toca el concepto de fondo: elecciones y parlamento, con sus deshonestos lobbys, traspasos de dinero, prebendas para apoderarse de empresas y recursos, comisiones que nada resuelven, aumentos de dietas, etc. etc. etc. entonces ponen el grito en el cielo. Pero ¿no es posible otra democracia?

Les recuerdo, las palabras y los conceptos tienen en esencia un carácter ideológico, y en esta cerrada defensa de nuestra democracia de pacotilla, se evidencia la profundidad de la grieta, de la verdadera desigualdad, junto a la enorme derrota cultural que se nos ha inflingido. Está claramente demostrado que el «Estado de Derecho» actual, sustentado en la Constitución Pinochetista, el concepto de Libertad solo esta referido a la «libertad de elegir», esencia del Liberalismo Económico, no hay mas que agregar, en eso muchos también parecemos estar de acuerdo.

Desigualdad, entonces, no es solo el reconocimiento de la brecha económica, es el “orillamiento” cultural, el doblegamiento intelectual, la imposición de normas morales represoras que han permeado la conciencia nacional, el pensamiento egoista y conservador de quienes dicen querer otro país, pero en su fuero interno no aceptan un nuevo contenido, o se sienten superiores, ideas todas escondidas hábilmente en la socialización del neoliberalismo.

Estos graves asuntos, no se resuelven semánticamente, como es propiciado por la clase política con sus eufemismos cotidianos, o superado empáticamente suponiendo ámbitos de convivencia distintos, como se aboga desde cierta ciencia esotérica afín al discurso sistemico, en el fondo esta divergencia social no se resolverá con un reposicionamiento ético individual, aunque podría ser un buen comienzo.

La subversión de esta ominosa realidad, debe buscar restituir en nosotros el sentido de propiedad. Este es nuestro país, nosotros producimos y reproducimos su riqueza, por lo tanto nosotros como sociedad debemos en definitiva conceptualizar y actuar la democracia que queremos, con libertad, sin desigualdades.

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