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Andrés versus Andrés: Los dilemas de defensa

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La argumentación de Velasco se centra básicamente en la anomalía que significarían ciertos beneficios estructurales en la propuesta respecto del gasto social. Por cierto, tiene claro que de ser candidato, la presencia de Allamand en la papeleta no le conviene.

Las críticas vertidas por el candidato y ex ministro de hacienda, Andrés Velasco, contra la llamada Ley Allamand, que modifica la estructura de financiamiento y planificación de las Fuerzas Armadas, sustituyendo la ley 13.196 que les reservaba el 10% de las ventas del cobre, debe ser abordada en tres dimensiones distintas. Primero, la intencionalidad política. Segundo, desde una perspectiva estratégica. Por último, la económica.

La argumentación de Velasco se centra básicamente en la anomalía que significarían ciertos beneficios estructurales en la propuesta respecto del gasto social. Tiene claro que, de ser candidato, la presencia de Allamand en la papeleta no le conviene: este último tiene capacidad de captar electorado centrista de corte liberal. Es así como su crítica económica implica una intencionalidad política.

Sobre el punto dos, el tema es si la defensa de un país debe ser abordada con los mismos criterios que se tratan otros sectores. La paz y la seguridad, desde autores como Maquiavelo, Hobbes, pasando por Waltz, Wendt y Walker, han sido ejes centrales de la política interna y externa de los estados-nación. En sociedades democráticas, el Estado de derecho y la participación cívica son la forma de canalización de los conflictos. Es así como se pueden compatibilizar las diferencias y pugnas, tanto políticas como sociales, dentro de un marco razonable de paz, seguridad y libertad.

Lo que alguna vez describió Morgenthau a nivel internacional como un animus dominandi (ánimo dominador), que sería expresión de una tendencia natural de los seres humanos por luchar y buscar más poder, en el plano nacional-interno, se institucionaliza y canaliza por medio de la ley, la vida cívica y la fuerza del Estado. La no existencia de ese órgano central que valide una ley a nivel internacional y distribuya iguales derechos para todos, explica la necesidad de poseer una defensa nacional.

Por cierto, otros sostienen, como Mearsheimer, que lo que mueve a la defensa nacional no es la búsqueda de poder, sino de seguridad. En todo caso, esta última también está condicionada por la falta de ese organismo con fuerza coercitiva que pueda hacer de garante más allá de las fronteras. La política militar de un país se articula como adquisición de poder o de seguridad, según sea el caso. Como bien lo expresa Waltz, el tema es cuándo esa adquisición ya deja de ser rentable. Es por eso que existe un punto en el cual, países con potenciales conflictos, buscan generar un balance entre ellos. Las relaciones entre países y los avances en la construcción de un orden internacional basado en el derecho junto a la cooperación económica (la cual en la práctica ha sido más eficaz que el derecho para generar paz) son factores que han influido en las relaciones entre Estados y por ende en sus gastos militares. Por cierto, lo deseable es avanzar en esa línea. El constructivismo (como lo entiende Wendt) es un camino. Pero la realidad es que en la práctica y en la teoría (basta pensar en los trabajos de Beitz, Walzer, Habermas o Walker) las relaciones internacionales de carácter normativo y de análisis discursivo, han tendido a disociarse de las meramente económicas y del diseño de la defensa. En éstas, sigue prevaleciendo el realismo. Desde una teoría moral, puede ser reprochable hacer negocios con China y ser deseable que todo lo que se gasta en armamento vaya a salud y educación. Si eso no ocurre es por la prevalencia del clásico realismo sobre construcciones institucionales normativas. Lo anterior no hace posible centrar la política de defensa sólo en la esperanza de ese avance normativo-valórico.

El dilema de la seguridad de Herz (la debilidad o fortaleza de la propia seguridad nacional es provocativa para otras naciones) es algo que necesariamente seguirá presentes. El problema de la crítica de Velasco, aunque pueda estar en lo correcto en algunos puntos, es que su enfoque es sólo económico. Piensa y analiza como si fuese todavía ministro de Hacienda. La política tiene toda una dimensión que excede a la economía. Además de que aflora en él el candidato.

La Ley Allamand, más allá que pueda ser perfeccionada, implica superar una ley respecto de las Fuerzas Armadas que, en su modificación durante la dictadura (originalmente se promulgó en 1958), significaba un grado de autonomía de ellas inaceptable en un régimen democrático. Lo anterior no significa que “defensa” deba dejar de ser estratégica. Como lo indicase Maquiavelo, en ella se juega la libertad externa de una comunidad política. Por eso, es destacable el esfuerzo que desplegó Allamand por alcanzar un consenso. Es una mirada de Estado necesaria en esta área.

Para no reducir todo a “la economía”, puede ser bueno no olvidar una frase citada por Bent Flyvbjerg, destacado académico de la Escuela de Negocios de Oxford: “Un economista es un individuo que sabrá mañana, por qué su predicción de ayer no ocurrió hoy”. Y eso, en ciertas áreas, es serio.

* Publicado: “El Dinamo”.

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Foto: El Ranco.cl

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