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Allende y las diferentes máscaras de la democracia

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La agenda noticiosa ha estado salpicada de hechos diferentes, pero que ponen en el debate, consciente o inconscientemente, el tema y el valor de la democracia. Los acontecimientos recientes en el Paraguay nos muestran actitudes decididas, por parte de algunos gobiernos, por condenar la mascarada democrática con que se pretende disimular el golpe en Paraguay. Por otra parte, en nombre de la misma democracia aparecen actitudes “cautelosas”, esperando que los acontecimientos arrojen mayores justificaciones para alguna posición más concreta, o para esperar una direccionalidad exterior, que cohesione intereses de bloque, dentro del concierto latino y sur americano. Los valores democráticos se ven condicionados por las exigencias diplomáticas y no por los intereses reales de la gente, ni por sobre la defensa de principios y formas democráticas a las cuales nunca se debiera renunciar.

Otro acontecimiento que nos pone en entredicho las conceptualizaciones que se hacen en  el país sobre los valores democráticos, son las cartas del historiador Sergio Villalobos y de la señora Magdalena Krebs, directora de la DIBAM. Ambos pretenden desconocer el valor y el significado que tiene para el fortalecimiento de la democracia y la historia del país, no solamente la creación de un Museo de la Memoria, sino también de todas aquellas actividades memoriales y de expresiones ciudadanas que buscan mantener  vivos los recuerdos de todo aquello que sucedió y que no debiera ser olvidado. La violación de los derechos humanos, no puede ser justificada por ninguna visión de la historia, por ninguna interpretación de los hechos y por ninguna concepción política que quiera justificarla con algunos argumentos como los mencionados u otros.

Los derechos humanos, no pueden ser violados bajo ninguna circunstancia, porque ellos radican en el reconocimiento de la dignidad del ser humano, que no puede ser transada por ningún criterio, ni político, ni doctrinario, ni religioso. Buscar justificaciones a la violación de los derechos humanos, es, de suyo, inmoral. Estos sencillamente no se violan. Se protegen y se respetan en cualquier circunstancia. Los memoriales existentes en nuestro país y en todo el mundo tienen ese significado y ese valor: para nunca olvidar; para no volver a repetir.

Algo tenemos que decir de esto a propósito de la presencia de la Democracia Cristiana en el homenaje a Salvador Allende, en la conmemoración de su natalicio. Entiendo que la presencia, fundamentalmente, no sólo se justifica, sino que es exigible como un homenaje a un Presidente que fue también victima de la violación de los derechos humanos por la dictadura militar. El Presidente Frei Montalva fue asesinado pocos años después, y fue otro mártir de las violaciones a los derechos humanos. Es necesario considerar, también, al gran político y patriota que fue Bernardo Leighton, quien, junto con su esposa en Italia, fue baleado por el largo brazo de la dictadura. El General Prats fue asesinado en Buenos Aires, junto a su esposa, por los mismos que supuestamente querían defender la democracia en Chile. Estos y muchos acontecimientos más, en una larga lista imposible de contener en el papel, justifican todos los memoriales para que nunca más esto vuelva a ocurrir.

Por esta razón,  la figura de Salvador Allende se ha vuelto un emblema en el país y en el mundo entero. No se necesita ser de izquierda para reconocerlo. Se necesita tener clara conciencia del valor que en si mismo tiene el ser humano y que ningún esquema ni modelo político puede desconocer.

Una consideración final. Tal vez debamos hacer mención a lo que hoy nos sucede como país, la coyuntura política en que vivimos y el modelo político y económico que nos regula. Hay una violación permanente a la dignidad de un pueblo que no puede ejercer derechos básicos, como la posibilidad de cambiar un sistema que no le acomoda ni le satisface sus derechos. Ni siquiera el elemental derecho de decidir, porque una dictadura militar dejo una Constitución que asegura la violación permanente de los derechos políticos, económicos y sociales, que tiene el pueblo para decidir por sí mismo. Me parece que el momento es crucial: se agotó no solamente un modelo político de transición, sino un modelo valórico de concebir la sociedad. Los derechos básicos, que implican la expresión de la soberanía popular, no pueden ser satisfechos en el modelo que se heredo de la dictadura. Sus partidarios de entonces y de ahora siguen prefiriendo mantener un modelo que profundiza las desigualdades en el país y la insatisfacción de derechos. Derechos económicos, sociales y políticos – todos ellos derechos humanos – que siguen siendo menoscabados, insatisfechos, por el interés de unos pocos.

El valor de la memoria no sólo tiene que ver con no olvidar la violencia a la que fueron sometidos muchos compatriotas, sino, también, con erradicar esta violencia institucionalizada, que no permite la expresión de la soberanía popular, ni la satisfacción de los derechos, que son básicos, para ser llamados ciudadanos.

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Foto: SR / Licencia CC

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