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Allamand, el gran canalla

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Allamand siempre ha sido uno de los padres del espíritu canallesco de la derecha. Esa derecha que prefiere preocuparse de sus intereses antes que de un proyecto país. Que cambia todo lo que pensó anteriormente no por algo de convicción, sino porque sabe que está mal visto y puede dañar su perfil de político de la “transición”.

La derecha perdió. Perdió en las elecciones, pero también ha ido perdiendo la templanza con los días. Algunos dicen que la culpa es de La Moneda, porque no saben comunicar y, por lo mismo, no saben transmitirnos sus «grandes» logros. Eso es lo que dicen. Eso es lo que piensan. O por lo menos lo que dicen pensar.

Cuentan que les falta autocrítica, que no reconocen sus errores y que el Presidente fue uno de los grandes responsables de lo que ellos llaman, entre los pasillos, la “debacle”.

El primero en aparecer haciendo críticas al mandatario -aparte de Ossandón quien reclama por todo últimamente- fue, como era de esperar, Andrés Allamand. En una entrevista en La Tercera, el otrora ministro y candidato a la presidencia, culpó de todo a Piñera. A su personalismo y su poca entrega hacia un proyecto político que, seamos sinceros, ni ellos saben muy bien en qué consiste hoy en día.

Allamand, como siempre, aparece en el momento más indicado para su ego, pero el menos indicado para el sector al que pertenece. Una vez más está tratando de salvar su personalismo, ése que se paseó por el desierto sin encontrar nada y volvió a la política, nuevamente, sin encontrar nada. Ése que, por primera vez ganó una elección senatorial con un poco de competencia, se creyó con las agallas suficientes para alzar la voz y, como sucede siempre en su sector y cada uno de sus integrantes, encontrar la responsabilidad en todos los demás menos en él.

Allamand siempre ha sido uno de los padres del espíritu canallesco de la derecha. Esa derecha que prefiere preocuparse de sus intereses antes que de un proyecto país. Que cambia todo lo que pensó anteriormente no por algo de convicción, sino porque sabe que está mal visto y puede dañar su perfil de político de la “transición”.

Al igual que como está haciendo hoy con la alicaída administración de su ex amigo Sebastián, Andrés en los años noventa renegó de una dictadura que apoyó con ahínco. Trató de dejar bajo la alfombra todo lo que observó y hasta aplaudió de un régimen militar que hoy ha caído, finalmente, por el peso de las atrocidades que cometió. Allamand negó todo esto porque pensó en su futuro, no porque pensara en el futuro de los suyos y del proyecto que pretendía llevar adelante.
Y hoy es lo mismo. Hoy el electo senador no cree mucho en sus propias críticas, sino que cree en lo que viene para adelante para él. Cree, al igual que Piñera, en que él debe salvarse y dejar las cenizas de un rotundo fracaso a un lado para que así éstas no interfieran en su perfil, el que crearon los grandes medios y que lo sitúan como el rey de los acuerdos y el líder de una derecha democrática.

Aunque esto no sea cierto, él tiene que conservarlo. No puede mostrar una pequeña ansia de rescatar un espíritu colectivo porque, al igual que todos sus pares, no cree en lo colectivo, sino en las guerras personales de club de elite, lo que es la derecha. Prefiere despedazar a los suyos con tal de seguir en esta eterna competencia antes de darle en el gusto a quienes también lo quisieron sepultar. Porque eso es la derecha: una guerra de combos, de desconocidas y de insultos a través de los diarios. De sus diarios.

Por esto es que lo sucedido en el fin de semana no es más que otro capítulo de una guerra de personalismos y poder que resulta ser un combate para ver quién termina siendo el más canalla entre los canallas. Y hoy el ex titular de Defensa está ganando.

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Foto: vivaiquique / Licencia CC

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