#Política

Acerca de la gran guerra campesina del BioBío maulino

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“…Después de la batalla de Maipo, los chilenos cometieron el mismo error que habían padecido después de Chacabuco y lo agravaron. Deslumbrados por el brillo y la magnitud de victorias campales obtenidas a las puertas de una capital opulenta que no había sentido sino a lo lejos el fragor de las armas, olvidaron que el Sur de Chile había sido siempre el campo de batalla de la república, y que en sus villas y comarcas habían nacido los mejores soldados de la Patria y del Rey…”
Benjamín Vicuña Mackenna.

Guerra a Muerte

Estamos en febrero de 1819. El calor es inclemente. Sánchez, comandante “realista” amaga retirarse a Valdivia. Lo persigue Balcarce e intercambia disparos de cañón río Biobío por medio. Balcarce y su estado mayor internacional, que congrega a un italiano, un francés y argentino deciden que la campaña ha terminado y que el enemigo realista huye a la desbañada hacia la Tierra de indios. Osorio ha embarcado a los soldados peninsulares y Sánchez toma el mando con soldados y montoneros campesinos de las tierras del Biobío maulino.  Freire le señala a O’Higgins: pensar que la campaña ha terminado solo puede pasarse por la cabeza de un pintor argentino…Ella es tan falsa como que nunca ha


Las tesis argüidas por los patriotas, de que aquí se enfrentaban a bandas de forajidos era una vieja estrategia de todas las comunicaciones del poder dominante, cuando se enfrentaban a la guerra de zapa, modalidad que solo era asociada a la delincuencia bandolera.

estado en la guerra como en las circunstancias. Sánchez jamás ha presentado una acción. No creamos en pinturas. Lo único que ha hecho es irse retirando y en su retirada dispersa…”Nada había terminado. Solo había comenzado la fase más aguda de la insurrección campesina en contra del poder colonial que se anunciaba desde Santiago. Las banderas podían ser realistas  y los gritos de viva el rey escucharse para levantar el espíritu de combate. Lo cierto era, que detrás de esos vítores estaban los ranchos y las moradas de los campesinos en lucha que participaban en las guerrillas or defender su suelo y su tierra. No eran desarraigados. Estaban profundamente involucrados con el territorio que ahora estaba amenazado. Nada había terminado con la batalla de Maipú. Había comenzado la primera gran guerra campesina en Chile.

Vicuña Mackena en la Guerra a Muerte, se lamentaba en 1863:

¿Cómo sucedía todo esto de una manera tan repentina, tan vasta, tan simultánea, tan aterradora? ¿Cómo a un solo grito se habían alzado en armas todas las comarcas que se extienden en las cien leguas comprendidas entre el Itata y el Cautín, en el centro de la Araucanía? Los indios de la costa y los llanistas corrían en tropeles al Bio-Bio; los pehuenches bajaban de los valles por los boquetes de Antuco a orillas del Laja y por el de Alico a la cabecera del Perquilauquen.

El magnífico  distrito llamado la Montaña, que se extiende por las faldas de los Andes entre aquellos  dos pasos, ocultaba en sus desfiladeros innumerables bandas armadas, mientras que, dándose están la mano, por el fuerte de Tucapel con los caudillos  que se levantaban en todas las reducciones de la Araucanía. Y  que  iban a mantener, mediante su osadía y la extraordinaria movilidad de su organización en grupos de a caballo, un constante flujo y reflujo de sangre que inundaría durante  años, a todas las ciudades situadas en los llanos, desde San Carlos a Concepción, a todas las plazas fuertes tendidas a lo largo de los ríos desde Santa Bárbara, al pie de la cordillera, hasta Polcura en la ribera del mar….”

A las claras, tanto Balcarce como Freire subestimaron la capacidad de insurgencia que se levantaba.

Tanto Benavides como los  distintos jefes guerrilleros, en una guerra de guerrillas avant la  lettre, se desplazaban por el territorio, que significaba solo una cuestión: el grueso de sus fuerzas se nutrían de los habitantes y estos eran campesinos labradores, asentados por varias generaciones y que por supuesto se apoyaban en los distintos lof de mapuches que rendían tributo a los parlamentos y sus acuerdos celebrados con los gobernadores coloniales, que los colocaban como aliados en la emergencia de un enemigo externo y ese enemigo externo era la gente que venía de ese lugarejo que llamaban  Chile, eran las  partidas que se hacían llamar  patriotas, que desde Carrera habían asolado el territorio de Concepción y Chillan.

El campo y sus campesinos mestizos labradores, establecían una línea de defensa a ras de piso por medio de montoneras, que obedecían a un mando y que tenían por tanto un proyecto político de defensa del territorio. No había bandidos en busca de depredación, en tanto sus eventuales correrías al sur del Biobío solo podían desarrollarse en los campos de sus familias.

Las tesis argüidas por los patriotas, de que aquí se enfrentaban a bandas de forajidos era una vieja estrategia de todas las comunicaciones del poder dominante, cuando se enfrentaban a la guerra de zapa, modalidad que solo era asociada a la delincuencia bandolera. Al contarlo, en mayo de 1819, escuchemos a un cronista muy parcial de ese nuevo poder que quería ser hegemónico en Santiago:

“…la provincia entera de Concepción, que entonces se extendía desde los límites de Talca a los de Valdivia estaba, pues en armas, y su suelo se agitaba al paso de centenares de guerrillas que parecían brotar de sus entrañas. Cada uno de esos pueblos fronterizos, de origen exclusivamente militar, había echado al campo, ya en defensa de la patria, ya en la del rey, sus mejores soldados, aquellos hijos de cabos y caudillejos de la frontera araucana que habían criado seis generaciones con las nodrizas que su brazo hacia cautivas en sus entradas a la tierra. Los partidarios de la causa real eran por consiguiente mucho más numerosos. …Por otra parte, un trastorno que había sido inaugurado en las casas solariegas de la poltrona Santiago, no podía ser del gusto de los hijos de Penco, que ni entonces ni ahora ceden de buen grado su predominio en los destinos de la Patria…

Desde los distintos lugares emergían jefes guerrilleros y capitanes de montoneras. En el siguiente párrafo nombremos a los principales, según la voz de Vicuña Mackenna.

En Yumbel “había armado a los hermanos Seguel (Juan de Dios y Dionisio)…””Nacimiento era  representado por Ventura y Eusebio Ruiz…En el Itata… José María Zapata, capataz de la hacienda Cucha Cucha de los Urrejola…en el Ñuble aparecían los cuatro Pincheira…dos hacendados del Perquilauquen (don Miguel Soto y don Leandro Parada) se hacían jefe de partida para defender sus pueblos y sus heredades

Se producía en la interioridad del Biobío una diferenciación de clase y los datos que presentan las fuentes, hacen dable suponer que los hacendados tomaban partido por la patria de Freire de Santiago y se armaban para contener a los guerrilleros que bajaban de la montaña popular de campesinos autónomos y de lof mapuches. Este hecho no es difícil de entender por cuanto ya desde fines del siglo XIX los comerciantes de Concepción establecían una creciente red económica triguera con estos hacendados santiaguinos, que capitalizaban y se hacían parte de la política metropolitana de Concepción y los enfrentaba al pequeño campesinado labrador que vivía de sus míseras siembras de trigo.

De una u otra manera, era evidente el ostensible afán de la clase mercantil hacendal de Santiago y Concepción por restablecer un equilibrio de fuerzas en donde O Higgins y Freire, no eran más que puntas de iceberg en el juego de la política clientelar y caudillista , adosada al emergente y amenazante mercantilismo que transitaba por las cubiertas de los barcos ingleses y de esa armada chilena  que más parecía una sucursal de la armada británica (oficiales y marinería inglesa) de poder post colonialista. Y  por otra parte, tanto unos como otros, actuaban teniendo como último argumento la acción disruptiva de la anarquía, que en el decir de ellos, se corporizaba en las acciones bandoleras, ya capitaneadas en ese momento por los líderes guerrilleros post realistas. En definitiva, el poder hacendal, por un lado, actuando desembozadamente para controlar el poder de la ciudad primada y por otra, un poder campesino, corporizado por la acción guerrillera mestiza plebeya y mapuche que fijaba las condiciones al sur del Biobío y en la pre cordillera, y que  amagaba, de tanto en tanto, a los pueblos escuálidos del valle central y también a las haciendas que trataban de restablecer su labores productivas, después de la debacle de Cancha Rayada, Chacabuco y Maipú. Muchas de estas haciendas eran activas colaboradoras de la “patria de Santiago” y eran por tanto un enemigo de las fuerzas guerrilleras de Benavides, Pincheira y demás jefes guerrilleros y mapuches.

Lo que siempre se está leyendo, cuando se analiza este periodo, es que efectivamente la política estuvo presente y si esta fue o no democrática. Otros han señalado la completa ignorancia de la plebe y del bajo pueblo para hacerse de la política. Y, por tanto, esta solo se habría restringido  a las manzanas centrales del centro de Santiago. Así, los Egaña y los Salas y también los Carrera y los Rodríguez serian depositarios de la política oficial y oficialista y por tanto republicana, como hábil operación de enmascaramiento oligárquico. Tanto Barros Arana y Encina, desarrollaron todos sus tomos de “historia” analizando los entre telones de la “política” en la plaza de armas del pueblo de Santiago. Los territorios y sus pueblos aledaños a Santiago, tanto del  mismo valle central, propiedad de los hacendados y del  norte minero, que pronto es cooptado por los financistas ingleses, es reducido analíticamente a la ignorancia del salvajismo, que más tarde llenara de vituperios el argentino racista de Sarmiento y que servirá para la política de conquista del desierto y de pacificación de la Araucania.

Lo que está claro es que las ciencias sociales y la historia no pueden escabullir por más tiempo la cuestión de si el pueblo mestizo estuvo en condiciones o no de construir política y por tanto, ser depositario de una condición de soberanía popular a partir de esta la primera guerra campesina popular. Cuando esta cuestión está planteada con un mínimo de rigor, es ineludible explicitar que vamos a entender por política y qué papel le podemos atribuir a los grupos sociales subalternos. Así, los hechos históricos efectivamente acontecidos en el Biobío Maulino entre 1822 y 1834 deben ser leídos a partir de una nueva episteme en donde el protagonismo de los de abajo, no solo los nombre como delincuentes bárbaros,  tan presentes en las únicas fuentes documentales judiciales, sino que comprometan un análisis “otro”, que dé cuenta de su vida completa y de su cotidianeidad y de porque optaron por las fuerzas del rey y del pueblo mapuche y chilote. El camino es evidentemente más pedregoso, pero resultará lleno de nuevas voces que necesitan ser consideradas para evidenciar la presencia central de aquellos pueblos a los cuales se les ha negado la historia.

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