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A propósito de ‘Chilezuela’

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“Si el Norte fuera el Sur”, así titula el cantautor guatemalteco Ricardo Arjona una de sus innumerables piezas musicales. Este clásico de la discografía crítica contemporánea, realiza un creativo ejercicio imaginario, al invertir las coordenadas geográficas, políticas y socioculturales Norte-Sur de nuestro continente. El contraste realza lo evidente: matices contrapuestos y una relación hegemónica sometida a recurrentes tensiones, demandas no resueltas y reivindicaciones insatisfechas. Similar ejercicio propone el término “Chilezuela”.

La expresión atribuida a la diputada electa Érika Olivera (RN-UDI), recoge los comentarios de la atleta y ahora política sobre la grave crisis institucional y social que azota a Venezuela y los riesgos de replicar la misma en Chile. El término resultó electoralmente efectivo y las redes sociales –hoy el escenario a través del cual muchos se dan cita para debatir y “resolver” la compleja elección chilena del domingo 17 de diciembre– lo asumieron y complementaron, unos a través del sarcasmo y la sátira política y otros manifestando auténtica preocupación o temor.

Twitter, Facebook, Instagram, YouTube y los propios grupos de WhatsApp integrados por comunidades venezolanas, exhiben imágenes de un falso tuit, atribuido a Nicolás Maduro, donde manifiesta su “… incondicional apoyo al compañero Alejandro Guillier, Precandidato Bolivariano a la Presidencia de Chile”; otros, creativamente, hacen uso de la edición gráfica y difunden imágenes de la Presidenta Michelle Bachelet y del candidato de la Nueva Mayoría ataviados con la boina militar de intenso color rojo característica de Hugo Chávez. Algunos, en idéntico propósito y aludiendo a la masiva estatización del sector empresarial venezolano, apuntan a la sustitución de marcas comerciales como UNIMARC por UNIMARX o SODIMAC por SODIMARX. 


Lo que podría dar al traste con el modelo democrático chileno, no es precisamente la disrupción a partir de un actor político autoritario. La auténtica amenaza es la desigualdad, el régimen centralista y la abstención electoral, temas que deberá abordar el próximo Presidente y las nuevas fracciones parlamentarias.

La diáspora venezolana radicada en Chile, hipersensible a causa del exilio impuesto por las precarias condiciones de vida y la radicalización autoritaria de Maduro, no se hizo esperar y asumió con intensidad el debate electoral, viralizando un video en donde advierten sobre los riesgos para este país si triunfa nuevamente la izquierda. El propio candidato Sebastián Piñera, quizá comprendiendo la inestimable secuela del insumo “Chilezuela”, ha relacionado al candidato Alejandro Guillier con Maduro, consolidando así el posicionamiento del tema “Venezuela” en la actual campaña electoral.

En la práctica propagandística electoral latinoamericana y también en España, se ha hecho frecuente la referencia al chavismo, su carácter autoritario y caótica gobernanza, endosando a uno de los actores electorales tales características. Ocurrió en su oportunidad con Ollanta Humala en Perú, hoy ocurre en Chile con Alejandro Guillier y en México, de cara a los comicios presidenciales del año 2018, la sombra se posa sobre el precandidato Andrés Manuel López Obrador. Esta práctica, aunque frecuente, lamentablemente instrumentaliza electoralmente y, en consecuencia, contingentemente una temática que, por su gravedad, hoy demanda especial y permanente atención. Al someterla al calor del debate electoral, corre el riesgo de relativizarse, pues se convierte en un eslogan de campaña, modificable y desechable.

Más allá del pegajoso eslogan, es imperativo cuestionarse si la realidad chilena podría asimilarse a la venezolana. Esto no requeriría de un ejercicio de imaginación como el propuesto en la canción que referí inicialmente. Es suficiente una mirada a la transición democrática chilena y los actores clave que la definieron. También, analizar brevemente el crecimiento lento pero sostenido de la economía y los índices de bienestar social. Por último, la expansión democrática que progresivamente robustece la institucionalidad, el ejercicio de las libertades y democratiza el espectro político nacional. Lo que podría dar al traste con el modelo democrático chileno, no es precisamente la disrupción a partir de un actor político autoritario. La auténtica amenaza es la desigualdad, el régimen centralista y la abstención electoral, temas que deberá abordar el próximo Presidente y las nuevas fracciones parlamentarias.

Las relaciones de Chile y Venezuela están atadas por lazos de solidaridad democrática. El 12 de septiembre de 1973, el Congreso de la República de Venezuela expresó su repudio al “golpe cuartelario consumado contra el gobierno constitucional del Presidente Salvador Allende”. En el año 1971, la comunidad chilena radicada en Venezuela alcanzaba unas 3 mil personas, tras el Golpe Militar y la instauración de la dictadura, la cifra alcanzó las 24 mil personas (1980). Entre septiembre de 1973 y enero de 1974, la sede diplomática venezolana en Santiago recibió 322 personas solicitantes de asilo.

Hoy, el creciente flujo migratorio venezolano tiene por destino Chile y unos 70 mil venezolanos se han instalado en este país. Tras los lamentables hechos de violencia política y la ruptura del orden constitucional, la Cancillería chilena ha expresado en las instancias internacionales su rechazo a tales acontecimientos. Asimismo, lidera actualmente los esfuerzos por la restitución del orden democrático en Venezuela y su sede diplomática en Caracas concede asilo a los perseguidos políticos.

Finalmente, estos gestos recíprocos de solidaridad parecen definir una política internacional de Estado difícil de abandonar, mucho más coherente y contributiva a la causa democrática venezolana que el posicionamiento de “Chilezuela”, un insumo electoral emocional, promotor del miedo y desechable. ¿Funcionará? ¿Persuadirá la voluntad del votante? No lo sé, “cuando menos se piensa, salta la liebre”.

TAGS: #Chilezuela #Discurso #SegundaVuelta2017

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