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A dos años de la revuelta: ¿Qué aprendimos del Movimiento de Aysén?

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Diversas interpretaciones sobre los logros del movimiento social hemos leído en los últimos meses. Para el gobierno, más de un 90 % de avance de los compromisos. Para algunos dirigentes oficialistas el cómputo anda cerca, siendo un poco menos generosos los sectores menos proclives a la actual administración, para desembocar en una mirada de fracaso absoluto por parte de otros actores. Tal numérico afán es ilusorio en la hora vigente.

Hace dos años, el 24 de febrero de 2012, fue enviado el siguiente mensaje a tres posibles casillas electrónicas del Presidente Sebastián Piñera: “Envío a usted propuestas del Movimiento Social para la Región de Aysén.  Nuestros atentos saludos.  Iván Fuentes. Vocero Movimiento Social por la Región de Aysén”.

Aunque parezca insólito, y contrariando los mitos creados por los analistas de inteligencia en su afán por develar la capacidad logística y comunicacional de los revoltosos, la historia es mucho más pedestre de lo que parece.  Con el puente Ibáñez bloqueado, sin posibilidades de imprimir y entregar físicamente el documento de 22 páginas preparado con las propuestas temáticas de cada uno de los 11 puntos y con las relaciones cortadas con la autoridad regional, la solución más sencilla fue remitir un correo a las direcciones que suponíamos tenía el Primer Mandatario: [email protected], [email protected], [email protected]. A este le siguieron emails a parlamentarios y algunos ministros.

Dos fueron las respuestas que llegaron a la cuenta oficial del movimiento.  Del senador DC Patricio Walker: “Estimado Iván. Comparto plenamente la propuesta. Sigue contando con nosotros para seguir luchando por las demandas legítimas de la gente de Aysén. Un abrazo”.  Y del vocero de gobierno a la fecha, Andrés Chadwick: “Muchas gracias…saludos”.  También, una no solicitada réplica de la intendenta Pilar Cuevas.

En estos dos años, bastante agua ha pasado bajo el infinitamente retratado puente de Aysén.  Bajo aquel ícono de la rebelión popular frente a lo que muchos consideramos fueron y son aspiraciones legítimas de este territorio y de quienes en él vivimos. Algunas, las que no comprometían el paradigma político, social y económico heredado de la dictadura y administrado en democracia, fueron abordadas con premura.  El bono de leña, becas para estudiantes, el proyecto de ley para una zona franca y varias mejoras hospitalarias, entre otras acciones, son ejemplo de ello.  Demandas específicas necesarias por la urgencia que imprime la desigualdad pero que no apuntan a la transformación del injusto entramado institucional.

Otras, en cambio, se mantienen vigentes y sin respuesta; sueldo mínimo regionalizado y nivelación de la asignación de zona para los empleados públicos entran en esta categoría.  También, las que herían el paradigma del modelo chileno, el de la imposición vertical y corporativa de formas de desarrollo.  En esas demandas estuvo y está que los ciudadanos podamos participar vinculantemente en las decisiones sobre lo que ocurre en los territorios que habitamos, en todos los niveles de impacto: local, regional, nacional.  Tal es un requerimiento estructural que no se agota en más recursos económicos que no cambian un ápice el Chile vigente.  Es incluso uno de los pocos de los 11 puntos que trascendió y fue parte del debate de la pasada contienda presidencial.

Diversas interpretaciones sobre los logros del movimiento social hemos leído en los últimos meses.  Para el gobierno, más de un 90 % de avance de los compromisos.  Para algunos dirigentes oficialistas el cómputo anda cerca, siendo un poco menos generosos los sectores menos proclives a la actual administración, para desembocar en una mirada de fracaso absoluto por parte de otros actores.  Tal numérico afán es ilusorio en la hora vigente.

Hoy, similar a lo ocurrido con la ex Concertación, las evaluaciones parecieran ser del tipo autocomplaciente y autoflagelante.  Entre los primeros estarían quienes se sienten obligados a extraer sólo lo positivo porque se asumen mayormente responsables de lo ocurrido; nadie se enorgullece de impulsar un alto sacrificio generalizado para obtener magros resultados.  Entre los segundos, quienes fueron críticos del proceso desde un principio junto a los que se desencantaron en el camino.  Todo esto obvia, por cierto, que tanto aciertos como errores tienen mucho de trabajo colectivo y no solo de individualidad.

Tal divergencia sobre lo que vivimos no es un efecto nuevo, es consustancial a todo proceso en que convergen múltiples objetivos y visiones de sociedad.  Pasó con grandes revoluciones como las de Francia y Rusia, y pequeñas revueltas históricas como la de Haymarket (Chicago, 1886) que dio paso a la conmemoración del 1 de mayo.  O la de la Chaucha en el Santiago de 1949 contra el aumento del valor del boleto del transporte público.

Quizás es muy pronto para sacar conclusiones más allá de los logros materiales alcanzados o pendientes.  Cayó un ministro de Energía, Aysén reforzó una presencia nacional que ya venía exhibiendo por su protagonismo ante el proyecto HidroAysén y la autoestima voló alto en cada esquina de la región, forman parte del arqueo social.

Serán los años venideros los que permitirán, con la calma y la perspectiva que da el tiempo, hacer una evaluación más ecuánime.  Lo que sí sabemos es que Aysén no comenzó ni terminó con el movimiento social.  Fue un hito relevante que rescatamos todos quienes participamos y que somos mayoría en la región, pero que también sabemos es parte de un proceso superior.

Por eso extraño suena esa suerte de institucionalización de la mesa social que posteriormente se generó.  Hoy un organismo sin mandato, a la luz de que gran parte de las organizaciones y colectivos que la sustentaban y que dieron piso a sus demandas ya no la integran, sin embargo lo cual siguen defendiendo sus aspiraciones fuera del disminuido funcionamiento de tal obsoleta estructura.

Porque si Aysén se movilizó hace dos años por algo, fue también para erradicar el vicio de la falsa representación perpetua, que en un raro proceso de fosilización pierde legitimidad y solo sirve a quienes interesadamente validan tales orgánicas, en este caso la autoridad vigente.  Eso es algo que tenemos claro muchos de quienes fuimos parte, en cierta medida, de los hechos ocurridos hace dos años ya.

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Fernando

26 de febrero

Aprendimos que hasta los voceros se venden. Como quisiera equivocarme, pero quitaron del medio, al hombre que aglutinaba voluntades. Lamentable

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