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A 30 años del secuestro de Carreño: ¿Dónde está Manuel?

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Hace 30 años, Santiago era muy distinto al de hoy. En la calle Simón Bolívar de La Reina, todo era silencio. El paso de un par de autos rompió con la pesadumbre y la leve brisa húmeda de esa mañana. Exactamente a las 07.15 horas, Carlos Carreño, se arregla la ropa, camina entre la puerta de su casa y una pequeña reja, hasta llegar a la calle. De pronto se ve encañonado por seis hombres, que lo obligan a subir a un furgón utilitario celeste. De esa manera comenzaría un camino sin retorno, repleto de sorpresas, angustias y situaciones jamás imaginadas.

El general Pinochet, sentado en su escritorio frente a dos altos oficiales, se entera del plagio del Coronel Carreño. La primera reacción del dictador, fue culpar a la FACH. Afirmó que siempre el diablo intenta meter la cola, – y agregó- con el propósito de vender sus propios aviones a clientes árabes.

Después de un rato, de esa reunión salió una orden concreta y tajante. Busquen al oficial Carreño y tráiganlo a mi presencia, ordenó Pinochet. En voz tranquila, pero firme agregó: No importa su estado de salud o condición física.

Pasaron los días. Sin embargo, su orden no pudo cumplirse. Al subdirector de Famae, se lo había tragado la tierra. Miles de militares fuertemente armados, patrullaban las calles y un bloque de búsqueda revisaba miles de hogares sin éxito. 


Manuel, emprende la huida a pie. Logra perder al furgón que lo sigue. Se aleja unos cien metros de sus perseguidores. Escucha los ruidos y gritos, de varios autos y hombres armados. Cuando cree que ha logrado burlar su presencia, se encuentra de frente con sus captores. El flaco, es uno de los últimos desaparecidos de la dictadura.

El día lunes 8 de septiembre del año 1987, en el Cuartel de Borgoño de la CNI, la inteligencia militar del Ejército en pleno, y luego de varias dudas y supuestas certezas, incluida la del autosecuestro por fines económicos, se impuso la idea que el FPMR, lo tenía.

Ese mismo día, comienza la casería humana. Manuel Sepúlveda, un joven de 28 años, detuvo su moto amarilla y la estacionó a un lado del kiosco azul de diarios en la calle Narbona, con Ramón Cruz, en Ñuñoa. Eran las 18.05 horas. Mientras mueve con su pierna la palanca de la moto, otea como un furgón utilitario de color celeste, intenta frenar bruscamente, doblando en u, por debajo del puente de cemento.

Manuel, emprende la huida a pie. Logra perder al furgón que lo sigue, medio corriendo entre los edificios del sector, se aleja unos cien metros de sus perseguidores. Escucha los ruidos y gritos, de varios autos y hombres armados. Cuando cree que ha logrado burlar su presencia, sale hacia la calle Américo Vespucio y se encuentra de frente con sus captores. Otros cuatro jóvenes, fueron detenidos en Santiago en iguales condiciones: José Peña; Julio Muñoz; Alejandro Pinochet y Gonzalo Fuenzalida.

Días después, dos altos oficiales que conocían al Coronel Carreño solicitaron una reunión para intentar persuadir a Pinochet que pagara el dinero del rescate y salvará la vida del oficial de 39 años. El dictador los miró con cierto desprecio y les informó que no hay negociación de dinero por el Coronel. “Sí lo matan, lo matan no más”. Eso fue todo.

A finales del mes de septiembre, en el Cuartel Borgoño de la CNI, no hay información alguna del Coronel Carreño. Los torturadores se equivocaron de personas. Ninguno de los detenidos pertenecían al FPMR-A, que recientemente se había fraccionado del Partido Comunista.

¿Qué hacer entonces con los 5 jóvenes? La respuesta llegaría del más alto nivel del Ejército. Pinochet, ordena que no haya intercambio, ni negociación posible. Hay que eliminar a los cinco. El operativo comienza de inmediato. Los detenidos están en pésimas condiciones, algunos incluso agónicos.

El agente civil, Mateo Tapia Flores, conocido en la CNI como “El Quincy”, encontró a Manuel Sepúlveda colgado de las manos en uno de los calabozos, con su cuerpo medio desnudo y su rostro ensangrentado. Aún mantenía su camiseta blanca que parecía rojiza. A unos dos metros, estaban su jeans y sus botas color café.

“El Quincy” lo miró y desde lejos le golpeó en el abdomen tres veces con un trozo de madera. No hubo reacción alguna de parte de la víctima, que seguía con su cabeza agachas. No dudo un instante y le aplicó una inyección letal. Igual suerte corrieron los otros cuatro jóvenes.

Esa misma mañana, el propio helicóptero de Pinochet, con Víctor Campos, su piloto de confianza se eleva desde el aeródromo de Tobalaba, para cruzar Santiago, con destino al Centro Militar de Peldehue. En ese lugar, lo esperan varios agentes de la CNI. En el piso metálico del Puma H-258 perteneciente al Ejército de Chile, son depositados los 5 cuerpos. La nave color verde se eleva, dejando una inmensa polvareda a su paso. Luego enfila hacia Til Til, cruza el Monumento a Manuel Rodríguez; y la cuesta La Dormida y llega al sur de Olmué. Es el último paso por Valparaíso de Manuel y Alejandro, dos jóvenes porteños, que recorren los cerros, en una despedida involuntaria.

El ruido enorme de la pesada nave, finalmente se perdió entre las caletas de Tunquén y Quintay, en la costa de Valparaíso, unos 10 kilómetros mar adentro. La puerta lateral derecha del Puma H-258 se abrió. Los cuerpos de los 5 jóvenes, fueron lanzados uno a uno, al fondo del mar. El hombre encargado de cerrar la puerta, tropezó con el riel que permanecía amarrado al cuerpo de Manuel y estuvo a punto de caer al mar. El arrastre de los rieles, mezclado con el aire que entró de golpe al helicóptero, desestabilizó la nave. La pericia del “Chino” Campos, salvó la situación. El H-285, se pudo estabilizar y emprendió su vuelo de regreso hacia Santiago.

En tanto, el Coronel Carreño, continuaba sin aparecer. A finales del mes de noviembre, inició un viaje por tierra, acostado en el fondo de una camioneta, dormido por un sedante. Despertó en territorio argentino. Sus captores cantaban la canción nacional como un signo de haber salido de Chile, sin ser detectados. Carlos Carreño, se alegró. Lo único que no deseaba, era ser rescatado por sus compañeros de armas. Tenía certeza absoluta que de ocurrir algo así, no escaparía de la muerte.

Carlos Carreño, se dio cuenta que estaba en Argentina. Sus captores seguían amables y hasta conversaban de política y de la vida cotidiana. Pero un día todo eso cambió. Fue interrogado y filmado. Las preguntas cambiaron. Esta vez, eran muy específicas sobre las negociaciones de armas de FAMAE y de las tratativas con los iraníes. El Coronel respondió lo que pudo, pero el cuestionario le pareció demasiado familiar.

El día 3 de diciembre del año 1987, Carlos Carreño es liberado finalmente en Brasil. A las 16.00 horas se presenta en un periódico local de Sao Paulo. Elegantemente vestido, pero bastante delgado, declaró que lo han tratado bien y que lo único que desea es volver junto a su familia. Años después Carlos Carreño, declaró que está convencido que su secuestro, fue monitoreado por la inteligencia del Ejército. La prueba que entrega para afirmar su sospecha, es que estando en las oficinas del DINE, en calle República, sus superiores le mostraron el video del interrogatorio en Argentina. Había pasado menos de un mes.

 A 30 años del secuestro, el Coronel Carreño, sabe que su vida cambió para siempre en sólo seis meses. Estuvo tres meses cautivo y una vez liberado el Ejército le cursó la baja, en otros tres meses más. Por su parte, Manuel y los otros cuatro jóvenes, aún permanecen desaparecidos. Son los últimos desaparecidos de la dictadura.

TAGS: #CoronelCarreño #DDHH #Ejecutados #FPMR

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