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Había una vez un parque

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¿Qué ocurre con el espacio público, el espacio de todos? Ahí donde la gente comparte, se ve la cara, conversa, juega, hace familia y comunidad. ¿Por qué optar por un lugar cerrado, sin luz natural, climatizado, lleno de estacionamientos, que cobra, que pertenece en exclusiva a una empresa, cuando tenemos lugares abiertos, gratuitos, verdes y de todos?

Hace poco tiempo, la comuna de Las Condes gozaba de un amplio parque de 30 hectáreas dónde los vecinos, sus hijos y familias en general podían ir a disfrutar de sus árboles, jardines y espacios verdes. Algunos jugaban, otros hacían deporte y los más, simplemente descansaban, porque dentro de la ciudad, encontrar un lugar de quietud, alejado del estrés, vale oro.

Lamentablemente, al parecer no a todo el mundo le gustaba que existiera un espacio público como este, al que todos pudieran entrar gratuitamente y disfrutar de la naturaleza (como si en esta ciudad existiesen muchos).

Había que introducir comercio, había que cobrar, faltaba cemento, había que poner muros: había que cortar el parque en dos. Y ojo, que ni siquiera me estoy refiriendo a lo cuestionable que fue el proceso que algunos han catalogado como la “privatización del parque” (antecedentes que podemos encontrar en la buena investigación de Ciper).

No, de lo que hablo es de la forma de concebir la ciudad, la comuna, los espacios públicos, de incorporar un urbanismo sustentable y sano como parte de la planificación de nuestra ciudad.

En arte describen un fenómeno que denominan como “terror al espacio vacío” (horror vacui), cuando el artista llena y llena su obra hasta su más mínimo espacio, generando agobio y saturación. A eso mismo me estoy refiriendo, a la saturación del espacio público, a los pocos espacios que van quedando con esa denominación. De llenar cada centímetro con edificaciones, de la imposibilidad de dejar expresarse a la naturaleza, de entender que todo es un “mall” (no tengo nada en contra de ellos, pero creo hablar por muchos cuando digo que no queremos que nuestro poco tiempo libre, nuestra vida y momentos familiares se realicen y desarrollen en torno y dentro de este tipo de establecimientos donde hasta el aire es artificial).

¿Qué ocurre con el espacio público, el espacio de todos? Ahí donde la gente comparte, se ve la cara, conversa, juega, hace familia y comunidad. ¿Por qué optar por un lugar cerrado, sin luz natural, climatizado, lleno de estacionamientos, que cobra, que pertenece en exclusiva a una empresa, cuando tenemos lugares abiertos, gratuitos, verdes y de todos?

Estamos hablando de calidad de vida, de recuperar el gozo con las cosas simples y gratis.

Las Condes es una comuna que, por sus ingresos, se podría dar el lujo de tener parques y áreas verdes, comparable con los grandes parques en ciudades de países desarrollados, reconocidos a nivel mundial. Es esto, y no el llamado al consumismo lo que finalmente eleva la calidad de vida de sus habitantes.

Sin embargo, se ha preferido cortar los árboles y colocar comercio, chimeneas y muros.

¿Queremos que esto siga ocurriendo con nuestros lugares de esparcimiento? Las Condes necesita un cambio.

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Fuente de fotografía

 

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