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Política mediática v/s redes sociales

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Esa participación se explica porque las redes sociales cambian las lógicas de la comunicación piramidal, actuando como un espacio de discusión que fomenta interés social, abriendo espacios para conversaciones políticas y abogando por la transparencia de las instituciones.

Uno de los manifiestos que jamás olvida la clase política es el referido al “saber decir y el saber hacer”. En el contexto de la sociedad de la información (por utilizar algún adjetivo), donde todo adquiere visibilidad y donde todo puede ser expuesto, la opinión pública parece estar actuando como un verdadero árbitro de escrutinio público. Esa es una de las paradojas de la propia mediatización política: tener la capacidad de controlar la política mediática y de verse simultáneamente expuesto por el mismo control que puede eventualmente ejercer la sociedad civil.

La disciplina de la comunicación política conoce perfectamente las vinculaciones que existen entre la psicología y la publicidad. Si el manifiesto de la política mediática es el “saber decir y el saber hacer”, la clase política conoce perfectamente el cómo desarrollar un tono lingüístico apropiado para cada contexto en el cual está inmerso, sabiendo con gran sutileza el tipo de vocabulario, el dominio de los signos, códigos y significados. Este manifiesto surge básicamente por la colonización de la esfera privada en el espacio público, relegando a un segundo plano el bien común, los asuntos públicos propiamente tales, y la discusión sobre el futuro de la sociedad. Por ende, debido al auge de lo privado, el manifiesto de la política se transforma en regla general.

Como hemos visto, la regla general es “saber decir y saber hacer”. La clase política tiene que conseguir principalmente dos objetivos que son centrales. El primero de ellos guarda relación fundamentalmente con dominar la agenda pública. Vale decir, aquello que se discute como sociedad en un momento determinado. Este intento por dominar la agenda se explica cuando estratégicamente se quiere controlar los tiempos y espacios de la política: dónde se juega, en qué momento se habla, qué temas se hablan y cómo se hablan. Del mismo modo, el dominio de la agenda es importante para que se puedan trazar las pautas de los temas que se quieran instalar en la esfera pública. El segundo objetivo es concitar el interés de los propios medios de comunicación. El manifiesto de la política mediática aquí es bastante claro: “yo busco al medio y él también a mí”. En efecto, se debe tener cobertura mediática y buscar cobertura. Si se busca el interés es porque se quiere enmarcar el tema (conocido como encuadre o framing) para que ronde en la opinión pública. Pero la pregunta que está detrás es: ¿cómo enmarcar los temas que pretendo instalar? El manifiesto de la política mediática, en tanto que “saber decir y saber hacer”, sostendrá en primer lugar que es necesaria una operación discursiva que sea capaz de ocupar rótulos eufemísticos para esconder la verdadera realidad de un tema (“pido perdón”, “cometí irregularidades pero no incumplí nada”, “el debate está politizado”, “un discurso ideológico”, “los problemas reales de la gente”). En segundo lugar, apelar a lo privado como tal, dejando de lado los temas de interés público, utilizando lo visceral y lo emocional, neutralizando efectivamente los discursos que traspasan la frontera de los intereses personales (dicotomizando la realidad entre los “buenos y los malos”).

Esto último no es menor, ya que hay una reciprocidad evidente entre los medios de comunicación y la opinión pública. El gran estado de fragilidad en la que se encuentra la sociedad civil permite que los medios influyan en los criterios (el gusto, el interés, la afinidad, etc.), que los ciudadanos consideran relevantes o importantes para evaluar a la clase política (en las encuestas de circulación nacional como Adimark o CEP). No obstante, eso no quita que tampoco los ciudadanos puedan pensar en cómo se presenta una noticia. Por eso hay una reciprocidad, “el medio decide qué es lo importante y lo que no, pero yo también tengo la libertad de discernir cómo digerir la información”.

Ejemplos de lo expuesto en el párrafo anterior abundan cuando vemos la ductilidad de la opinión pública, su aire tan cambiante y sus vaivenes entre que “un día sí y otro no”. Desde ese punto de vista, el manifiesto de la política mediática sabe de antemano que el estado de fragilidad de la sociedad civil y la opinión pública obedece a la preocupación de “lo privado” en detrimento de “lo público”. Esa irrupción de los asuntos privados se caracteriza por la preocupación individual del presente, en la ansiedad del futuro y el miedo del pasado (algo ya muy investigado por los sociólogos). “Me interesa lo que me pasa a mí solamente” es la consigna que está arraigada en las percepciones -positivas y negativas- de la opinión pública sobre seguridad, trabajo, educación y salud.

En consecuencia, el manifiesto de la política mediática es una expresión de cómo tienen que llevarse a cabo las discusiones políticas de hoy en adelante, deslindando o trazando los límites entre lo que se puede decir y lo que es indecible, entre lo que es verdadero y lo que es falso, entre lo bueno y lo malo. Por ello, el desafío como alternativa podría perfectamente venir desde el control que poco a poco están realizando los ciudadanos, intentando romper las barreras de dicho manifiesto a través de la participación en redes sociales (no necesariamente Facebook y Twitter). Esa participación se explica porque las redes sociales cambian las lógicas de la comunicación piramidal, actuando como un espacio de discusión que fomenta interés social, abriendo espacios para conversaciones políticas y abogando por la transparencia de las instituciones. De modo que no es posible desconocer la potencial importancia que pueden tener como canalizadores de demandas y sentimiento de injusticias (una labor que antes era encomendada a los partidos). Ya hemos visto casos en donde las redes se han estado constituyendo como los principales vehículos para transmitir y presionar al gobierno de turno para la generación de políticas públicas que favorezcan a la ciudadanía, o situaciones en que el sentimiento de injusticia se transforma en estallidos colectivos (que podrían desencadenar en movimientos sociales) para cambiar un orden de cosas.

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