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Mi vecino Edmundo. Prólogo de la TV del siglo XXI

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Hace dos días caminando por el barrio Santa Isabel, y esquivando la frondosa publicidad de las empresas constructoras que han sabido aprovechar las facilidades del Plan Regulador de la comuna de Santiago, me encontré con un carro de bomberos a la salida de uno de las nuevas construcciones de mi calle. Eran cerca de las 18 hrs. y bromeando dije que se le había quemado el departamento a “Edmundo”, el auto-definido chico mediático de la televisión chilena. La sospecha databa desde hace un par de semanas, cuando en medio de la noche… y en dirección contraria, una periodista y un camarógrafo corrían persiguiendo a un auto que se introdujo velozmente en el mismo edificio. Ahora sé que efectivamente soy vecino de Edmundo Varas, el futbolista de tercera división y ganador del reality show Amor Ciego de Canal 13.

Es difícil ver la televisión nacional y no escuchar en los diversos canales, siguiendo una especie de coro religioso, las historias de Edmundo, quizás el símbolo de lo patético de nuestra cultura audiovisual. Sin dudas sería un buen personaje de teatro griego, predestinado a tragedia del sueño del consumo capitalista. Su origen popular, el ascenso violento a través de la utilización de los medios de comunicación que lo erigió como el símbolo de un romanticismo ceniciento, y la sucesiva exposición de su violencia. Es como si tuviéramos el temperamento iracundo Heathcliff –de Cumbres Borrascosas, la excelente novela de Emily Bronte- actuando en un Chile de escenarios realistas y mentiras convincentes al estilo de “The Truman Show”.

La televisión de la “dueña de casa” predomina durante todo el día. En nuestra TV abierta disfrutamos cómo se llena la pantalla de variadas teleseries, programas de farándula, reality shows, fútbol, programas de las policías nacionales, películas repetidas, e innumerables menciones publicitarias. Según los ejecutivos de nuestros canales de televisión hoy se hace un indiscutible aporte cultural-educativo, y alguno un poco más pragmático afirma que si hay dudas acerca de los contenidos: “nos ven igual”,  sentenciando que el mercado funciona. Ahora es relevante preguntarse si la televisión nacional es pensada para promover las producciones audiovisuales nacionales de calidad o son más bien sólo un soporte para la venta de una amplia variedad de productos. Los salomónicos dirán que por qué no conciliar las dos cosas. Yo creo que de comercio tenemos exceso y hay que jugarse por crear opciones nuevas que se distancien lo que más puedan de la venta de productos.

Conozco de cerca tres canales de televisión que me parecen que exploran dentro de sus posibilidades en el entendimiento de que la televisión puede ir más allá. ARTE es un canal franco-alemán, que lamentablemente no llega ni una muestra por la señal internacional de TV 5 (televisión francesa), y que nos presenta una diversidad temática muy llamativa. Por otra parte, TV Cultura y Futura de Brasil también intentan relevar programas de realización brasileña, festivales de cine, programas de contenido educativo, e historia de América Latina, entre otros.

Chile perdió sus dos canales universitarios. El Canal 9-11-RT o Chilevisión –vendido por la Universidad de Chile tristemente hace ya muchos años, y que pasó en su via crucis por las manos de nuestro mismísimo Presidente-, y Canal 13 –perteneciente a la Universidad Católica, pero vendido recientemente al grupo Luksic-. Las Universidades de Chile y de Santiago afortunadamente conservan sus estaciones de radio, y transmiten hasta nuestros días programas de alto contenido social, político y científico.

Nuestro país tiene la obligación de constituir alternativas que nos hagan mejores como sociedad. La creencia del poder de los medios de comunicación y de las nuevas tecnologías debiese conjugarse con una exigencia por mejorar la calidad de ellos, pensando en el impacto educativo en las nuevas y viejas generaciones. Una ingeniosa caricatura que vi el año ponía el contraste de la calidad de imagen antigua y la high definition, sin embargo en ambas el objeto de observación es el mismo: un tarro de basura.

Creo no equivocarme en pensar en que esta opción pública debiese ser un derecho. Algunos países de América Latina han logrado recientemente establecer leyes de medios de comunicación que han atacado la concentración en pocas manos de los medios, generando opciones comunitarias y estatales, al lado de los tradicionales canales privados. Para poder elegir de verdad necesitamos opciones reales y abiertas.

A un par de metros, mientras escribo esta columna, Edmundo debe estar descansando en su departamento. Probablemente alguno que otro canal de televisión se mantiene informado sobre sus movimientos, como Frodo seguido por la mirada de Sauron, mientras que al mismo tiempo oculta tanta realidad pública que permanece en una peligrosa zona desconocida.

 

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18 de Febrero

“Nuestro país tiene la obligación de constituir alternativas que nos hagan mejores como sociedad.” Los medios construyen realidad y en Chile ese poder de construirla está en manos de un grupo que comparte la misma ideología y que hoy además es gobierno. Muy cercano a un totalitarismo Siglo XXI este sistema de medios y poder.

18 de Febrero

“Es difícil ver la televisión nacional y no escuchar en los diversos canales, siguiendo una especie de coro religioso, las historias de Edmundo, quizás el símbolo de lo patético de nuestra cultura audiovisual.”
Creo que estás mezclando dos ideas que son de interés pero que se pierden en el juicio de valor respecto al personaje en cuestión. Una, que evidentemente expones con claridad, es la necesidad de considerar un tipo de televisión diferente. La otra es el fenómeno de Edmundo Varas, que sólo por su carácter de fenómeno nos dice mucho de nuestra sociedad (más incluso que los medios).
Cuando enfrentamos proyectos de televisión diferente, no estoy seguro que la opción que yo beneficiaría es la de transformar la televisión en un nuevo escenario de la aburrida “alta sociedad cultural.” Creo que si es necesario pensar en formas de comunicación que permitan una comprensión de lo que somos como comunidad.
Lo segundo, la exposición del personaje, si nos dice mucho de lo que somos, aunque mediante la individualización de alguien con quien mucha gente podría identificarse. Es un modelo que sintetiza muchas narrativas: el joven pobre que se enamora de la chica rica/rubia y es medianamente correspondido, el joven pobre que utiliza sus talentos para salir de su pobreza, el macho recio que puede aplicar violencia cuando quiere, etc. Lo mismo ocurre con otros personajes similares que no necesariamente caen en la categoría de TV para la “dueña de casa” (la historia de Natalia Rodríguez, “Arenita,” o de las teleseries nocturnas donde el/la profesional exitoso/a , además de ser madre/padre responsable, consume drogas, es alcohólico/a, y/o machista promiscuo/a, por ejemplo).
En un país o cultura donde la desigualdad es tan campante, estos nombres y personajes son ejemplos de nuestra cultura popular y hegemónica, no solo los productos de los medios de comunicación. Mas bien, los medios parecen hacer un esfuerzo por incluir esa cultura con fines políticos (especialmente cuando después de ser dueño de un canal, alguien se transforma en presidente). Por lo tanto, ese simbolismo audiovisual no implica necesariamente que no se refleje lo que somos como sociedad, tanto como se construye un discurso político.
Saludos.

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