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Deterioro ético y crisis de la TV abierta

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A la mayoría de los chilenos no le ha llamado la atención que, justo cuando el país se debate en medio de una brutal crisis de confianza, haya surgido la noticia que ponía el caso de los quemados por una patrulla militar, en plena dictadura, en un primer plano del interés ciudadano, alterando la pauta fijada por los medios y obligándolos a cambiar de dirección. Se actualizaba el caso gracias a nuevas diligencias y al aporte de un testigo clave para esclarecer el crimen y definitivamente dictar sentencias. Un hecho bien recibido por la opinión pública y de común incidencia en un país atormentado por sus deudas pendientes con los DD.HH; especialmente tratándose de un atentado que lo conmovió y trascendió sus fronteras.


Es importante recordar que todo programa periodístico exhibido por una estación televisiva o cualquier otro medio, debe estar al servicio de la verdad, y no del capricho o el cinismo particular de un comunicador.

Se sabe que en situaciones como esta, las pasiones cambian de giro y los odios resurgen provistos de nuevas energías y se parapetan en la vereda de enfrente, dispuestos a calificar el hecho judicial como oportunismo, manejo político, cortinas de humo y otras majaderías de exacerbación del cinismo, rayanas en el absurdo. No es raro entonces que seamos testigos de la inquietante reacción de una minoría que no empatiza con el dolor ni con nada que tenga que ver con crímenes de lesa humanidad, y que, al contrario, sugiera que hay que dar vuelta la página y olvidarse del pasado. Se trata de los restos de una identidad egoísta y personalista heredada de los tiempos de la dictadura; los que por fortuna, se encuentran en retirada ante el avance de los movimientos de solidaridad incubados en las redes sociales y en la conciencia pública.

Ante tal coyuntura, y como si se tratara de una colusión mediática que necesitara el espaldarazo de algún gurú, el comunicador Fernando Villegas hizo lo suyo en el programa Tolerancia Cero de la televisión abierta, teniendo como invitada a la sobreviviente  del atentado, Carmen Gloria Quintana. Como se sabe, en la dramática circunstancia, el comunicador se permitió sostener que ya había “pasado la vieja” para hacer justicia en el caso de los jóvenes quemados, porque el país estaba en otra. Luego, enfatizó que con estos episodios  “vuelven a encenderse los potenciales de odio y revancha…” y que los enemigos “están en  la onda de la molotov”. Habló de “rabias a fuego lento…” ¿A título de qué? ¿Es posible mal interpretar sus dichos? Lo dijo como si la invitada no hubiera existido. Con una carencia de empatía por la tragedia ajena, sencillamente escalofriante.

Es cierto que, al amparo de sus muchas declaraciones, el señor Villegas se ha manifestado como un rebuscado prodigio de originalidad, cuya excentricidad no siempre achacable a la autenticidad de lo natural, lo convierte en la representación inequívoca de una sociedad perturbada por el síndrome de forzar la verdad a mostrarse inerme, inoportuna y boba. Un comunicador dispuesto a saltarse las convenciones que, normalmente debieran estar bien instaladas en los escenarios de la televisión, para salvaguardar la dignidad y el respeto de los invitados. Esto, de alguna manera, compromete a la propia estación, pese al cartón de responsabilidad con que se intenta siempre eludir responsabilidades éticas. No es ajeno a la realidad de la televisión abierta, por razones de competencia, que en su interior se imponga la indolencia y la incapacidad de someter sus productos a ciertos patrones éticos, y de prestar atención a las nuevas tendencias de empoderamiento y solidaridad que se manifiestan a diario en un mundo interconectado, donde la empatía es dato decisivo a la hora de conectarse con el otro, sea blanco, negro, cobrizo, chileno, turco o marroquí; pobre o rico, condescendiente o contestatario. Aquí, por lo incidente, me remito a un artículo firmado por Florent Sadou en la revista digital El Mostrador de 31 de julio de 2015.

Con ese vocabulario sesgado, laberíntico y mañoso, el señor Villegas denota una clara indisposición para que la verdad se indague; incapaz de darse cuenta (en el mejor de los casos) de que con su “ya pasó la vieja”, estaba mandando al tacho de la basura la imprescriptibilidad de los crímenes de lesa humanidad, la inmarcesibilidad de la verdad y el justo anhelo de que cada hombre y mujer reciba lo suyo cuando un tribunal así lo demande. Aunque sus reflexiones correspondan a la postura de una minoría, se puede afirmar que el discurso del comunicador, aparte de ser errático, es claramente tendencioso, porque reprueba a priori a todo un sector de la política chilena, cargándolo de sospecha. Ya dio cuenta de ello cuando el año 2010 la revista digital The Clinic, con ocasión de un artículo suyo sobre la felicidad, le preguntó “por qué la gente le tenía tanta mala”, a lo que él contestó: “Debe ser porque no estoy en la línea de pensamiento de lo que llaman el mundo progresista, un mundo de personas que siempre consideré intrínsecamente bobas. Marxistas que no habían leído a Marx”. De ello se puede colegir su total falta de empatía con todo lo que huela a desaparecido, a quemado vivo o a asesinado durante la dictadura…

Pero la cuestión no es la performance del señor Villegas como fenómeno individual sometido a los caprichos de su ego, sino el fenómeno que campea soberbio en la sociedad chilena de hoy, y que contamina incluso a los medios de comunicación, teñidos hoy de una singular filosofía del cinismo, curiosamente pavimentada por el fenómeno de la farándula, como pie histórico de un lento deterioro ético de la televisión abierta. En el presente caso, la estación estaría haciendo causa común con su brutal falta de empatía, cuestión que contraría  los postulados de servicio, colaboración y respeto con que nació la televisión en Chile y que aun continúan vigentes gracias a las declaraciones corporativas de sus misiones. De aquí que sea lícito preguntarse: ¿El caso de Villegas es un síntoma del deterioro ético en la gestión de la TV abierta? ¿Responde a una característica de la competencia, el ponerse al margen de los controles éticos y banalizar la relación con el otro, con merma de la empatía con los televidentes, y eventualmente, con un invitado sensibilizado por el horror de una experiencia extrema?

Es importante recordar que todo programa periodístico exhibido por una estación televisiva o cualquier otro medio, debe estar al servicio de la verdad, y no del capricho o el cinismo particular de un comunicador. Pero más importante aún, es concluir que todas las observaciones vertidas aquí, son la consecuencia perturbadora que tiene en una sociedad, el desprecio del dolor del otro, y la ausencia de empatía cuando se trata de víctimas de violencia extrema a manos de agentes y soldados del Estado, en un momento muy doloroso de la historia del país.

Nota para el estado de caso: Ayer domingo 2 de agosto, debutó en Tolerancia Cero la periodista Mónica González. Una medida sabia, poco común en la televisión abierta. Como calculada para corregir las contradicciones de la estación. Cogiendo la mano salvadora de una mujer que, de seguro, pondrá término a esa disociación entre verdad y capricho; entre orgullo y ponderación; entre empatía y desprecio. Más vale tarde que nunca.

TAGS: Etica Medios de comunicación Televisión

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04 de agosto

Conozco la vena literaria de Gonzalo Ríos. Excelente, documentada y sesgada en su experiencia. Esta habilidad, sin desconocer atrocidades cometidas por unos y otros, debería orientarse más en pacificar y contribuir a la manoseada reconciliación; y no a echarle más parafina a la hoguera. Basta: preocupémonos de corregir errores, proponer un Chile más interesante para futuras generaciones y construirles un futuro digno de vivirse. ¡Por favor! no seamos tan egoístas.

04 de agosto

Lamentable, creo que este artículo está orientado precisamente a pacificar los espíritus a partir de acoger la verdad en toda su dimensión humana. Sólo cuando ello haya ocurrido y nos miremos al espejo sin miedo y sin rencores; y sin la sensación de estar envueltos en una nube de cosa pendiente, solo en ese instante, los chilenos podremos sentirnos reconciliados y animados de la voluntad de construir juntos una patria bella y noble.

06 de agosto

De acuerdo; pero, con imparcialidad, objetividad. Sin la aparición del Sr. representante de la «UP». no se le habría suplicado -con humillaciones, denuestos y amenazas- a las FF.AA. que ordenaran el caos.Hasta el Pte. del Senado, de aquella época,y luego Pte de la «alegría», imploró su actuación. Hay que haber vivido y sufrido, esa época en la cancha. Esto dá autoridad, en todo sentido, para juzgar equitativamente: Causa y Efecto.-

07 de agosto

COMPLETAMENTE DE ACUERDO CON EL ARTICULISTA, MUY BIEN DICHO…..

07 de agosto

COMPLETAMENTE DE ACUERDO CON EL ARTÍCULO DEL SEÑOR GONZALO RÍOS, MUY BIEN DICHO…..

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