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Somos Naturaleza: el modo de guerra de la razón moderna

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Decir que “los humanos somos Naturaleza” es un tipo de afirmación que con su evidencia de realidad –y diferentes nombres- atraviesa las cosmovisiones de las culturas que conozco. Todas lo repiten. En lo más universal, que “somos” Naturaleza parece significar que ella nos regala –desde la vida misma-, y nos exige –debemos trabajarla. En Occidente, el cuerpo humano es Naturaleza en el modo como las diferentes ciencias biológicas lo estudian. Tenemos piel, carne, boca, morimos, nacemos; todos, decimos, testimonios de esta pertenencia. Sin embargo, la clave de interpretación de la época moderna de Occidente respecto de Naturaleza está en las posiciones que ha señalado para una exclusividad de inteligencia y voluntad, la diferencia natural específica de lo humano que entre nosotros llamamos razón y libertad.


Para esta modernidad la Naturaleza consiste exclusivamente en una fuente de “recursos” vivos e inanimados para ser destinados por las ciudades humanas a su crecimiento

Nuestra filosofía y ciencias modernas han elaborado lo real desde un fundamento dualista, en cierta distinción de cuerpo y mente. La relación fue construida como conocimiento, y éste como exactitud y control. La gratuidad de la Naturaleza fue poco a poco subordinada y olvidada (o dada por hecho). El filósofo inglés F. Bacon, muerto en 1626, es una culminación de esta consciencia: la misión de los humanos es dominar las fuerzas y dinámicas de la Naturaleza, de modo de construir con ellas (o a pesar de ellas) un mundo humanizado, o sea, un universo sometido a los proyectos y las finalidades humanas. Occidente se hizo una experiencia de poder y dominio. Las energías naturales fueron puestas al servicio de lo humano en tanto lo posible para el pensamiento y la libertad.

La Naturaleza fue interpretada como una suerte de contrapoder. O sea, un poder muchas veces contrario a las finalidades humanas más propias y profundas de cada época. La cuestión de la existencia se planteó al modo de una lucha de poderes, donde las ciencias aparecieron como recurso estratégico. Mientras, las filosofías describían las cualidades de un sujeto humano con una armadura de razón.

Nos fuimos separando, extrañando, destacando: el mundo humanizado se expandía y brillaba a la par que la Naturaleza parecía ceder por todos lados. Por siglos la razón fue de conquista en conquista. El proceso recibió su nombre y “progreso” se llamó esta constante extensión de las fronteras de la manipulación de lo dado.

Hemos globalizado el planeta. Para esta modernidad la Naturaleza consiste exclusivamente en una fuente de “recursos” vivos e inanimados para ser destinados por las ciudades humanas a su crecimiento. El centro del mundo es como la plaza de armas de las urbes: el valor o la verdad de la Naturaleza (la physis griega) está escrito en el modo de servir los proyectos humanos. Y mientras la Naturaleza cooperara, los proyectos solo parecían crecer y complejizarse. La utilidad define la relación de humanos y Naturaleza. “Antropocentrismo” se ha nombrado esta empresa de subordinación y de sublimación de las fuerzas naturales puestas al servicio. Antropocentrismo porque ya no se conoce de otra manera sino como mundo alrededor del pensamiento. No podemos ya sino concebir un cosmos de comprensión alrededor del único que nos parece puede comprender. No sabemos sino colocarnos al centro; hemos extraviado aquella experiencia de la pertenencia.

La Naturaleza ha emergido como una limitación posible de transformar. De revertir en ganancia: “poner al servicio”. La experiencia del límite, de la resistencia, iba retrocediendo constantemente. De hecho, esto sigue ocurriendo, hoy día mismo. Las actuales tecnologías imaginan incluso un transhumano de una libertad totalizada, y habitando una suerte de inframundo.

Pero las cuestiones que hoy llamamos ecológicas han estado mostrando otro tipo de limitaciones. Casi toda la experiencia ecológica actual consiste en despertar a las perturbaciones. La razón emancipada ha descubierto unos límites que se resisten a la explotación. Sin embargo, no ceja de luchar: la vanguardia de las tecnologías quiere ahora un control verde y limpio. Enfrente, el choque contra la pérdida de biodiversidad y el calentamiento global, el caos humano sobre los ecosistemas parece ganar terreno, haciendo tambalear o retroceder las fronteras de aquellas conquistas. Entonces quizás hay que devolvernos para revisar la pertenencia.

Hay al parecer un tipo de limitaciones que exceden las posibilidades de la manipulación –así como la bomba nuclear excede la consciencia de las guerras posibles. El “progreso” se resiste a aceptarlas. Y surge una lucha dentro de las sociedades modernas contra aquellos que se duelen de este poder, que podría en un sentido preciso llamarse perverso. Se trata de que, en razón de las posibilidades presentes y predecibles, el planeta se está revolucionando contra la civilización que lo habita. Que las mismas transformaciones humanas desatan lo que se devuelve como entropía. La Naturaleza es soporte de la vida humana; estamos alterando el soporte. Y de pronto sin poder controlar lo que se perturba.

Estamos en una época de transiciones: se abre el futuro como inteligencia artificial que anuncia la posibilidad de una nueva victoria. Mientras la Amazonía se incendia…

 

TAGS: #Modernidad Derechos de la Naturaleza progreso

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