#Medio Ambiente

Respuesta a los que maldicen a los ecologistas: la naturaleza y el ser humano

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No puedo evitar contestar a la columna de Renato Gazmuri en El Mostrador. En ella, plantea (en resumidas cuentas) que la oposición (o parte de ella) proviene de extremos ecologistas que reciben sueldos millonarios para defender Aysén, a costa de una "idolatría" por la naturaleza en desmedro del hombre, y plantea a la vez una apologética de HidroAysén, comparando a este proyecto con "centrales de pasada", minimizando el impacto de la línea de transmisión (comparando un tendido que atraviesa un Parque en Santiago con una que atravesará terrenos hasta ahora inmaculados por miles de kilómetros), y mofándose de las energías renovables convencionales, donde destaca su absurda referencia a la energía eólica como "mata pajaritos" (afirmación que raya en la ridiculez, pues un estudio de la National Academy of Sciences en USA demostró que mueren más aves por culpa de los gatos, antenas de radiotransmisión o por choques con edificios, que por turbinas eólicas; la cifra es menor al 0,003% de las muertes por causas humanas).

Hay quienes, sumidos en su idolatría absoluta a la creencia casi religiosa de que más energía se traduce incuestionablemente en mayor desarrollo, parecen no concebir que gran parte de la ciudadanía se oponga a la construcción de HidroAysén, por lo que intentar revestir dicha oposición con un misticismo filosófico, y tratan de buscar una raíz en lo más profundo de la historia humana, en su psique, como si este episodio hubiese canalizado un cambio fundamental en el raciocinio del hombre. Otros, intentan explicar la oposición al proyecto aludiendo a una supuesta filosofía centrada en la naturaleza, donde el hombre queda relegado a un segundo plano. Dicha alusión es francamente ilógica: nuestro cerebro está diseñado para que cada una de nuestras acciones faciliten la supervivencia de la especie humana en el tiempo. En esto no nos diferenciamos radicalmente de los demás animales, con algunos de los cuales compartimos una generosa parte del ADN. Ni siquiera el más ferviente ecologista rehusaría huir al ver su vida en peligro, ni menos recurriría a cualquier elemento que encuentre a mano si se encontrase privado de los elementos de la vida moderna con tal de tener refugio, dar alimento a sus hijos, y en definitiva procrear (tal vez el más apasionado motor en nuestras vidas). Todo lo que el ser humano ha construido se centra en esta premisa básica, y es así como hemos poblado el planeta entero y hemos consumido nuestros recursos naturales a un punto tal que hemos generado un grave daño a nuestros ecosistemas por culpa de la contaminación y el consecuente cambio climático.

Y he aquí lo más paradójico del asunto: la capacidad humana de razonar, de pensar analíticamente (propiedad que, según algunos columnistas, nos hace superiores a las demás especies y nos otorga el derecho de explotar la naturaleza en nuestro beneficio y a nuestro antojo o, como han escrito algunos, de tener "la naturaleza al servicio del hombre"), la que nos ha llevado a concluir que el desarrollo de la humanidad requiere un drástico cambio de rumbo. No podemos seguir consumiendo nuestros recursos al ritmo y de la forma en que lo hacemos. No podemos seguir haciendo crecer nuestras economías hasta el infinito; simplemente, no hay suficientes recursos por explotar ni ecosistema que resista la actividad industrial requerida para dicho crecimiento y sus subproductos, incluyendo la contaminación asociada. La sobrevivencia de la especie humana depende de este cambio de rumbo; de lo contrario, nos arriesgamos seriamente a sufrir otro "cuello de botella" (evento en el cual una población de una especie reduce drásticamente su número), como ya lo sufrió la humanidad miles de años atrás, donde la población humana no superó los 20.000 habitantes en todo el planeta, luego de un episodio de calentamiento global y posterior enfriamiento. No hay aquí una idolatría a la naturaleza, ni menos un deseo de que nuestra especie desaparezca para mantenerla inmaculada y prístina. Acá hay una reflexión y una aceptación de una realidad, y un deseo colectivo de cambiar dicha realidad. Hay también una valorización de nuestro entorno como un bien valioso, digno de proteger, incluso como un instrumento para el desarrollo sustentable, por medio del ecoturismo, de actividades agropecuarias amigables con el medio ambiente, y con la protección a un sistema que alberga importantes reservas de agua dulce.

Lo que hemos observado en estas últimas semanas es un rechazo a lo que muchos, con variadas y justificadas razones, consideran un proyecto inconveniente, innecesario, y/o destructivo. ¿Cómo creer que duplicar la energía nos va a llevar al desarrollo y a superar la pobreza, si durante los últimos quince años, donde ya duplicamos la energía, la desigualdad en la distribución del ingreso no sólo se mantuvo constante, sino que además mostró una tendencia a la alza, y la pobreza dejó de caer a las tasas en que lo hacía?

Dudo que los habitantes de Cerro Navia, que son citados en la columna de Renato Gazmuri, hayan visto duplicado su PIB, y eso asumiendo que un mayor PIB es sinónimo de desarrollo (lo cual no es efectivo). ¿Cómo creer siquiera que necesitamos duplicar la energía, cuando en realidad existen varios estudios que desmienten dicha afirmación, mientras que los países desarrollados han logrado desacoplar su crecimiento económico del consumo energético? ¿Cómo creer la afirmación de que se necesitan cientos de miles de hectáreas con molinos para producir casi 20 mil GWh de energía, cuando hoy una central eólica de última generación está produciendo el 10% de esa cantidad en sólo 450 hectáreas (sin contar que las turbinas ocupan un ínfimo espacio a nivel del suelo, dejando más del 90% de esas 450 hectáreas disponibles para la agricultura o la ganadería)? La gente tiene derecho a creer que el proyecto puede ser dañino, considerando que  expertos han criticado abiertamente en la prensa los impactos del proyecto, e incluso han cuestionado el estudio de impacto ambiental, y cuando la ciencia ha demostrado que las represas emiten importantes cantidades de gases invernadero, situación desconocida hasta hace 10 años pero que hoy es incluso materia de preocupación para la UNESCO. ¿Cómo comparar el futuro proyecto HidroAysén con Rapel, embalse que se encuentra en un catastrófico estado ambiental y que presenta signos de desertificación en muchos sectores, alejando para siempre la otrora fecunda actividad turística de la zona? Así, suma y sigue, existen muchas y variadas razones, todas válidas, para cuestionar u oponerse a la construcción de HidroAysén, sin la necesidad de caer en lo que algunos han catalogado como "ecologismo profundo".

Honestamente, no me interesa si los grupos opositores a HidroAysén reciben financiamiento extranjero, así como no me importa si una empresa eléctrica extranjera decide invertir en ERNCs en Chile. Tampoco me interesa si alguien esgrime que cierta zona de Aysén es "fea y deprimente", aunque el proyecto HidroAysén intervendrá parajes que no son considerados precisamente deprimentes. No me interesa que una persona parezca conforme con el hecho de que los habitantes de alguna comuna vulnerable de Santiago nunca vayan a conocer Aysén, lo que revela su voluntad de mantener el status quo en materia de desigualdad social y económica. Ni siquiera me interesa su evidente falta de conocimiento sobre las reales posibilidades de la energía producida, como él dice, por el "vuelo de los pajaritos". Lo que sí me interesa, es que se acuse a los opositores de HidroAysén de usar "falsos argumentos para detener un muy buen proyecto", y el interés de reducir el debate a una cuestión puramente metafísico-socio-filosófico-ecológica. Eso simplemente raya en el absurdo. Esa línea de pensamiento va peligrosamente asociada a, por ejemplo, la de acusar a los que se manifiestan pacíficamente de violentistas o extremistas: son simplificaciones y reduccionismos que no sólo no aportan nada al debate, sino que además lo distorsionan.

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Foto: International RiversLicencia CC 

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27 de mayo

¿Alguien se ha preguntado, que si en el pasado hubiesen existido los ambientalistas, estaríamos donde estamos? Creo que no y talvez aún estaríamos en cavernas cuidando el medio ambiente. Como no se puede entender que la especie humana tiene en sus genes la procreación y que su prole crece exponencialmente cada segundo, a la cual hay que darle cabida en este mundo, protegerla, alimentarle, darle comodidades, hacerla crecer y tambien procrear. ¿De donde sacaremos entonces energía para todo ello? Obviamente de lo que encontramos en esta tierra, porque NO a la E.Atómica, NO a las termoelectricas, NO, NO…Todos los que están contra el Proyecto Hidroaysen me suena como muy mañosos. Ojalá no tengamos inviernos crudos, porque entonces me gustaría escuchar a los que dicen NO, como calentaran sus casas, sus alimentos, sus cuerpos. ¿Petróleo? ¿Carbón? ¿Leña?¿ Parafina?(derivado del petroleo) o mejor una limpia y de nula contaminación como la electricidad?Los NO a Hidroaysen no han pensado para si lo que comento.

28 de mayo

A ver, se nota que no entendiste absolutamente nada mi columna. Respondiendo a tu última pregunta, yo, que no me considero «ambientalista» (sin siquiera caer en exigirte una definición de «ambientalista»), sí he pensado en todo lo que comentas, sobre cómo pasar el frío en el invierno, etcétera. Pero mi columna va más allá de eso: habla sobre el respeto que debe existir en toda sociedad democrática al discutir sobre temas país, y sobre lo absurdo que constituye hablar de ecologismo extremo cuando nuestra naturaleza nos lleva invariablemente a perpetuar nuestra especie a toda costa. Sin embargo, ese crecimiento exponencial del que hablas le está pasando la cuenta al planeta, y eso no es «ambientalismo»: es ciencia, basada en evidencias irrefutables de estudios realizados por investigadores en las más prestigiosas universidades del mundo y publicados en revistas de alto impacto científico. Negar la crisis climática es sencillamente de ignorancia, y negar asimismo la real solución que constituyen, por ejemplo, las ERNCs (a diferencia de las represas que están altamente cuestionadas por sus impactos ambientales) es igual de absurdo.

28 de mayo

Bien Pablo, aprecio tu respetuosa respuesta y cuando dices » habla sobre el respeto que debe existir en toda sociedad democrática al discutir sobre temas país, y sobre lo absurdo que constituye hablar de ecologismo extremo cuando nuestra naturaleza nos lleva invariablemente a perpetuar nuestra especie a toda costa». De eso estoy hablando, de discutir, pero no inducir a la violencia de todo tipo, haciendo de esa política un descredito a los principios que las impulsan.
Asimismo, cuando los años nos han mostrado la EVOLUCION de las sociedades, no puedo dejar de decir que el gobernante no tiene otra alternativa de recurrir a lo que esté mas a la mano para producir riquezas o energía. Evolutivamente somos destructivos cuando trasformamos nuestro entorno y cada uno de nosotros llevará sobre sus hombros el peso del daño que a nuesstra Pachamama le estamos haciendo millones de años.

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