#Medio Ambiente

Panga: El pez rata que obliga tomar en serio la soberanía alimentaria

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Cuando era pequeño, en el Iquique de mi infancia, acostumbraba recorrer durante horas playas, caletas y muelles, aprovechando la libertad que regala la falta de mayores preocupaciones que la de elegir el mejor lugar para jugar. Fuera invierno o verano, el olor salino del océano era compañero cotidiano en aquel puerto de fines de los 70.

Ya se asomaban los efectos adversos de la Zona Franca y la minería, pero mucho más aún los de industrias instaladas hace más de una década en sus costas. Era el famoso boom pesquero, tan bien aprovechado por algunos que hoy están en la palestra por corrupción. Ofensiva mercantil recurrentemente promocionada en los cortos que en la TV pinochetista nos mostraban un Chile pujante y feliz. Esas piezas tan parecidas a las de la propaganda pro modernidad que nos repetían en el cine “UFA, el mundo al instante”. 


"Está claro que esto no solo ocurre con el panga. La tiranía del mercado, que atenta contra la soberanía alimentaria y energética, los derechos sociales garantizados, tiene efectos concretos en lo que comemos, en cómo nos calefaccionamos, en cómo educamos a nuestros hijos."

Cerca de mi hogar, en el barrio Bellavista Estación, desembocaban directo a la playa los emisarios (tuberías por donde se desecha el descarte) de las pesqueras que extraían y procesaban los recursos hidrobiológicos locales. El hedor golpeaba fuerte, pero en aquella época de desconocimiento socioambiental no representaba mayor problema pichanguear en arenas de amarilla espuma, con cabezas de pescado por doquier.

La anchoveta, el bonito, la cojinova, el jurel, la cabinza, el congrio y la albacora, formaban parte de la dieta local. Así como el erizo, la almeja, la lapa, la macha.

La sorpresa (ni tanta, ya sabemos lo que genera el extractivismo en todos sus niveles) vino tres décadas después. Una que me pilló desprevenido, debo reconocer.

Queriendo recuperar los tradicionales almuerzos en el mercado iquiqueño, aquel instalado frente a la Escuela Domingo Santa María, intenté regresar a los pescados de antaño durante una visita familiar de este verano. La tarea fue imposible. Hoy en muchos recintos de venta de productos del mar de Iquique lo que se comercializa no son especies locales, sino una de lejano origen: el pangasius.

El panga (como también se le conoce en otras latitudes) se cultiva en Vietnam, a unos 18 mil kilómetros de distancia de Chile. Algo así como 10 veces el recorrido desde Iquique (o Coyhaique) a Santiago.

Pero el problema no es precisamente la distancia, aunque tal no debiera ser un tema menor considerando los impactos que tiene la huella de carbono de las exportaciones en el calentamiento global. Lo más complejo es que el pangasius está altamente cuestionado a nivel mundial por las condiciones sanitarias en que se cultiva. En el vietnamita río Dekong, donde confluyen las aguas servidas de las miles de viviendas instaladas a lo largo de sus bordes y las de las industrias que vierten directamente en él sus riles. Tanto así, que el panga es conocido internacionalmente como “pez rata”. Incluso Carrefour España lo retiró en febrero de su oferta, lo que fue informado con el título “El panga, un pescado ‘low cost’ que se ahoga en su mala fama”.

¿Por qué miles de iquiqueños, cuyas costas fueron ricas en recursos hidrobiológicos, han debido complementar su dieta con este producto? Lejano, ausente de su historia y cultura, de dudosa salubridad.

El principal motivo es el costo. El precio final al cual ha llegado la venta de nuestros pescados hace inalcanzable la producción local para el chileno más vulnerable. Y esto no solo afecta la dieta de las personas sino también una actividad arraigada en la identidad nacional como es la pesca artesanal. ¿Y quiénes son los beneficiados? Las corporaciones que, a punta de incentivos perversos y cooptación política, se han repartido el mar. Nuestro mar y todo lo que ello conlleva.

Está claro que esto no solo ocurre con el panga. La tiranía del mercado, que atenta contra la soberanía alimentaria y energética, los derechos sociales garantizados, tiene efectos concretos en lo que comemos, en cómo nos calefaccionamos, en cómo educamos a nuestros hijos. Donde, por ejemplo, poner control al uso que se da a los recursos naturales, definir entre todos su destino y avanzar en iniciativas legales que potencien la agricultura local y familiar, con fines alimentarios, es fundamental.

Donde la economía esté al servicio de la sociedad y no al revés. Donde un bien vuelva a ser algo positivo, para el interés común, y no algo que se pueda acumular. Apropiar.

Mientras los medios nos informan sobre las vicisitudes de los personajes de Morandé con Compañía y la política incorpora a su creador Kike Morandé como consejero ciudadano, hay chilenos y chilenas que diariamente comen panga porque no les alcanza para más. Es ese el país que debemos cambiar.

TAGS: #MercadoGlobal #Pangasius #Pesca #Sustentabilidad

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Comentarios

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Paulina

22 de mayo

Recuerdo que al ir a la playa de Serena de vacaciones, mientras jugaba a enterrar mis pies en la arena, sacaba mariscos que luego comía con mi familia. También me sorprende lo rápido que ha cambiado nuestro paisaje.

Saludos, buena columna.

Jocelyn

22 de mayo

Creí que la columna tendría una advertencia por los efectos negativos hacia la salud por comer pangasio… además de este pez rata en muchos lugares tienen tilapia, y ojo que a veces lo ofrecen como corvinilla y aluden a que es de la zona… estoy de acuerdo con que el sistema nos arrincona, pero también como consumidores debemos informarnos, en Iquique hay restaurantes bastante caritos y te venden estos pescados.

JOsé Flores Peters

23 de mayo

Acá puedes ver el estado de los recursos http://www.subpesca.cl/portal/616/w3-propertyvalue-618.html

Los altos precios se deben a que practicamente no hay recursos que seguir explotando.

El caso de la Anchoveta y la Merluza están al borde del agotamiento.
http://www.subpesca.cl/portal/616/w3-article-824.html

Algo bueno, de la terriblemente horrible Ley De PEsca es que ha permitido constatar que el estado de los recursos es deplorable. Desde que entré en vigencia tímidamente pasamos de estar en “Plena a Explotación” a “Sobre explotado” y “Agotado” en prácticamente todas las especies. Antes de esta ley los propios artesanales e industriales se ponían de acuerdo para ignorar a la autoridad y definían la cuota como un “20% menos que el año anterior” (y lo del año anterior ya era muchísimo más que lo que se extraía.

Jorge Morales Morales

23 de mayo

Incluso desde un punto de vista estrictamente cínico no veo ninguna ventaja económica en transformar un pescado caro que puede ser vendido en diez mil pesos o más el kilo, como puede ser la corvina, el atún, la albacora o el hacha, es procesado como harina de pescado cuyo precio por kilo valdrá ¿quinientos pesos o menos? para transformarlo en comida para chanchos o pollos cuya carne a su vez, después de un tiempo de crianza de por lo menos un mes más, se venderá en tres mil o cinco mil pesos. Es una industria sin sentido.

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