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No hay especies forestales buenas o malas: hay irresponsabilidad

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Convengamos en que no hay especies buenas o malas per se,  pero sí irresponsabilidad, negligencia e inadecuada o nula planificación del territorio. ¿Qué duda cabe de que la escasa construcción y mantención de cortafuegos, sumado a las características de las especies y la extrema densidad de plantación en “zonas forestales” propicia el rápido avance del fuego?

Volvamos a la discusión de las consecuencias del gran incendio en Valparaíso y los incendios forestales. El portal CIPER, en una investigación publicada el 16 de abril,  evidenció el conocimiento de antecedentes por parte de las autoridades locales ante el peligro de un evento de este tipo. El 12 de diciembre de 2012 sesionó el Concejo Municipal de Valparaíso, en el que participó el jefe de Emergencias de dicha Municipalidad, Ricardo Valdés. Manifestó que una de sus mayores preocupaciones eran los incendios forestales, por el inminente riesgo de un siniestro de proporciones: “este municipio tiene que hacer cortafuegos por una cantidad de 45 kilómetros de distancia. Debemos haber ejecutado un 5% o 6% de eso. El resto no ha se ha podido hacer por falta de recursos”, dijo en esa oportunidad. La situación requería de acción inmediata de las autoridades, considerando que en febrero de 2013 casi 300 casas fueron arrasadas por las llamas en el sector de Rodelillos y el Cerro Placeres, dejando a 1.200 personas damnificadas. Dichos sectores fueron también afectados en el último gran incendio.

Recientemente en ese mismo medio, la investigadora Mary Kalyn (Premio Nacional de Ciencias 2010) mencionó diversos factores que favorecen la propagación del fuego, entre ellos la composición de la vegetación alrededor de Valparaíso. Destacaba la alta inflamabilidad de algunas especies, por la composición química de sus estructuras. En 2012 se publicó un estudio del ingeniero forestal Miguel Castillo, académico de la Universidad de Chile, en el que alertaba de la alta carga combustible vegetal acumulada en zonas de difícil acceso de los cerros costeros de Valparaíso y Viña del Mar, que “supera largamente las 8-10 toneladas por hectárea, cifra que podría provocar intensidades calóricas superiores a 500 Kcal/m/s”.

Por otra parte, existen numerosos estudios que dan cuenta del efecto negativo de las plantaciones de monocultivos sobre la disponibilidad de agua. En términos simples, existe una relación directa entre su crecimiento y su consumo de agua, sin mencionar los efectos sobre la calidad del recurso por el uso de plaguicidas y por contaminación de los cauces debido a los desechos arrastrados en grandes volúmenes por erosión tras la tala rasa.

En este contexto, y para reforzar la relación de las plantaciones forestales con la propagación del fuego, saco a la palestra la existencia de sellos de certificación forestal que exigen a las empresas ciertas acciones para acreditar su buen desempeño. Las empresas forestales desean contar con estos sellos, para mejorar su imagen y por lo tanto su acceso a mercados internacionales. En Chile muchas empresas ya cuentan con el sello FSC, sistema de certificación que en su Estándar Nacional para la Certificación de Plantaciones Forestales menciona reiteradamente la necesidad de planificación del territorio por parte de la empresa forestal. Señala que debe existir un Plan de Ordenamiento Territorial, en el que “existe un plan de prevención y control de incendios que considera a lo menos: cartografía, vientos dominantes,  cortafuegos, identificación de áreas de mayor riesgo por comunidades cercanas y uso agrícola, entre otras causas; sistema de comunicación, sistema de combate, e instructivos disponibles para la prevención y combate de incendios (Principio 7, criterio 7.1.7)”. En el criterio 10.7 señala que “se prefiere la diversidad en la composición de las plantaciones, para mejorar la estabilidad económica, ecológica y social. Tal diversidad puede incluir el tamaño y la distribución espacial de las unidades de manejo dentro del paisaje, número y composición genética de las especies, clases de edad y estructuras y tipos de productos”. Estas medidas no son antojadizas; están basadas en estudios nacionales e internacionales y en consulta a expertos.

Convengamos en que no hay especies buenas o malas per se,  pero sí irresponsabilidad, negligencia e inadecuada o nula planificación del territorio. ¿Qué duda cabe de que la escasa construcción y mantención de cortafuegos, sumado a las características de las especies y la extrema densidad de plantación en “zonas forestales” propicia el rápido avance del fuego? Frente a este escenario, tampoco cabe duda de la responsabilidad que le compete a las autoridades frente a las evidencias, y la responsabilidad de las empresas forestales en la ejecución de sus operaciones, ante a una débil regulación en estas materias. La adecuada planificación del territorio, la educación ambiental y el monitoreo suficiente y continuo permitirían minimizar la ocurrencia e impacto de las catástrofres como la que nos ha tocado presenciar.

 * Entrada escrita por Jennifer Romero V., integrante del directorio de la Agrupación de Ingenieros Forestales por el Bosque Nativo (AIFBN).

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