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La falacia de los límites como norte de la política ambiental. Parte 3

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Es evidente que la acción humana da lugar a cambios en “lo natural” y tales cambios pueden en ocasiones generar modificaciones estructurales en su funcionamiento, e incluso ser irreversibles y suponer graves efectos para la sociedad. Este es el fundamento de la existencia de la política ambiental.

La inviabilidad del establecimiento de límites como instrumento de gestión de las relaciones socio ambientales

En las dos entradas anteriores de este artículo, se ha argumentado largamente que el paradigma de los límites naturales como norte de la política ambiental presenta varias disfuncionalidades. En esta última entrada se termina por argumentar al respecto, se sacan algunas conclusiones y se esboza, sobre la base de otros artículos ya publicados en este portal, cuál podría ser el paradigma alternativo de política ambiental.

Futilidad, parcialidad y fragilidad caracterizan al paradigma de los límites como norte de la política ambiental. Y esto es así, porque antes que en la necesidad de fijar límites, la política ambiental debiera fundarse en el conocimiento y gestión de las relaciones socio ambientales.

Ahora, las relaciones justamente no pueden ser entendidas en términos de límites, porque las relaciones no son entidades objetuales, sino que constituyen una entidad flujo. La relación es lo que se da entre dos partes u objetos, no las partes o los objetos por separados, es el ocurrir entre ellos. Por tanto, no se pueden gestionar en términos de, o en base a, límites, y menos en base a límites establecidos a partir de la lógica de cada parte por separado.

Dicho de otra forma para gestionar una relación que es un flujo extraordinariamente dinámico, más aun en este caso, es inconducente el establecimiento de límites, más aún el de un límite referido a una sola parte de la relación. A menos que se quiera dar lugar a la no-relación.

Entender una relación requiere comprender a lo que ella da lugar, y como realidad dinámica, no es una realidad que se pueda administrar mediante un límite, en tanto prescripción fija en el tiempo, sino que se debe administrar mediante una gestión, permanente en el tiempo.

La política global de cambio climático es útil nuevamente para graficar la dificultad de utilizar límites como eje de la política ambiental.
La modelización que fundamenta las propuestas del IPCC, consiste, como se ha dicho, en la simulación del comportamiento del clima y sus posibles modificaciones por los efectos de las emisiones de carbono de diversas actividades humanas, y naturales. A partir de los escenarios futuros de modificación del clima global derivados de los vectores de emisión de gases de efecto invernadero, se proponen reducciones de esas emisiones para no superar un determinado umbral de incremento de la temperatura global, evitando así consecuencias que se consideran peores que asumir el coste de evitar tales emisiones.
Más allá de la fiabilidad (grado de certidumbre de los resultados) o de las limitaciones (no hay una modelización de la relación socio ambiental, sino que sólo del clima afectado por vectores externos) de las modelizaciones llevadas a cabo, el problema de fondo consiste en que establecer un límite razonable implica la posibilidad de un distanciamiento que en este caso es inviable.

Establecer nominalmente unos compromisos nacionales de reducción de emisiones no es algo inimaginable. Puede tener lugar, y de facto parcialmente ha ocurrido. No obstante, lo que hay implícito en el modelo de política del IPCC, que no puede tener lugar, es que la sociedad global pueda auto limitarse en algún sentido, por mucho que los modelos predictivos le sugieran esto como algo conveniente, y así además lograr un comportamiento determinado en un sistema natural hiper complejo como el clima global. Ese distanciamiento no es viable.

Lo que no resulta pensable es que la identificación de límites a las emisiones de CO2 (en el sentido paradigmático que acá se entiende; cómo el establecimiento de un umbral intraspasable, fundado científicamente) sea la herramienta que puede gestionar las relaciones de la sociedad con el clima, si esas emisiones están estrictamente relacionadas con las expectativas de desarrollo económico y bienestar de las naciones y de sus poblaciones, y éstas con la distribución de la riqueza en el cada una de ellas, y ésta es íntimamente dependiente de las estructuras de poder existentes y sus sistemas políticos y desarrollo institucional. Lo que también está asociado a su historia y sus culturas.

En definitiva no es pensable que la sociedad pueda situarse fuera de sí misma, observar el fenómeno del cambio climático, como en una relación sujeto-objeto con el problema, y decidir  algo al respecto de ello como totalidad. A menos que se piense que la sociedad es el grupo de participantes en las conferencias globales de cambio climático, y que la sociedad como totalidad es una máquina cibernéticamente dirigida por ese selecto grupo de personas, y no la entidad hiper compleja que de facto es.

Esta ausencia de un sujeto que mire la naturaleza como algo desprendido de sí mismo, explica que a pesar del deterioro de las condiciones ambientales puntuales o globales, nunca se pueda establecer que se ha superado un límite existencial, pues Sociedad y Naturaleza, las relaciones socio naturales, que es lo único que podemos observar, seguirán coevolucionando en el sentido fuerte, y mientras eso ocurra lo único distinguible, mientras la sociedad persista, es que la sociedad puede convivir con cualquier tipo de naturaleza, simplemente porque son una sola cosa. Mientras esté una está la otra.

La falacia de los límites

Los supuestos límites que denodadamente intenta identificar la política ambiental no existen como tales. Es decir, como realidades objetivables que constituyen una constante en las relaciones sociedad naturaleza identificable ex ante y que como tal puede transformarse en prescripciones o norte de la toma de decisión en esta materia.

El paradigma de los límites constituye un caso típico de la falacia del falso dilema, según la cual se formulan las cosas de tal forma que pareciera que no existen más alternativas que las dicotómicas que se plantean; sociedad o naturaleza, como un juego suma cero, con el agravante esa afirmación no es falsable, y por tanto, negable, pues la sociedad nunca estará en condiciones de establecer si se ha llegado a un límite, pues en ese momento no existiría tal sociedad. Siempre es posible argumentar que existe el riesgo de una crisis ecológica existencial para la sociedad, pues nunca es posible comprobar lo contrario. Esta es la tenaza epistemológica de hierro del paradigma de la política ambiental, y de sus disfuncionalidades.

Es evidente que la acción humana da lugar a cambios en “lo natural” y tales cambios pueden en ocasiones generar modificaciones estructurales en su funcionamiento, e incluso ser irreversibles y suponer graves efectos para la sociedad. Este es el fundamento de la existencia de la política ambiental. Esta es justificación suficiente para una acción decidida en este sentido y naturalmente para poner condiciones a las actividades humanas en relación con el ambiente.

Ello no significa que de forma reactiva haya que adoptar un paradigma de acción fundado en establecer límites a esa intervención antrópica sobre la base de modelos cognitivos parciales e inciertos, carente de viabilidad fáctica y que no contribuyen a incentivar un proceso de internalización profunda de la radical incertidumbre en lo que concierne a nuestras relaciones socio ambientales, que a lo único que deben llevar para gestionarlas adecuadamente es a profundizar nuestra responsabilidad como sociedad, de forma que sea la emergente responsabilidad la que oriente su gestión de forma dinámica y permanente.

El horizonte de una política ambiental sin límites

¿Cómo es imaginable, entonces, una política ambiental liberada del concepto de límite? Para responder a esta pregunta se reproduce aquí parcialmente otro artículo en tres partes relativa al objeto de la política ambiental.

Si en el núcleo de los problemas ambientales no está la “naturaleza per se” sino las relaciones que la sociedad establece con ella, entonces, el objeto y norte de la política ambiental no debe ser la propia naturaleza, sino las relaciones socio ambientales.

Las relaciones socio ambientales que son el objeto de la política ambiental, no son todas las relaciones socio ambiéntales posibles, sino aquellas que, por las razones que sean, se han constituido en un problema de política.
Una vez ubicados estamos al interior de las relaciones socio ambientales que forman parte de un problema ambiental, entonces, es posible decir que el meollo del esfuerzo político constituye en introducir un modelo de gestión “socialmente razonable” de esas relaciones. Es decir, el propósito central de la política ambiental es introducir modelos sociales de gestión eficaces de las relaciones socio ambientales acorde a los valores sociales dominantes.

Así el objeto de política de la política ambiental se puede formular como la gestión de las relaciones socio ambientales implícitas en los problemas ambientes que enfrenta una sociedad.

Los objetivos de la política ambiental debieran estar referidos, entonces, a la excelencia esperada de esos sistemas de gestión de relaciones socio ambientales. Es decir, debieran referirse como logros a alcanzar en la gestión o en el desarrollo de los sistemas de gestión en cada uno de lo que son los problemas ambientales que asume como propios.

Los elementos y lógicas de los sistemas de gestión de las relaciones socio ambientales de problemas ambientales están ya formalmente establecidos, porque la política ambiental aunque pretenda ser una política de la naturaleza no puede sino ser una de la gestión de relaciones socio ambientales. Estos elementos están constituidos por normas, instituciones, estrategias, instrumentos, organizaciones, estructuras de conocimiento, tecnologías, recursos, y un largo etcétera que conforma la política ambiental real, y por una cierta comprensión de cuál es la mejor articulación entre ellos. Estos sistemas evolucionan y se perfeccionan y son más o menos eficaces en gestionar esas relaciones socio ambientales con éxito.

Visto así, la política ambiental es la gestión pública eficiente del sistema de relaciones que la sociedad estable con lo natural allí donde se entiende que ha emergido un conflicto, una necesidad pública de gestión. El norte de la política ambiental es llevar ese sistema de gestión a niveles siempre mayores de excelencia.

Un elemento singular de ese sistema lo constituyen las normas que establecen restricciones a las actividades humanas en su relación con el uso y aprovechamiento del medio y los recursos naturales. En este nuevo paradigma este no es el único elemento de ese sistema ni el más gravitante, pues no es el norte de la política ambiental la definición de límites o umbrales en este sentido. Siempre será posible hallar un método socialmente validado para establecer esa norma, pero su definición no es el eje de la política. Lo gravitante es cómo en cada caso concreto es posible mejorar el nivel de excelencia del sistema de gestión como un todo.

Si resulta necesario establecer sistemas socialmente validados de gestión de las relaciones socio ambientales, es porque estos no emergen de forma espontánea en la gestión social, o si surgen, son insuficientes para el alcance de los problemas a enfrentar.

Esta singularidad está relacionada con el hecho de que los agentes sociales no visualizan el costo del uso de la naturaleza, porque muchos de ese costo no lo asumen ellos, sino otros ahora u otros en el futuro. Esto ha permitido una suerte de irresponsabilidad social generalizada respecto de las relaciones socio ambientales.
Las relaciones socio ambientales están hoy en día extremadamente distribuidas, abarcan innumerables ámbitos de la vida cotidiana, y tienen unos alcances espaciales que permiten decir que todos los habitantes del planeta de alguna forma comparten un sistema común de relaciones socio ambientales, y esa es quizás lo que caracteriza el estadio actual de las relaciones socio ambientales.

En este contexto parece razonable afirmar que el éxito en el establecimiento de sistemas eficaces de gestión de las relaciones socio ambientales depende del desarrollo de la responsabilidad, se puede llamar ambiental. Es impensable que ese éxito dependa sólo de la incorporación de más y mejores elementos de gestión, que también depende de eso, pero la calidad, la excelencia del sistema de gestión, por su naturaleza distribuida y global, solo puede depender del desarrollo de una “virtud social”, que es la responsabilidad ambiental, virtud que puede y debe ser luego institucionalizada, como de hecho lo es en muchos ámbitos de la acción social.

El incentivo, desarrollo, fortalecimiento, e institucionalización de la responsabilidad ambiental es la estrella polar de este nuevo paradigma de política ambiental. De la misma manera que la estrella polar de la política ambiental convencional es la protección ambiental, mientras más mejor, en este nuevo paradigma de la política ambiental la estrella polar es: a más responsabilidad ambiental mejor, convirtiéndose este en el objetivo de los objetivos de la política.

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Foto: AgenciaAndes / Licencia CC

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