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De días feos y bonitos en Patagonia

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En algún recodo del camino recorrido por el ser humano, quizás desde que se sintió el dominador de las otras especies (siguiendo el mandato bíblico de “enseñorearse” sobre la naturaleza) o comenzó a jugar a ser Dios moldeando el entorno a su antojo, perdió la humildad frente a lo que le rodea. El sentido de nuestra pequeñez frente a la magnificencia de la biodiversidad.


En algún momento vivir en armonía con los ciclos de la naturaleza pasó a ser un problema. Algo que era necesario regular, transformar, domesticar. Ganar certidumbre le dicen a aquello. El problema es que de tanto ver los ecosistemas como un juego para armar, afectamos aspectos vitales que bastante complejo no es hoy revertir.

Tal paradigma, incorporado en el ADN de nuestra cotidianeidad, permea nuestras relaciones. Y, por cierto, nuestra percepciones. Algo que, sin embargo, en territorios voluptuosos de vida reaparece con la necesaria fuerza para obligar a reflexionar sobre aspectos que de otra forma permanecerían invisibles.

Las copiosas lluvias de los últimos días, ad portas del verano que en este hemisferio es sinónimo de sol y calor, da cuenta de ello. Para el visitante desprevenido, el que llega a Aysén en búsqueda de jornadas que le permitan realizar actividades al aire libre, no son la mejor noticia. Más aún, pueden significar la diferencia entre llevarse un buen y un ingrato recuerdo.

Ojalá se arregle el día”, “Dios quiera que esté bonito mañana”, “Que amaneció feo” son frases recurrentes que dan cuenta, inconscientemente y sin mala fe claro está, de una visión del ser humano centrada en sus particulares necesidades. Algo legítimo, calificar el mundo desde la propia visión. Sin embargo empatía es precisamente ponerse en el lugar del otro. En este caso, de la naturaleza.

Si esta tierra solo albergara días de sol, imposible sería su diversidad ecosistémica. La lluvia y la nieve permiten que se recarguen los acuíferos, se nutran los ríos, aumenten los lagos, reservas de agua necesarias para mantener y nutrir la vida que de ella dependen. La escarcha y el frío, más aún, son fenómenos que inciden en atenuar la evaporación superficial, dando más tiempo a la tierra para su hidratación. Y con ello las raíces, materia vegetal que junto a la energía del sol y otros componentes componen una sinfonía vital.

Los días de lluvia y de frío no son feos, malos ni un desarreglo. Lo son para cómo nos organizamos, y es algo a considerar, pero si entendemos que una de las principales formas de organizarse es la que permite la vida habremos aprendido algo fundamental. Una serie de estudios han demostrado que la relación constante con la naturaleza hace al ser humano tener una mejor actitud con la vida y una mejor salud mental.

En algún momento vivir en armonía con los ciclos de la naturaleza pasó a ser un problema. Algo que era necesario regular, transformar, domesticar. Ganar certidumbre le dicen a aquello. El problema es que de tanto ver los ecosistemas como un juego para armar, afectamos aspectos vitales que bastante complejo no es hoy revertir. El calentamiento global, la intoxicación del suelo por relaves mineros, las sequías por el modelo forestal intensivo, el embancamiento de ríos como el Aysén por los grandes incendios de primera mitad del siglo 20 son solo algunos ejemplos dramáticos de esta realidad.

Y esto trasunta otros aspectos, como por ejemplo la idea de que las energías renovables no convencionales tienen como característica negativa ser “intermitentes”, es decir, dependen de los ciclos naturales y no apuntan a ordeñar día y noche lo que está ahí, desde hace miles, millones de años quizás, y que no está organizado para tal fin. Entendiendo conceptos como seguridad en el suministro y tecnologías de respaldo (el motivo de querer convertir los ríos, por ejemplo, en máquinas hidráulicas), quizás es tiempo de replantearse cómo hemos hecho y hacemos las cosas. Nada que vaya en contra de lo que permite la vida puede ser positivo (ni durar para siempre).

Reaprender a maravillarse con la vida sin intermediaciones es un proceso no solo útil, sino esencial hoy en día. Parte del activismo socioambiental tiene mucho que ver con aquello.

La puesta de sol no solo es hermosa por sus vívidos colores, también lo puede ser por representar la energía que en nuestro planeta permite la existencia.

Mirar nuestro entorno con ojos que se hacen cargo de lo necesario y no solo de lo que a nosotros acomoda, puede ser un buen paso para comenzar.

TAGS: #Ecología #Energía #RecursosNaturales

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