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Vientos de cambio: las nuevas correlaciones de poder

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Distintos sucesos han sacudido al mundo árabe en las últimas semanas: desde la continuación de manifestaciones en Yemen o Siria, la muerte de Ghadaffi en Libia, hasta la ocurrencia de elecciones en Siria o la preparación de éstas en Egipto.

Aunque la tendencia es a mirar todo con el mismo cristal, la realidad suele ser más compleja. Los actores insertos dentro del sistema internacional y, en este caso, regional, son múltiples y variados; representan culturas, religiones, etnias y costumbres distintas y a veces desconocidas. Sus sistemas de gobierno o las formas de ejercer el poder a veces distan de lo que para la visión europea o estadounidense es correcto.

Es necesario preguntarnos por el grado de responsabilidad que le cabe a Occidente en la situación actual del mundo árabe y africano tras los años de colonización, o sobre el reparto de África luego de la Conferencia de Berlín de 1884.

Hechos similares a los de hoy ya se han suscitado sin que Occidente –o la interpretación occidental- logre comprenderlos en plenitud. Ocurrió en Ruanda y Burundi con las rivalidades entre hutus y tutsis, que desembocaron en un genocidio. La crisis en la ex Yugoslavia entre serbios, croatas y bosnios también pareciera responder a los mismos parámetros, en que hay nacionalidades y religiones involucradas, más que modelos democráticos o institucionales en desacuerdo. Incluso la inestabilidad en Irak o Afganistán pueden ser leídas de esta forma.

Durante este año han ocurrido otros hechos, también, que han quedado en un segundo plano, como la guerra civil en Costa de Marfil en marzo, cuando las fuerzas del electo presidente Ouattara derrotaron a las del antiguo mandatario Gbagbo, quien se negaba entregarle el poder. La independencia de Sudán del Sur en julio, en una zona eminentemente conflictiva junto a Darfur, pareciera no ser tan relevante como una guerra. Incluso la crisis de hambre en el noreste y cuerno de África pareciera ser sólo un dato estadístico más.

Es en este contexto la tarea de interpretar qué ocurre es compleja. La mirada tradicional nos lleva a Occidente, más precisamente a Estados Unidos o Europa. Desde allí la preocupación se puede situar en la necesidad de estabilidad democrática en la zona que no alimente crisis en naciones como Argelia o Marruecos. Para Europa ello es relevante por cuanto afecta las migraciones y les genera un problema extra a las ya complicadas realidades del sur europeo y su crisis económica.

De la misma manera, ciertas soluciones o cambios generan alertas en Occidente, ya que no necesariamente obedecen al criterio o patrón tradicional de interpretación del mundo. Se puede citar como ejemplo las recientes elecciones en Túnez, en las que participaría más del 90% de la población para elegir autoridades de la Asamblea Nacional y donde el partido An-Nahda (islamista moderado, que algunos comparan con el partido Justicia y Desarrollo turco) obtendría más de 40% de las preferencias, seguido por el partido Demócrata Progresista (secular de centro izquierda).

Para Occidente se presenta el temor al Islam, similar a lo que pudiese ocurrir en noviembre cuando se realicen comicios en Egipto, dada la presencia de los Hermanos Musulmanes. Sin embargo, en el apaciguamiento de los temores o en la tarea de llevar a los países de la región hacia el fin de las tensiones hay un país que juega un rol clave en todo esto, que no es “occidental” y pudiese ser la mirada desde la “no Europa”. Se trata de Turquía, que a través de una inteligente política exterior parece ubicarse como el puente adecuado en las relaciones entre occidente y las naciones árabes.

Ankara ha optado por un evidente realismo, jugando un rol más activo en la resolución de los conflictos y distendiendo las relaciones con algunos países. En este nuevo papel, a pesar de las estancadas negociaciones para adherir a la Unión Europea, ha ido resolviendo problemas con sus vecinos. Ha pasado de enemigo a socio, ha dinamizado sus relaciones con Medio Oriente y el norte de África y se perfila como un actor relevante en el equilibro regional, sin olvidar sus evidentes intenciones de capturar un asiento en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas para el período 2015-2016.

Punto no menor es la labor del oficialista partido Justicia y Desarrollo (AKP), que desde su llegada al poder, en 2002, ha sabido interpretar esa nueva realidad y aplicarla de modo ejemplar a través del Primer Ministro Recep Erdogan y del Ministro de Relaciones Exteriores, Ahmet Davutoglu. Ambos, por medio de una política de “cero problemas con los vecinos”, un enfoque multidimensional y la idea de establecer una zona de influencia, han guiado a Turquía en una forma que ya se le compara al Imperio Otomano en cuanto a su relevancia regional.

Y aunque a pesar de que la llamada primavera árabe dio por tierra con la idea de “cero problemas”, Turquía ha tomado ciertas posiciones claves para influir en los nuevos equilibrios que se den en la zona. Un hecho particular es la reciente gira por Egipto en septiembre. No podríamos descartar el grado de participación que pudo haber correspondido a Ankara en las negociaciones llevadas a cabo recientemente por El Cairo para liberar a un soldado israelí a cambio de prisioneros palestinos. 

*Andrés Angulo es académico de la Escuela de Ciencia Política y Relaciones Internacionales de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano.

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Foto: ABC.es

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