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Sergio Mattarella: la vida fácil que no tendrá el nuevo presidente de Italia

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El sábado 31 de enero, el Parlamento italiano —en sesión conjunta— culminó el proceso de elección para Presidente de la República, optando, en cuarta votación, por el siciliano de origen democristiano y ex profesor universitario Sergio Mattarella.


La elección de Mattarella no solo contó con la oposición explícita de Berlusconi —a quien el ahora presidente había ampliamente criticado en el pasado— sino que parecieran también agudizarse las posiciones asumidas por los sectores más extremos de la oposición.

Que haya sido solo al cuarto intento no debe llamar la atención. El particular sistema eleccionario que rige la Constitución italiana indica, justamente, que a partir del cuarto escrutinio la mayoría necesaria desciende, de 2/3 de la asamblea a una mayoría absoluta (50%+1).

Si bien Mattarella obtuvo el 65,8% de los votos, logrando unificar por primera vez una díscola mayoría parlamentaria, no resulta descabellado estimar —yendo en contratendencia a los diversos análisis que han difundido los medios y por más prematuro que este parezca— que, el ahora presidente, no tendrá vida fácil.

Efectivamente, su elección —promovida por Matteo Renzi, Primer Ministro y líder del mayoritario Partido Democrático de Centroizquierda— parece marcar el fin del “Pacto del Nazareno”, acuerdo político sobre el proceso de reformas (electoral y constitucional principalmente) que ligaba al propio Renzi y Silvio Berlusconi, líder mediático de la centroderecha italiana.

La elección de Mattarella no solo contó con la oposición explícita de Berlusconi —a quien el ahora presidente había ampliamente criticado en el pasado— sino que parecieran también agudizarse las posiciones asumidas por los sectores más extremos de la oposición: ya Beppe Grillo, líder del movimiento 5 Stelle, había contestado su elegibilidad, endosándole graves responsabilidades por el rol cumplido como Ministro de Defensa en relación a la muerte de soldados italianos por el llamado “Síndrome de los Balcanes”. También Matteo Salvini, líder de la Liga Nord, pocas horas después de la elección sentenció: “Mattarella no es mi presidente”.

Sergio Mattarella, en sus próximos siete años de mandato, no solo tiene el arduo rol de mitigar —o guiar, en su calidad de garante— la elaboración de reformas profundas, que permitan al país superar la crisis en la cual desde hace ya algunos años se encuentra sumergido. Al hacerlo, deberá vérselas —al menos hasta el 2018 salvo excepciones extremas— con un parlamento marcado por una complicada interacción. Deberá, además, mantener esperanzas de cohesión para una inquieta mayoría parlamentaria que, en dos años de legislatura, solo se ha logrado unir en torno a su figura.

De no cumplir con el dúplice objetivo, el peligro de las urnas anticipadas para la renovación del parlamento resultaría evidente. Ante tal escenario, además del siempre incierto éxito electoral en la península, el ex profesor universitario —en su calidad de máximo cargo del Estado— podría recibir un parlamento reflejo de una ciudadanía agotada por la crisis que atraviesa el país y altamente crítica del fallido recambio político que su elección representó.

Es de esperar que el nuevo garante de la política, de la institucionalidad, de la Constitución y de la unidad italiana, tenga las cualidades necesarias para gestionar aquellas crisis de gobierno que han marcado —y seguirán marcando— la historia parlamentaria italiana. De lo contrario, el peligro es ver sucumbir la naturaleza del rol que hoy interpreta, ante la creciente presión pública que pide con voz cada vez más fuerte, la conversión del sistema parlamentario y la elección directa y popular del Presidente de la República.

Nicolás Freire Castello
Académico
Escuela de Ciencia Política
Universidad Central de Chile

TAGS: Italia

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