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¿Paralelismo entre Mubarak y Pinochet?

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A primera vista, uno tiende a descartar las similitudes. Hay tradiciones democráticas e institucionales muy distintas; en Egipto las religiones inciden de manera muy compleja en la política, coptos, suníes y chiíes deben equilibrar sus convivencias; es una zona estratégica delicada, con Israel en su frontera y el petróleo en la yugular de Occidente. Sin embargo, también existen coincidencias sustantivas.

 
Me atrevo a afirmar que en Egipto existen condiciones favorables para un proceso de democratización, con una impronta cívica y secular. El rumbo me parece irreversible. Se abrió un enorme cauce ciudadano por la libertad y la dignidad, que cambio el horizonte de lo posible en la mente de los egipcios. Aquí valen los paralelos. Después de Tahrir, que puso término al Gobierno de Mubarak, y del plebiscito que dijo no a Pinochet, los procesos abiertos guardan similitud.
 
Los dos riesgos más temidos -un giro al fundamentalismo o la ingobernabilidad- me parecen improbables. Respecto del primero, los Hermanos Musulmanes han reiterado su decisión de constituirse como partido, hasta ahora prohibido, de no presentar candidato presidencial, integrar una coalición por elecciones libres y participar en un Gobierno de transición. Acaba de escindirse un grupo (Wasat). Se señala frecuentemente en Egipto que ellos pueden ganar las elecciones por ser los más organizados. Es posible que inicialmente crezcan, pero distinto es ser movimiento que partido, y luego competir con varias otras opciones, en libertad. En cuanto al riesgo de ingobernabilidad, las fuerzas armadas son organizadas, poderosas y apreciadas por la ciudadanía. Egipto cuenta con un Estado más consolidado, un poder judicial con cierta autonomía e instituciones capaces de gobernar.
 
Creo que el peligro es otro: un empantanamiento de la transición por la debilidad y dispersión de las fuerzas emergentes. Y aquí surge un primer paralelo: las transiciones exitosas lograron conformar amplias coaliciones democráticas. El futuro de la democracia egipcia dependerá de la capacidad de conformar tal coalición. Existen numerosos partidos pequeños y frágiles, sin coordinación ni implantación territorial; y grupos de jóvenes líderes sin articulación permanente y con una capacidad de movilización en descenso. Ellos pueden presionar pero no conducir. Los líderes sociales jóvenes, hombres y mujeres, representan una fuente inspiracional de la revolución. Son una nueva generación, más educada y de cultura democrática. Su conocimiento de las tecnologías de comunicación puede ser una importante innovación para la diseminación de ideas. La calidad de la transición egipcia dependerá de la forma como ellos se articulen para preservar ese rasgo único de la transición: la activa participación ciudadana. En estos ámbitos hay espacio para intercambiar experiencias de América del Sur, Europa del Sur, Europa Central, Indonesia o Turquía.
 
Las coaliciones que nacen para afrontar una transición suelen focalizarse en tres metas inmediatas: condiciones para elecciones libres y limpias, acuerdo electoral para elegir una mayoría en el Congreso y respaldo al primer Gobierno democrático. Si logran éxito, se vuelcan luego a temas estratégicos, priorizando el fortalecimiento de las instituciones, el crecimiento de la economía y la inclusión social. Este proceso recién comienza en Egipto y puede acelerarse. Hay ciertas reglas y procedimientos, ya probados, que pueden ser parte de una colaboración internacional.
 
Una segunda cuestión crítica es la relación con las fuerzas armadas. En Egipto los militares acompañaron la "revolución", no la propiciaron ni impidieron. Han realizado el referéndum aprobatorio de las primeras enmiendas constitucionales y fijado el calendario electoral de Parlamento y presidente durante 2011. Han encargado nuevas propuestas de Ley Electoral y Ley de Partidos. Es un hecho positivo, si se compara con las dictaduras sudamericanas. En América del Sur, la transición se inició contra las dictaduras militares.
 
Aun reconociendo la diferencia del rol de los militares en Egipto y Chile, hay un segundo paralelo. Al partir, en ambos países el poder total estaba o está en manos de las Fuerzas Armadas y, cuando la contraparte civil es débil las fuerzas castrenses podrían extender su presencia en el Gobierno, involucrándose en la gestión cotidiana, que es azarosa. Una buena transición supone el progresivo alejamiento de las Fuerzas Armadas de la gestión de Gobierno. Solo puede facilitarlo una fuerza democratizadora capaz de una negociación entre interlocutores civiles válidos y militares. Una coalición con voz única es esencial.
 
La relación cívico militar debe apuntar a la subordinación de las fuerzas armadas a la autoridad civil y a manejar dos temas complejos. El primero es la demanda ciudadana por justicia (violación de derechos humanos o corrupción). Debe institucionalizarse pronto, con instancias como la Comisión de Verdad y Reconciliación, creada en Chile y replicada en Sudáfrica años después, y luego dejar las investigaciones en manos del Poder Judicial. Las sanciones deben ser ejemplarizantes, incluso recurriendo a tribunales internacionales, para prevenir su repetición y disuadir retornos a la arena política. Esta es una gran lección de América del Sur. El otro tema para una política militar en una transición es asegurarles el financiamiento adecuado para que cumplan y se atengan a sus funciones profesionales.
 
Un tercer paralelo es la participación de la coalición democrática en la conformación de un bloque electoral que concuerde un programa de gobierno, elija y luego otorgue respaldo en el Parlamento al primer Gobierno democrático. En Egipto la velocidad de los acontecimientos ha sido muy rápida para hacerlo a tiempo, pero cuanto antes se articule mejor será. Las nuevas demandas afloran muy rápido y los adversarios no dan tregua. No basta con elegir un buen presidente, se le debe otorgar respaldo para que gobierne bien y así se legitime la transición.
 
En este terreno vale la pena destacar dos enseñanzas traspasables para ejercer el primer Gobierno: se requiere asegurar el orden público y aplicar un programa económico serio y sostenible. El orden público debe garantizarse para disipar el temor. El miedo juega contra los cambios. La policía debe ser reorientada, pasar del acoso a la protección de la gente. En Egipto, es prioritario el orden para restablecer el turismo, gran generador de empleo. La salida de capitales o el aumento del desempleo deben anticiparse. Las transiciones exitosas han de generar confianza con políticas macroeconómicas sensatas, programas especiales de empleo, mientras se complementa progresivamente una red de protección social. En estas materias, América del Sur posee experiencias útiles. Sin embargo, el éxito requiere una actitud innovadora y veloz de los organismos financieros multinacionales, especialmente el FMI y el Banco Mundial, para ayudar a sortear la reducción de reservas y el déficit fiscal. No sería comprensible actuar con premura para solventar una crisis financiera en naciones desarrolladas y con lenidad para asistir el despegue de una democracia en un país emergente, vital en la región.
 
Chile y Egipto son distintos, Mubarak y Pinochet también. Pero hay rasgos comunes en las transiciones, y un intercambio de experiencias de sudamericanos, europeos, asiáticos, contando lo que funcionó y lo que no, puede hacer una diferencia. La revolución egipcia es una gran esperanza para la democracia y la paz en el mundo. Así como los eventos de Túnez se propagaron como vendaval, así también el ejemplo egipcio puede difundirse veloz. Para ello ha de contar con el respaldo de todos los demócratas de verdad.
 
(*) Columna publicada originalmente en El País, edición del jueves 5 de mayo
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