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Los países emergentes en el nuevo mundo

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A inicios del siglo XXI se producen dos hechos determinantes para el futuro. Por un lado, en el área de Asia y del Pacífico aparece un nuevo centro de gravitación político y comercial. Por otra parte, seremos testigos más que privilegiados de la inviabilidad de largo plazo de las leyes neoliberales bajo las que funciona el sistema comercial global que insiste con la especulación financiera.


La ruta del crecimiento se construye a partir de la inclusión con desarrollo del mercado, con el ahorro, con el consumo interno y con la reivindicación de la cultura popular.

En cuanto al surgir de este nuevo polo de desarrollo se destacará el protagonismo de China, de Rusia y de otras naciones emergentes que logran incorporar al mercado a millones de nuevos consumidores. Es este proceso el que provocaría alteraciones profundas al sistema. Por ejemplo, el “efecto China” amplía la demanda agregada de las materias primas, lo cual se refleja en el aumento constante de los precios de los recursos naturales en los que nuestro país tiene ventajas comparativas. Además, incorpora a la cadena de valor mano de obra de bajos salarios, casi al límite de la esclavitud, lo que atenta contra el empleo de calidad en los países más desarrollados y también quebranta la capacidad de negociación sindical de [email protected] [email protected] que luchan por la distribución de la riqueza. Lo hace al disminuir de hecho la participación de los mismos en el ingreso, lo que además debilita la demanda agregada.

Desde la perspectiva de las economías estructuralmente dependientes, a las latinoamericanas me refiero, el factor chino nos proporciona el impulso de la valorización de la producción de materias primas pero al mismo tiempo implica cierta amenaza contra nuestro desarrollo y transformación industrial. Ocurre que de esa manera nos vemos tentados nuevamente a apoyarnos en la producción exclusiva de bienes ligados al sector primario. El asunto es que la experiencia nos muestra cómo las inversiones extranjeras, monopólicas y concentradas en explotar esos recursos naturales, en ningún caso impulsan el cambio en la manera de producir las mercancías que es de lo que finalmente se trata si en verdad buscamos superar el subdesarrollo.

Cuando los países latinoamericanos se resignan a ser proveedores de esos bienes, delegando hasta su explotación en las transnacionales, nos condenamos al gran fracaso. Lo que faltará no es inversión extranjera directa sino proyectos de tipo industriales que agreguen valor a la producción nacional para de esta manera enriquecer nuestro tejido económico, social y político. No seremos sociedades con una estructura institucional eficiente y con bienestar social si insistimos en la explotación de los recursos naturales a través de inversiones foráneas dentro del modelo “centro- periferia”. La ruta del crecimiento se construye a partir de la inclusión con desarrollo del mercado, con el ahorro, con el consumo interno y con la reivindicación de la cultura popular.

Por último, la especulación que caracteriza al neoliberalismo es quien logra desequilibrar al sistema en su conjunto. Queda demostrado con la crisis del 2008. En consecuencia, considerando los intereses de nuestras economías debemos administrar con el mayor cuidado la presencia del poder financiero venido de China porque esos recursos si bien son una fuente potencial del desarrollo también podrían generar el riesgo de que nos subordinemos a los dictámenes del gigante asiático: la desregulación de la actividad financiera de hecho es incompatible con crecer en un ámbito de soberanía. Es necesario controlar el mercado reprimiendo sus excesos, planteando así un desarrollo justo, del que todos seamos beneficiarios.

TAGS: Economía Globalización

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