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El amor color de un arcoíris

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Un día yendo de compras en un centro comercial, con mi hermana, me detuve en un anaquel lleno de revistas de moda y la llamé, señalé una revista y le dije: «esa mujer me vuelve loca». Era Julianne Moore. Y ella me dijo, «¿no es que Queen Latifah?» Y comenzó a reír. Bueno, le dije, es que me gustan todas. Y es cierto, las mujeres me gustan todas. Con algunas excepciones que tienen que ver con la arrogancia, la apatía y la discriminación. Mi hermana cuando está cambiando canal en la televisión y aparece Meryl Streep me dice, «¡Negra encontré una película de tu amor! ¿La querés ver?». Como ser humano y actriz me fascina Audrey Hepburn. Aunque mi amor de amores siempre será la Violeta Parra.


Soñado es que todos tengamos los mismos derechos sin que nuestra identidad sexual sea un referente o contratiempo. Soñado es acabar con ese odio. Con la discriminación. Con la homofobia. Soñado es que abramos los brazos y aprendamos que las diferencias nos engrandecen.

Me sucede que cuando voy a un teatro, a un restaurante, a un museo o esté dentro de cualquier recinto, aparece una mujer que se convierte en la musa, en el aire que respiro, me sucede también con hombres, a veces son ambos un hombre y una mujer, completamente extraños, a quienes nunca he visto en mi vida pero que en ese instante lo son todo. Despiertan mis infiernos y también contradictoriamente calman mis ansiedades. Y no les hablo, ni siquiera tienen que estar cerca, pero son esas almas diáfanas que se convierten en niebla. Un alma así es la de Angelina Jolie que traspasa las pantallas, su esencia humana va más allá. Alejandra Pizarnik y Maya Angelou. Susan Sontag y Federico García Lorca.

Con mis amantes hombres, cuando vamos caminando por la calle y me detengo a admirar la belleza de las mujeres, de pronto me paro en seco y los jalo del brazo y les digo: «¡Mirá esa hermosura de mujer!» Y ellos bien tranquilos contestan: «sí, está simpática». «¿Simpática? Es un mujerón, no jodás, mirá esas piernas bien trabajadas, esa mirada que lo dice todo». Y ellos comienzan a reír a carcajadas. Saben mi mal. También me sucede con los hombres, que les digo: «qué mango de hombre». Y ellos contestan: «sí, está galán». «¿Galán? Mirá qué barba tan espesa, qué altura». Y se doblan de la risa. Mi fascinación siempre han sido los hombres atléticos, altos, con barba espesa y cabello cano. Y las mujeres me enloquecen femeninas a morir. Esas que destilan sensualidad con un solo gesto, con una mirada. Me fascinan mayores, mínimo que me lleven 20 años de edad. Con las mujeres también, vamos por la calle y veo otras Venus recién apeadas de saber qué Olimpo y siento taquicardia en el corazón, una especie de batucada que bien o me enciende en llamas de pasión o hace aflorar la sutileza y me quedo embelesada conteniendo el aire.

Desde siempre he sido así, me da exactamente igual lo de los géneros y sus patrones patriarcales. Me encantan los hombres finos, esos que son más sensuales que las mujeres. Me encanta que se atrevan a ser. Me encantan las mujeres que por dentro de sienten hombres, que se atrevan a vivir lo que sienten. Me fascinan las personas transexuales, ellas van más allá de lo que significa ser rechazada, barren con todo, son todo o nada. Esa actitud me colma. Una admiración profunda profeso por las que rompen el molde. Por aquellas que no se sienten de ningún género. Me fascinan las que aman en lugar de odiar.

De pronto ver a dos hombres tomados de la mano en plena vía pública, o besándose en un restaurante, como cualquier pareja heterosexual. Ver a dos mujeres que son pareja y mamás. A dos hombres que son padres. Eso colma. Colma que las personas vivan lo que son y lo que sienten. Que nadie los señale y los discrimine.

Soñado es que todos tengamos los mismos derechos sin que nuestra identidad sexual sea un referente o contratiempo. Soñado es acabar con ese odio. Con la discriminación. Con la homofobia. Soñado es que abramos los brazos y aprendamos que las diferencias nos engrandecen.

Aprendamos que los géneros no nos deben limitar, que el amor humano no entiende de razas, colores, idiomas, fronteras. Ojalá que la palabra justicia también nos llegue al cerebro y reaprendamos y terminemos con los estereotipos y los prejuicios. El amor no tiene color, pero si insistimos es del color del arcoíris.

En el Día Internacional Contra la Homofobia. Seamos todos parte del cambio.

TAGS: Familia Homoparental Transgénero

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