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Diálogo inconcluso

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Ixcanul sumerge al espectador en un tiempo y un espacio al cual no está acostumbrado. La brillante realización cinematográfica presenta una secuencia incansable de imágenes de un lirismo extremo, que de pronto chocan en vibrante contraste con el retrato de la dura realidad de la vida rural de las comunidades indígenas. Una obra cuya esencia trasciende lo estético para obligar al espectador —quien ya no lo es del todo— a cuestionar muchos estereotipos cuya pertinencia cae en pedazos durante los minutos que dura la cinta.


Esto me trajo a la memoria una de las últimas escenas de Ixcanul, cuando los padres de Juana se enfrentan con las autoridades, estrellándose contra un muro de incomunicación por no hablar español. Una escena cruel que refleja la impotencia de quien no puede hacerse escuchar en su propia tierra ante sus propias instituciones.

La historia de Juana resulta ser, al final de todo, la historia de millones de niñas alrededor del mundo. Negados sus derechos a ser, a decidir y a soñar, su futuro queda atrapado en una red de condiciones y acuerdos que en nada la incluyen, pero determinan su destino. Entre la línea argumental y el telón de fondo —el implacable Ixcanul, el volcán— se desarrolla una serie de situaciones que la tocan de cerca y retratan, a su vez, otras historias: la explotación laboral en el campo, la migración forzada por falta de oportunidades, el robo de niños, la miseria y, como una constante, la exclusión de los pueblos indígenas.

También en las ciudades domina el Ixcanul. También en estos centros de convergencia de la migración interna existen las patologías sociales que nos colocan muy abajo en la lista del desarrollo. Los jóvenes —especialmente indígenas y provenientes del campo—, quienes buscan un mejor futuro en los centros urbanos, caen también en una vorágine que los atrapa, porque se encuentran solos y desprotegidos en un ambiente violento y hostil.

Un ejemplo es este relato de uno de tantos sucesos cotidianos: “El disparo había sido certero, casi al centro del pecho. Su cuerpo aún estaba tibio de vida y en su mano sostenía una botella de refresco que el asesino le pidió procurando acortar la distancia. Escuché la voz de su hermano mayor, solo entendí que decía “mamá” porque hablaba en lengua, pero adiviné lo demás “mi hermanito está muerto”. Sin duda, vendrá otro joven como él desde alguna aldea lejana, sin saber lo que aquí sucedió.”

Esto me trajo a la memoria una de las últimas escenas de Ixcanul, cuando los padres de Juana se enfrentan con las autoridades, estrellándose contra un muro de incomunicación por no hablar español. Una escena cruel que refleja la impotencia de quien no puede hacerse escuchar en su propia tierra ante sus propias instituciones. Esto, que en la cinta dirigida magistralmente por Jayro Bustamante, nos impacta por su rudeza, es la experiencia vivida a diario por indígenas de todas las etnias, ante una estructura ladina dominante en centros de salud, escuelas, alcaldías y servicios públicos creados para servir a toda la población, sin discriminación y sin prejuicios.

Ixcanul debería ser proyectada en los centros de estudio. Su mensaje, aun cuando universal, viene con especial dedicatoria a quienes observan desde la distancia las injusticias, la explotación, el racismo y la violencia avalándolos con su silencio y su apatía. Si la democracia descansa sobre el diálogo y el consenso, es indispensable romper las barreras y empezar a comprendernos entre nosotros.

Fuente: Prensa Libre
Blog personal: El Quinto Patio

TAGS: #Migración Comunidades indígenas Derechos del Niño

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